El rey está preparado para nuestra reacción; ha sido tajante al nombrar a Casian como su sucesor. De cierto modo, lo encuentro comprensible: el rey ha estado débil de salud últimamente. Sin embargo, en mi mente no cabe la idea de que Casian suba al poder.
Me revuelvo de nerviosismo. Si Casian se convierte en rey, mi cabeza correrá el riesgo de ser cortada. Mi corazón galopa en mi pecho. Calanthia me toma de la mano, mirándome pálida. Mis ojos recorren el lugar hasta encontrar a mi cuidadora. Celadine me devuelve la mirada desde un extremo trasero del rey; sus ojos me escrutan con un toque de preocupación.
Ella, como todos, sabe que Casian ha sido un partidario de su madre y está convencida de que acabar conmigo será lo primero que hará el príncipe.
—Tranquila —me consuela mi mejor amiga.
—Comencemos… —suelta el rey, y el príncipe se acomoda frente a su padre. Damon se acerca al trono, junto con los demás generales, comandantes y capitanes que deben jurar lealtad al futuro rey de Hellbula.
Siento náuseas al ver la sonrisa de satisfacción de Seraphine al observar cómo los hombres se acercan. Su primogénito, Tristan, aguarda en silencio junto a sus hermanos con un gesto sereno, aunque su ceño está fruncido. Miles de preguntas se agolpan en mi mente, pero la más importante de todas resuena en mi cabeza una y otra vez: ¿Por qué, precisamente, Casian, el hijo favorito de la reina? Y hasta donde puedo intuir, Seraphine debe estar tras todo este repentino cambio de planes.
—Bueno, al fin mi pregunta fue contestada —dice el mismo lord de la corte dirigiéndose a mí, mientras la ceremonia comienza—. Parece que alguien sí se va a encargar de las otras pestes.
Aprieto las manos en puño, frustrada. Calanthia nota mi tensión y trata de evitar que me altere.
Sin embargo, aquel impulso salvaje y oscuro empuja dentro de mí. Mis manos pican por desenvainar a "Degolladora", mis ojos fulminan al hombre y casi no puedo contenerme para hacerlo callar para siempre.
—Quizás deberían empezar contigo —espeto, y el hombre aprieta los labios.
—Eres una descarada, sucia traidora de la nación —escupe en mi dirección, y mi amiga se echa hacia atrás, sorprendida.
La oscuridad brota de mí, finalmente rompe mi cordura y me lleva a desenvainar mi espada, haciendo que las personas a mi alrededor se aparten, algunas entre gritos, otras entre exclamaciones de sorpresa. El ritual se interrumpe debido a mi desquicio, pero la oscuridad me ciega: en mí no existe nada más que mi espada y las tripas del hombre.
Él palidece.
—Repítelo otra vez y mi espada te responderá —lo amenazo.
Calanthia intenta detenerme, pero no escucho más que murmullos provenientes de todos lados.
—¡Zorra traidora! —grita el hombre, y yo aprieto los labios, levanto mi espada, lista para cortarle el cuello.
Sin embargo, una mano firme me toma por la muñeca. Mis ojos enardecidos se encuentran con los de Damon, quien me mira con intensidad. Pero es tarde; mi oscuridad ya ha tomado posesión de mí.
—¡Suéltame! —lo amenazo, y él aprieta su mano en mi muñeca, con la otra sobre la empuñadura de su arma, acomodada en su espalda. Sin embargo, no me dice nada, solo me observa con fuego. Aprieto el mango de mi propia espada y muevo el brazo para apartarlo. Voy a matar a ese hombre, y Damon no me lo impedirá.
Pero, en un movimiento rápido, saca su arma de su vaina, lo cual me hace reaccionar. Con mi brazo libre, pienso en golpearlo, aprovechando que ha sacado su espada, pero Damon se agacha, escapando de mi puño y pateando mis pies.
No me da tiempo a reaccionar. Él me suelta de la muñeca, tomando mi espada con la mano que me sostenía, y me deja caer bruscamente hacia atrás. Mis reflejos logran reaccionar, intento girarme, pero solo resbalo con los estúpidos zapatos dorados, lo suficiente como para chocar con un cuerpo a mis espaldas.
Chillo al mismo tiempo que giro mi cuerpo y me encuentro con una figura masculina que logra tomarme en brazos antes de que caiga de espaldas sobre él. En ese instante, el tacto del hombre provoca que, inesperadamente, una intensa corriente de electricidad recorra cada vena de mi cuerpo. Me quema y estalla dentro de mí una poderosa sensación antigua que me desequilibra por completo. Tiemblan mis piernas y mi piel se eriza ante el contacto, mientras dentro de mí se teje un hilo oscuro y antinatural que incinera mis huesos.
Su amplia figura musculosa, envuelta en un chaleco blanco y n***o que se amolda perfectamente a su torso, amortigua mi caída. Con el corazón en el estómago y el pelo revuelto, levanto la cabeza para mirar al causante de aquella explosión sensorial.
Unos ojos grises, tan intensos como su mirada, me escrutan. También está perplejo, al igual que yo. Me observa, pálido y hermoso, como solo él. Su larga cabellera blanca como la nieve, se desparrama sobre su rostro en una coleta alta, atada por un delicado pedazo de joyería de platino.
Su atractivo me envuelve, y por unos segundos nos miramos fijamente. En sus ojos no puedo reflejarme; en cambio, encuentro gélidez y dominio. Siento un estremecimiento al darme cuenta de que la electricidad que recorre mi cuerpo se intensifica aún más cuando me toca. Me aterra; con solo mirarme, me somete. Mi cuerpo se siente amenazado y, a la vez, poderosamente atraído. Asustada, me pongo de pie de un brinco, sin dejar de mirarlo, llena de terror.
Unas manos desconocidas me alejan y alguien corre a ayudarlo, pero estoy tan hipnotizada que ignoro todo lo que sucede a mi alrededor. Caigo en la cuenta, con horror, de mi gran error: he caído sobre Kai Hazelgrove, el importante emisario de la Corte de Espinas y el amor platónico de mi mejor amiga, Calanthia.
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Una mano fría me saca del letargo en el que Kai me ha sumido. Parpadeo, saliendo de la bruma de la oscuridad que me envuelve y me percato de mi alrededor. En medio de un respingo, me doy cuenta de que todos me miran con desprecio. Comprendo que creen que mi pequeño “accidente” es una artimaña para desquitar mi odio contra el invitado del rey. Miro a mi alrededor y encuentro un puñado de armas apuntándome directamente.
Mi piel se eriza; aún siento los estragos de aquella inusual sensación que experimenté cuando caí sobre el guapo elfo. Es en ese momento cuando cobro conciencia de lo que ha sucedido y de lo mucho que me he dejado llevar por aquella versión oscura de mí que Ronald intentó ocultar durante tantos años.
El aliento se me corta al escuchar la voz de Casian resonar en el salón, tomándonos a todos por sorpresa.
—¡Mi madre tenía razón, esa mujer es una amenaza! — truena el príncipe con voz potente, mientras su madre me observa con satisfacción.
Niego con la cabeza mientras Damon entrecierra los ojos y me apunta con mi propia arma. Lo miro con sorpresa; parece que no quiere estar en esta situación.
—¡Ha atacado a un importante invitado y ha amenazado a un m*****o de la corte! ¡Es un descaro! — exclama la reina, y me giro a mirar a Kai. Él me está observando, al igual que todos, pero un estremecimiento me invade cuando nuestros ojos se encuentran.
—Fue un accidente—. Sorprendentemente, Kai habla. El sonido de su voz, inusitadamente calmada, me estremece por completo.
Estoy acorralada. Calanthia se ha quedado aterrada en su lugar, mirándome con miedo desde lejos.
—Lord Hazelgrove —interviene Seraphine, dirigiéndose a Kai. Su voz suena pasivo-agresiva—. No tiene por qué defender a esta... —me mira de arriba abajo con sus ojos violetas, que se oscurecen hasta volverse casi negros—. Criminal... —puntualiza—. Mi esposo fue demasiado benevolente con esta.
—¡Merece la muerte! —grita Casian, y se escuchan sonidos de afirmación por parte de todos los presentes.
—¡Arréstenla! —ordena la reina, y se desata el caos. Entro en alerta al ver a los guardias acercarse, incluyendo a Damon.
—¡No! ¡Por favor! —grita Calanthia, mientras Celadine alcanza el hombro del rey, quien suspira al mirar a su sanadora.
Luego levanta un brazo hacia sus guardias.
—¡Basta! —grita el rey, y su voz potente detiene a sus hombres.
Respiro, pero una punzada se apodera de mí; la ansiedad me inunda y las palmas de mis manos cosquillean. Siento un escalofrío recorrer mi columna.
—¡Alteza! —interrumpe Kai—. Le aseguro que la chica solo se estaba defendiendo —dice, acercándose a mi lado. Su cercanía no hace más que calentarme la sangre.
Seraphine observa al joven hombre con fastidio.
—Parece que desconoce a quién está defendiendo—. Dice ella y para sorpresa de todos, Kai sonríe y, por dentro, algo desconocido pulsa en mí. Siento que me descontrola; deseo salir corriendo mientras entro en pánico. —Le aseguro, reina mía, que esto no es para tanto—. Responde el albino con un tono que suena algo insolente.
—¡Esposa! —. La reprende el rey. Seraphine sisea irritada—. Esto es una fiesta, deja que la chica se vaya; me encargaré de encerrarla unos días en su habitación—. Dice, y Celadine relaja los hombros.
—¡Pero padre! —. Casian avanza hacia el frente, bajando del podio—. ¡Es una criminal, no una niña! — Oigo odio en su tono —Por lo menos merece un castigo; ella es una víbora. Se le brindó la gloria de tu misericordia sin merecerla, y ella solo busca oportunidades para hacer el mal—. Me mira con poderosos ojos violetas—. Al menos castígala enviándola una temporada a la prisión feérica—. Finaliza, y mi corazón se acelera en mi pecho.
—¡No! —Por primera vez hablo—. ¡No voy a volver allí! —La sensación dentro de mí pulsa y siento que quiere salir por cada poro de mi cuerpo.
Los ojos de Kai viajan hacia mí mientras el rey observa cómo toda su corte está de acuerdo. Se le nota contrariado y sumamente cansado, pero finalmente cede.
—Nicolae Grey —se dirige a mí, y Damon desvía la mirada del rey. Encuentro decepción en sus ojos turquesa; parece que desea hablar, pero se reprime—. Has cometido una falta contra dos miembros de esta corte… —espeta, y mi mejor amiga escapa a encontrarse con Celadine, quien intenta hablar con el rey. Este las hace callar con la mirada y continúa—. Considero que el castigo correcto para ti es volver a la prisión feérica por unos meses y luego te reintegraré a tus labores, así que no opongas resistencia. —Dice, y les hace una señal a sus hombres para que procedan.
Mi mejor amiga y Celadine se acercan al rey para negociar, pero él ya ha pronunciado su última palabra.
La reina y su hijo parecen satisfechos, y es entonces cuando mi corazón golpea con fuerza en mi pecho; no quiero regresar a ese infierno de roca y sal, juré no volver jamás. Comienzo a temblar cuando los guardias me acorralan, a excepción de Damon, que se mantiene en su lugar, mirando a la reina con irritación.
—¡No regresaré! —digo poniendo mi cuerpo en posición de ataque. A pesar de que "Degolladora" descansa en las manos de Damon, no estoy dispuesta a regresar a los trabajos forzados.
—¡Nikky! ¡No pongas resistencia! —me grita Celadine, pero no tengo control sobre mí misma. La extraña sensación en mi cuerpo desde que toqué a Kai me está volviendo completamente loca. Esa sensación que deseo que desaparezca me quema las venas. Con la presión de los guardias queriéndome agarrar, siento que estallaré en cualquier momento.
Me defiendo; con mis habilidades aprendidas desde muy pequeña, logro esquivar las manos de quienes intentan atraparme. Escucho gritos a mi alrededor y los miembros de la corte corren lejos de mí mientras escapo.
Kai estira sus labios en una sonrisa al verme huir.
—¡Comandante Blackwood! —chilla Casian—. ¡Encárguese! —le ordena, y Damon titubea en su lugar. Corro por el salón; mi objetivo es salir. Pero un grupo de guardias me impide el paso. Maldigo para mis adentros y busco una nueva salida. El vestido me estorba, pero me las ingenio bien frente a dos guardias que intentan atraparme del pelo.
De repente, me topo de frente con Damon. Él me apunta con mi propia espada y lo maldigo. Él gira los ojos hacia los enormes ventanales abiertos tras los tronos. En cuestión de segundos, me doy cuenta de lo que quiere decirme.
Saltar el acantilado es un enorme riesgo, pero es eso o quedarme a merced de Casian, encerrada en la prisión feérica. Le hago una señal mirando mi espada, pero él niega con la cabeza. Un sentimiento de desesperación me invade; por más que amo a "Degolladora", no puedo detenerme.
Damon no hace nada cuando corro hacia los ventanales. Los lores que esquivo no intentan frenarme, así que huyo con facilidad. Aunque escucho alaridos y gritos a mi alrededor, no logro encontrar a mi mejor amiga o a Celadine. Profiero una oración a los dioses y lamento en mi interior tener que alejarme de ellas y, sobre todo, de mi recién recuperado huevo.
Sin embargo, es el mismo príncipe quien interviene en mi escape. Me intercepta justo cuando brinco sobre las frías aguas del arroyo. Esto me hace detenerme en seco y observo cómo desenvaina su espada.
—No vas a ir a ningún lado —me amenaza.
Se me corta el aliento. El picor extraño se intensifica y me paraliza, causando un dolor punzante. La sensación vuelve como una ola, chocando contra mí, quemando y calcinando mis venas. Todo sucede tan rápido que apenas puedo reaccionar.
El príncipe se lanza hacia mí, sediento de sangre. Sus ojos violetas me devoran mientras realiza una vigorosa estocada. Me obligo a moverme, con las piernas ardiendo de dolor. Doy un brinco para escapar, pero no lo logro a tiempo; la afilada hoja de su espada me rasga el brazo derecho. El dolor me azota, pero en ese instante, la sensación que me quema comienza a desbordarse.
Grito y Casian vuelve a moverse hacia mí. La adrenalina ya corre por mi torrente sanguíneo y el punzón cosquillea al verlo venir de nuevo. Todo es instantáneo e involuntario.
Levanto mis manos para cubrirme del inminente ataque, mientras el punzón ardiente escapa de mis dedos.
Con los ojos bien abiertos, observo cómo la sangre que emana de mi brazo flota, lejos de la herida, directo a las palmas temblorosas de mis manos. Formando así una ola de sangre que se arroja sobre la hoja del príncipe, partiéndola en dos como un cuchillo en mantequilla. Luego...
Todo se vuelve silencioso.
—¿Qué mierda? —espeta el príncipe.
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Mi corazón late con un poderoso vigor en mi pecho, mientras todo a mi alrededor desaparece. Mi mente intenta encontrar una razón lógica a lo que ha ocurrido, pero mi cuerpo reacciona tensándose y los gritos cesan. Miro mis manos frente a mi rostro, impactada de que algo así haya sucedido, de que yo misma lo haya provocado.
Incluso la picazón dolorosa ha desaparecido; solo me quedan los nervios y un repentino frío que estruja mi estómago. Jadeo y levanto la mirada hacia los ojos violetas del príncipe, quien me observa con sorpresa y, lo que puedo distinguir como terror.
De repente, un mareo se apodera de mí. Mi cuerpo tiembla y siento que estoy al borde del desmayo. La sangre abandona mi cuerpo, mientras la herida de mi brazo drena sangre a borbotones. Escucho mi propia respiración y mis piernas se doblan de debilidad...
Al caer al suelo, ya estoy inconsciente.