Es tremendamente gracioso mirar el rostro de desconcierto de Calanthia mientras estamos sentadas en el atiborrado parque, frente a un puesto de hamburguesas, ella mira la comida con recelo, como si se tratara de un bicho raro, mientras intenta averiguar más sobre su preparación.
Yo, en cambio, degusto la mía con ahínco, extasiada al fin de probar de nuevo aquel manjar del que soy esclava, debo admitir que la comida del mundo humano es lo mejor de todo. Amaba que Nasdan nos llevara a comer luego de cualquier misión, y ahora después de todo lo que había pasado, cierro los ojos con placer de volver a degustar una, luego de la “extraña papilla” rancia en la prisión feérica o la insípida comida de la academia.
Calanthia lleva un par de mordidas cuando mira a su alrededor, percatándose de las miradas indiscretas hacia nosotras, habíamos tenido que usar magia para cubrir nuestras orejas puntiagudas, y ella el lindo par de alas traslucidas tras su espalda, así como también la ropa, la que habíamos sacado de unas cajas en la casa de Nasdan, muy convenientemente mi antiguo maestro había almacenado toda la ropa que usábamos en la bandada cuando veníamos al mundo humano, yo solo me he quedado con mi morral, el que ahora cargo como una cangurera sobre mi regazo, el peso del huevo de dragón me recuerda que sigue seguro y escondido dentro, mientras de vez en cuando lo rodeo con un brazo libre, en un ademan protector.
Por lo que nadie sospecha que seamos diferentes al resto, al menos con respecto a nuestras características feéricas, porque si llamamos la atención ante la belleza mística que irradiamos. Y es que esa es una de las mil características de todo ser feérico; su hipnótica y extravagante belleza que nunca pasa desapercibida. Al menos yo, no puedo quejarme de mi apariencia, mientras que Calanthia, bueno, ella es tremendamente excepcional, su cabello rojo como el fuego solo se acentúa con sus ojos amarillos y su rostro bondadoso, llama mucho la atención y lo sé, por lo que desvía la mirada de quienes la observan con detalle.
—No sé cómo pudiste acostumbrarte a esto —dice, y yo solo le sonrío—. Los humanos, por lo visto, no conocen la discreción. — Deja su hamburguesa medio mordisqueada, de nuevo en el papel donde viene envuelta, sobre la mesa en la que estamos sentadas.
—A algunos se nos da bien adaptarnos —le respondo, mientras termino mi hamburguesa. La miro y ella hace un gesto de desagrado, mientras un suspiro lleno de protección se apodera de mí al sentir el pulso protector ante mi huevo, que sigo sosteniendo dentro del morral.
—Ajá —responde, cruzándose de brazos.
—Bueno, parece que Damon es de esos —le digo, apuntando a nuestro guardaespaldas con la cabeza.
Calanthia gira la cabeza y lo mira por encima del hombro, encontrándose con él, quien está sentado a un par de mesas de nosotras. Él ha arrojado un hechizo de ilusión sobre su espada, así que ningún humano puede ver las peligrosas armas que lleva a la espalda, la cual está cubierta por una camisa negra de botones que lo hace lucir tremendamente apuesto. No ha tocado su hamburguesa; en cambio, está cruzado de brazos, mirándome con el ceño irritado. Sé que está molesto e intenta ignorar desvergonzadamente a las chicas que se le acercan para llamar su atención o pedirle su i********:. Me río al verlo mirar a las chicas con una expresión de desconcierto, sin entender de qué están hablando.
Calanthia suspira con agotamiento.
—Creo que él lo está llevando peor —responde, volviendo su atención hacia mí—. Y parece que te está odiando por haberlo traído aquí.
—Se lo merece —digo, encontrándome con los ojos de Damon. Él me devora con la mirada y le sonrío en burla—. Además, no lo soporto, es muy irritante con esos aires de grandeza que tiene.
Mi mejor amiga se recarga en la silla, fastidiada.
—Bueno, pues tú también empezaste —suelta.
Abro los labios con indignación; ella sonríe y apoya los codos sobre la mesa, mirándome fijamente.
—Eres mi mejor amiga —digo—, no puedes defenderlo a él.
Calanthia suspira.
—No lo defiendo —pestañea—, solo digo que él no es el único grosero.
Confiesa y me cruzo de brazos, mirándola con los ojos entrecerrados. A pesar de que detesto oírla decir eso, sé que tiene razón. Quizás, si no hubiera sido tan obvia al mirarlo de la forma en que lo hice o al pronunciar esas palabras tan nefastas, él podría haber sido amable. Reconocerlo me deja un sabor amargo en la lengua. Aprieto los labios y miro de reojo al comandante, quien sigue observándome fijamente. Un cosquilleo me atraviesa; es tan atractivo, incluso con esa mirada irritada, que me eriza los vellos de la nuca.
—De cualquier modo, no me cae bien.
Cala sonríe al ver mi expresión ofendida.
—Entonces tendrás que soportarlo cuando asistas al baile de esta noche... —musita, y yo pongo los ojos en blanco.
—Ya dije que no quiero ir —rezongo, y la sacerdotisa se masajea la frente con irritación.
—Nikky, ya hablamos de esto. Tienes que ir; el rey solicitó que todos los instructores deben asistir...
—El rey solo quiere humillarme —entrecierro los ojos—. Tú y Celadine saben que los miembros de la corte del rey me odian; solo buscan cualquier oportunidad para molestarme, para burlarse de que no sé hacer magia y que soy una prisionera obligada a trabajar para no morir. —Me cruzo de brazos—. El rey y la reina elfos solo quieren castigarme frente a toda su corte.
Calanthia aprieta los labios con frustración.
—Sabes que no puedes hacer nada —se cruza de brazos—. Te obligarán a ir.
Me llevo una mano al rostro.
—Al menos intento ahorrarme la mala noche.
Calanthia se pone de pie del asiento y yo la imito. Damon suspira con alivio; parece contento de que al fin no tiene que cuidarnos. Mi mejor amiga materializa dinero humano y me lo entrega. Está claro que son solo un puñado de piedras y hojas que parecen dinero.
—Bueno, podrías sorprenderlos usando ese vestido rojo que robaste en el mercado de Nympio.
Levanto una ceja.
—¿Ahora quieres que lo use, Calanthia? —digo mientras pago y nos vamos con Damon pisándonos los talones—. Te recuerdo que me sermoneaste por tres horas sobre el mal que había hecho. — Calanthia me lanza una mirada de pocos amigos.
—Sí, sí, bueno, estuvo mal, pero tienes que luchar con lo que tienes —dice mientras avanzamos lejos del parque, específicamente hacia la zona más desierta, para que Damon pueda materializar un portal directo a Hellbula.
—¿Y qué significa luchar con lo que tengo? —me planto con los brazos cruzados y Damon se acerca a nosotras.
—Es que estás buena —responde él, abriendo un portal frente a nuestras narices. Dejo caer la quijada con sorpresa.
—¿Qué? —sueno irritada.
Calanthia me toma del brazo.
—Yo te lo iba a decir de otro modo, pero…—
—Eres un descarado —rezongo, y Damon me mira por encima de su hombro.
—Tú empezaste primero —contesta, y cuando abro la boca para protestar, mi mejor amiga me detiene.
—Por favor, Nikky, no empieces —dice, y me ofendo aún más.
Finalmente, obedeciendo a mi amiga, más por mi propio bien, abrazo mi morral y entro junto a mis compañeros al portal.
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Por más que protesto, mi negativa a ir a ese baile de celebración por la reciente victoria de los elfos contra los trasgos no es escuchada. Incluso recibo una nota personal del rey, en la que, de la manera más pasivo-agresiva, me invita a asistir.
Mientras termino de alistarme, Celadine me mira con los brazos cruzados sobre su pecho.
—¿Tal vez si cambias de actitud, el rey reconsidere invitarte a las fiestas que faltan? —me dice, mientras observo su reflejo en el espejo de cuerpo entero donde me estoy arreglando.
Ella también está invitada, pero no es de vestidos. Por eso, viste unos pantalones holgados, unas botas de taco oscuras y una blusa blanca con volantes, mientras un grueso cinturón de cuero le rodea la cintura, donde guarda un puñado de frascos de colores que sirven para aliviar algún mal que pudiera presentarse. Aprieto los labios mientras ella se acomoda una casaca marrón que le da un toque elegante.
—Debes estar bromeando —me digo mientras me acomodo el vestido rojo sangre que, a insistencia de Calanthia, me puse —Sabes muy bien que nada lo hará cambiar de opinión, y menos ahora que su salud nos tiene alertas a todos.
Celadine se acerca y recoge mi pelo n***o hacia atrás.
—Bueno, entonces quizás la reina pueda interceder por ti —dice. Suelto una sonora carcajada y mi cuidadora parpadea con fastidio mientras las cadenas doradas de su cuello tintinean con la luz mágica que flota en la modesta habitación, cargada de armas, mapas y libros.
—La reina es mucho peor conmigo —la miro a través del espejo—. Esa perra me quería muerta desde el principio. ¿Acaso olvidas que ella deseaba enviarme a la hoguera? De no ser por "la misericordia" del rey, solo termine picando piedra sulfurosa —le recuerdo y ella suelta un suspiro.
—Igual podrías ganártela—.
De pronto, siento que mi corsé me asfixia.
—Ella solo sería feliz si yo estuviera muerta—.
Celadine estira sus labios rojos en una sonrisa mientras comienza a ayudarme a ajustar la cincelada armadura de pecho sobre el corsé, resaltando mi atuendo con finas líneas doradas que simulan una femenina pechera embrocada. Debo recordarles a los invitados que no soy una simple dama de la corte ni una prisionera, sino una guerrera capaz de rajarles el estómago a la mínima provocación. Mi atuendo debe gritarlo.
—Solo pasa desapercibida y estarás bien —me dice, ajustándome la armadura antes de caminar de regreso a la salida.
—Ajá —respondo en tono sarcástico.
La miro lanzarme una última mirada generosa antes de salir de mi habitación.
—Te veo allá —comenta antes de desaparecer, dejándome completamente sola.
Suelto el aire contenido en mis pulmones y, al moverme, tomo a “Degolladora” de una mesa junto al espejo, atándomela a la cadera con una fina cadena de oro que brilla hermosamente en mi falda holgada. Toco mi arma; así es como puedo sentirme segura. Acaricio la hoja fría con la yema de los dedos mientras ruedo los ojos hacia el morral oculto dentro de mi ropero, donde escondí mi huevo de dragón. Siento la necesidad de abrazarlo, como si fuera un objeto de zona segura, pero reprimo las ganas.
La conexión que siento por aquel huevo tira de mí con tal fuerza que no puedo controlarlo; irremediablemente me acerco al ropero y toco la puerta cerrada como si lo hiciera con un amante. No quiero separarme de mi huevo de dragón, pero no puedo llevarlo, no cuando la corte me observa como buitres.
De pronto, unos ligeros golpecitos en mi puerta me sorprenden. Trago saliva con dificultad, apartándome del ropero en un movimiento protector para que no encuentren mi tesoro. Suspiro, alisando la falda de mi vestido, y procedo a abrir la puerta.
Mi corazón da un vuelco al ver a Damon de pie frente a mí, vestido con el uniforme militar de gala. Un pedazo de saco oscuro se ajusta a su cuerpo, con un par de hombreras de plata y unos pantalones que resaltan como siempre su bien trabajada figura masculina. Sus espadas adornan su espalda, y su cabello n***o y rebelde realza su belleza salvaje y fiera. Mi aliento se entrecorta cuando no puedo evitar recorrerlo de nuevo con la mirada; las insignias de su rango adornan su pecho con lustrosos trozos de joyas que lo hacen parecer importante.
—¿No puedes simplemente verme sin esos ojos pervertidos? —me pregunta con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados.
La boca se me seca cuando él, de igual modo, me recorre con la mirada, pero no veo titubeo en él; sus ojos pasan por mí, y sigue imperturbable.
—¿Qué quieres? —me cruzo de brazos, tratando de aparentar indiferencia. Damon intenta evitar una sonrisa, y eso me molesta aún más.
—Te vengo a escoltar al salón —dice, entornando los ojos. Yo abro los labios, completamente incrédula.
—¿A órdenes de quién? —insisto, sin poder ocultar mi sorpresa.
—Se me ordenó escoltarla, señorita Grey —responde, colocando los brazos en su espalda con un aire militar, apartándose de la entrada de mi cuarto para dejarme pasar.
—¿Y por qué? —pregunto, sintiendo cómo la frustración me burbujea por dentro.
Damon pone los ojos en blanco.
—Parece que la última voluntad de su criminal mentor ha hecho movimientos en el reino —responde, mirándome con aires de grandeza que apenas justifican su posición. —Solo quieren estar seguros de que él no te haya dejado más que una mísera herencia.
—Mierda—mascullo, mientras tomo la tela de mi falda.
—¿Y no podían mandar a alguien más? —digo, más para mí misma que para él.
—Tampoco es que yo quisiera —me responde, a pesar de que lo dije en voz baja.
Chasqueo los labios, meditando sobre lo que podría haber sucedido para que los reyes se pusieran en alerta. ¿Acaso Ronald estaba planeando escribir algo más que solo su última voluntad?
Me muerdo los labios y miro con recelo a Damon, quien me sigue de cerca por los pasillos del palacio de la Luna.
La mirada de mi escolta me cala la espalda, tanto que siento la necesidad de dirigirle una ojeada de vez en cuando. Sin embargo, eso no parece detenerlo; provoca que mi corazón tiemble y que mis defensas se sacudan. ¿Qué le pasa a este tipo?, pienso para mis adentros.
Después de lo que parece una eternidad, Damon abre las puertas del enorme Salón de la Luna. Este es un amplio espacio repleto de naturaleza en piedra blanca y plata; es hermoso. Los invitados van y vienen al compás de la música de gaitas y arpas que inundan el lugar. El salón no está cubierto por muros; lo rodea un círculo de arcos que dividen la zona de un alarmante acantilado mortífero. El aire de la noche se cuela por las largas aberturas, dejando ver el hermoso manto nocturno y las estrellas plateadas del exterior.
Como en el templo de los dioses, aquí también hay estatuas, pero en lugar de visualizar deidades antiguas, se materializan enormes y detallados dragones furiosos, que miran con joyas incrustadas en sus ojos. Estos dragones están conectados, de extremo a extremo, a un tranquilo arroyo natural que atraviesa el suelo rocoso, dividiendo los hermosos tronos de los reyes. Son dos pedazos de tronos, formados por piedra y naturaleza, que se entrelazan en un cúmulo de hojas y flores.
Al entornar los ojos hacia los asientos, encuentro a los soberanos de todo Hellbula, los causantes de que viva presa de una academia a la que debo servir o, de lo contrario, moriré. Mis ojos se posan primero en el rey Aelar Crabback, el soberano elfo.
Él observa a los presentes con intensos ojos verdes, mientras su largo cabello rubio claro cae liso y suelto sobre sus hombros. La corona de oro y flores adorna su frente. Luce severo, pero su rostro refleja el daño que la enfermedad le ha dejado. Está cansado y presenta ojeras, y aunque intenta mantenerse firme, a leguas se nota lo enfermo que se encuentra.
Nada que ver con el temple de su esposa, la bellísima reina de Hellbula, Seraphine Crabback. Mi cuerpo se estremece al verla; es tan hermosa como peligrosa. Sus ojos violetas me encuentran primero, entorna la mirada y las ondas de su pelo castaño se sacuden. Sus pupilas se tornan de un violeta intenso cuando la molestia irrumpe en cada poro de su piel. Aprieto los dientes al recibir su mirada llena de desprecio; sus labios carnosos se aprietan en un gesto de disgusto. Desde donde estoy, la veo arañar los descansabrazos de su trono. Su corona de flores tiembla al notar mi presencia. No le caigo bien; eso se ve a kilómetros.
Sin embargo, la tensión disminuye cuando siento el tacto amable de Damon en mi hombro, lo que me lleva a desviar la mirada de la reina, que desearía verme echa cenizas en su patio.
—Tu amiga te está llamando—. La voz de Damon me distrae; parpadeo y me giro a mirarlo. Parece tenso, pero se concentra en mí.
—¡Nikky! — Oigo a Calanthia llamarme por encima de la música. Ella parece feliz al verme mientras se aparta de sus compañeras sacerdotisas, todas vestidas igual, con un sencillo trozo de tela de lino blanco y un velo del mismo color que cubre sus cabezas.
Solo la hermosa Elyndra, la ermita de todas las sacerdotisas, es quien clava su mirada en mí, más tiempo del necesario. Todos sabemos que es muy allegada a la reina y, como puedo suponer, tampoco le caigo bien. Aprieto los labios y aclarándome la garganta me concentro en mi amiga acercándose.
Le respondo con una sonrisa, y ella se acerca a mí, abrazándome.
—Estás muy hermosa—. Se aparta para mirarme—. Ya ves, te dije que ese era el vestido correcto—. Me toma de la mano y me acerca a ella.
Los ojos de los miembros de la corte se clavan en mí; de inmediato, siento cómo me juzgan. Es obvio, no hay que ser muy tonta para no darse cuenta. Aún me consideran una amenaza, una intrusa que vive por la misericordia de los reyes, o al menos del rey.
—Gracias, Calanthia; siempre tienes la razón —le digo, mientras observo a los invitados que me miran con reprobación. Sé que algunos se oponen a mi presencia en las celebraciones; está claro pero sus peticiones fueron desechadas.
Les devuelvo la mirada; no estoy dispuesta a intimidarme ante ellos.
—Siempre tengo la razón —la veo sonreír.
Damon se aproxima a nosotras, mirando a cada una y lanzando ocasionales miradas hacia los reyes.
— ¿Quieres vino de ciruelas? —me ofrece, tendiéndome una copa de brillante líquido carmesí.
Acepto con gusto; a estas alturas, estoy dispuesta a embriagarme tanto que no me dé cuenta de lo mucho que me odian.
—Sí —respondo y bebo con placer. El líquido calienta mi lengua y el sabor amargo calma mi oscuridad.
Es allí donde la noche se interrumpe, cuando el rey y la reina se ponen de pie. Todos miramos con atención mientras la música disminuye y las voces se apagan para poder escucharlo.
—Sean bienvenidos a mi corte —dice el rey.
Pasa su mano por los presentes y un discreto sirviente se asoma junto a él, sosteniendo una copa en una charola, que Aelar toma.
—Esta noche es más que especial. Nuestros enemigos, los trasgos, no pudieron tomar el fuerte de Watergreen… —dice, y a pesar de su enfermedad, su voz resuena con vigor.
Se escuchan cuchicheos de miedo. Mi pecho se sacude. ¿Watergreen? Por los dioses, estuvieron tan cerca de Hellbula, a tan solo doce horas de nuestro reino.
Calanthia y yo nos miramos con terror, pero continuamos prestando atención al rey.
—…Lo sé, lo sé, muy cerca, pero… —sus ojos verdes recorren el lugar y se posan en Damon —. Gracias a nuestros valientes guerreros, guiados por nuestro comandante estrella— apunta hacia él, — Damon Blackwood, quien dirigió y peleó valientemente junto a su dragón. Esas bestias se han retirado de nuestro territorio…
Abro los labios y miro cómo todos aplauden a Damon, quien, aún a mis espaldas, hace una reverencia a los reyes, que lo observan con serenidad. Un estremecimiento me invade cuando, al desviar la mirada de Damon, nuestros ojos se encuentran. La reprobación que destilan me hiere, como si tuviera al mismísimo rey trasgo frente a mí.
—¿Y cuándo se encargarán de las últimas pestes? —dice un m*****o de la corte a mi lado, mirándome de arriba abajo.
Sonrío; lo dijo tan bajo que me causa gracia en lugar de molestarme.
—¿Acaso te da miedo? —le respondo, y Calanthia me codea, mirándome con complicidad.
Pero el rey continúa, ajeno a nosotras.
—… Es por eso que celebramos está noche, aunque, mis queridos súbditos, no debemos bajar la guardia. Está guerra no ha terminado, aún nuestros hijos no están a salvo, todavía tenemos mucho por hacer. Es vital que sigan haciendo sus labores; si seguimos así, pronto ganaremos esta guerra.
Los aplausos no se hacen esperar. El rey lo silencia con un movimiento de manos.
—Además, quiero aprovechar esta velada para hacer un anuncio —masculla, y yo parpadeo con interés. Damon se acomoda junto a mí y endereza la espalda al ver a un grupo de siete niños aparecer y alinearse junto a los reyes. Me sorprendo; no estoy acostumbrada a ver a todos los hijos del rey juntos. —Quiero nombrar a mi hijo, Casian Crabbak, como mi sucesor —dice finalmente, tomando a todos por sorpresa.
Un joven y atractivo muchacho de cabello rubio brillante y ojos violetas se acerca a su padre. Su mirada severa denota la bravura que lo caracteriza. Apenas tiene veinte años y es, incluso, igual o peor que su madre. Todos nos quedamos congelados, incluida yo, mientras Damon aprieta los labios. Casian es el menos indicado para reinar, no solo porque es el segundo en la línea, sino porque es el guerrero más malvado y despiadado de todo el reino feérico.