Rosa de Hielo

3231 Words
En mis sueños. Estoy escapando por el bosque nocturno. Tengo mucho miedo, jadeo y la nieve helada se me cuela por todo el cuerpo, tengo frío y estoy descalza, pero el terror se apodera de mí, la adrenalina en mis venas no me permite detenerme por el dolor que me provoca el frío, sé que alguien está persiguiéndome, pero no lo puedo ver, solo logro captar su sombra detrás de mí, se acerca y saberlo me produce un escalofrío que me sube por la espalda. Grito, pero sé que nadie puede oírme. También sé que soy pequeña y que mis manos son tan diminutas como las de una niña. Tiemblo cuando me levanto luego de caerme sobre la nieve. La sombra alarga una mano hacia mi tobillo, pero yo me he levantado antes de que me atrape. Siento que mis brazos pesan, y me doy cuenta de que llevo un pequeño bulto en ellos, lo abrazo con una protección obsesiva. No quiero que la sombra me atrape, pero tampoco quiero que me quite lo que abrazo con ahínco. El aliento se me corta, el frío hiere mis pulmones, pero corro sin rumbo y a ciegas en medio de la noche. Luego, me detengo. La sombra está frente a mí; solo distingo sus ojos rojos. No sonríe ni me gruñe, solo me mira con… terror. ¡Pero soy yo la que está escapando de ella! ¿Por qué parece que me teme? Luego, la sombra se lleva las manos a la garganta. Sangra; una profunda herida en su cuello le quita la vida. La sangre brota a borbotones de sus labios pálidos. Ella me apunta con un dedo tembloroso mientras cae de rodillas, y yo miro mis manos de niña, dejando que lo que estoy cargando ruede por el suelo. Una delgada ola de sangre rodea mis manos, flotando en círculos alrededor de mí. Yo soy la responsable… yo lo he hecho… Grito de terror y siento cómo aquello que antes protegía se mueve en el suelo. Está cubierta por una manta ensangrentada, y mi aliento se corta mientras algo se forma en su interior. Es un monstruo… sisea y puedo ver una cola escamosa asomándose de debajo. Luego. La criatura que está debajo brinca hacia mí y abre sus fauces para devorarme. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Abro los ojos de golpe, jadeando aterrada todavía por el sueño. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que estoy en bata, en mi habitación. Me llevo una mano a la frente y, por un momento, creo que todo lo que ocurrió en el salón fue solo un sueño, una absurda fantasía que solo podía existir en mi mente. Sin embargo, cuando suspiro y me muevo, siento un dolor punzante en mi brazo. Mi rostro palidece y siento el corazón en la garganta; el dolor me ha traído de regreso a la realidad. Me acerco a mi brazo y miro las vendas que cubren los menjurjes y las hojas curativas que, seguramente, Celadine me aplicó mientras estuve inconsciente. Puedo oler el aroma de las hierbas que emanan de las vendas limpias. Me muerdo los labios y recuerdo cómo arrojé mi propia sangre hacia la espada del príncipe, partiéndola. —¡Mierda, no! — me rodeo las piernas con los brazos, asimilándolo. Lo que pasó es grave, lo sé. Además, ¿Cómo es posible que yo…? Levanto la cabeza y miro las palmas de mis manos; estoy temblando. La confusión no me deja controlarme. ¿Cómo pasó esto? ¿Por qué yo? Luego, recuerdo las historias, las leyendas de los Drow. Calanthia y yo llevamos una clase sobre eso cuando me estaban preparando para ver si me convertía en sacerdotisa. Busco en mi memoria y recuerdo que, antes de que los elfos plateados dominaran Hellbula, existieron los primeros elfos que alguna vez pisaron el mundo feérico: seres de almas negras que tenían la capacidad de controlar… su sangre como arma. El recuerdo me hace entrar en pánico. Mi corazón sale disparado de mi pecho y me pongo de pie. —Eso es imposible— me digo para mí misma —los elfos Drow se extinguieron hace milenios—, susurro con el corazón en la garganta. Luego. Un ruido en mi ropero me da un infarto. Miro con los ojos bien abiertos mientras algo revolotea en su interior. Camino hacia el ropero y lo observo con la mínima calma que logro mantener. Un terror se apodera de mí; son tantas cosas que debo asimilar que no puedo siquiera organizar mis pensamientos. Tomo la perilla de la puerta, pero esta no cede. Está cerrada, y lo entiendo… sé que no me dejarán salir después de lo que hice frente a miles de elfos que nunca habían presenciado una demostración como la mía. El remolineo regresa, y un gruñido emerge del interior. Parpadeo, intentando controlar mi respiración, y alargo una mano hacia el ropero. Mis manos tiemblan tanto que casi no puedo tomar la manija. Cierro los ojos y aspiro aire; la curiosidad, el terror y la confusión me dominan, pero tengo que mirar. Mi vida pende de un hilo ahora y me aterra la idea de que me hayan encerrado con alguna clase de criatura que quiera matarme. En ese momento, lamento no tener mi espada; al menos, de esa manera podría defenderme de lo que quiera acabar conmigo. Otro gruñido sale del interior y, tomando el valor que me enseñó Nasdan, abro las puertas del ropero y miro el interior silencioso. Solo oigo mi respiración apresurada. Busco con los ojos y encuentro pequeñas plumas blancas y húmedas sobre un doblado de sábanas en el fondo del ropero. Frunzo el ceño y tomando un trozo de cascarón roto junto a las plumas lo levanto para mirar. Allí estaba mi huevo, allí había dejado lo único que me quedaba de cuando había tenido padres, y una vida normal. El miedo y la rabia calientan la sangre en mis venas. Aquello que hubieran puesto en mi cuarto para matarme había quebrado mi huevo. ¿Pero cómo pudo romperlo? Estaba hecho piedra. Pero. Inesperadamente, unas pequeñas fauces dentadas emergen del interior de la ropa y se lanzan sobre mí como una serpiente. La adrenalina me empuja hacia atrás, grito y caigo de sentón a pocos metros del ropero. El pelo azabache me cae sobre la cara mientras contemplo, con el aliento acelerado y los ojos bien abiertos, algo blanco que se remolina y surge del interior. Los gruñidos provienen de esa pequeña criatura que avanza. Y es en ese momento cuando veo dos pequeños ojos viperinos, azules como el cielo. —¿Eh? —. Un pequeño penacho, parecido al de los pavos reales, se levanta sobre una cabecita emplumada de blanco. Gateo un poco por el piso hacia el ropero, y un par de alas, pequeñas y emplumadas, se estiran de un lomo alargado. “¿Qué demonios es eso?” me pregunto para mis adentros y es en ese momento cuando la criatura levanta la cabeza como un gato, estirando su largo cuello para mirarme. Me llevo una mano a los labios al ver un hocico alargado, unos puntitos grises que parecen cornamentas en su cabeza, alas, cuatro patas con garras y una delgada y pequeña cola emplumada. ¡Un dragón! Mi mente trabaja a toda velocidad. Intento hilar mis pensamientos lo más rápido que puedo y, de inmediato, me doy cuenta de que mi "huevo hecho piedra", por alguna razón, ha eclosionado. Un pequeño dragón ha nacido de él. Termino de gatear y asomo la cabeza con precaución, pero un pequeño mordisco casi me arranca la nariz. Me echo hacia atrás, mirando bien al pequeño dragón. Frunzo el ceño mientras observo cómo la criatura olfatea la ropa que la rodea. Entonces, me doy cuenta de que una fina capa de plumaje blanco y suave cubre todo su cuerpo. —¿Plumas? —pregunto para mí misma—. “Los dragones no tienen plumas...” Me corrijo al repasar en mi mente las imágenes de dragones que he visto. Jamás he visto uno con plumas en mi vida, ni he oído hablar de alguno. Sin embargo, tampoco es que haya visto una cría; a decir verdad, nadie vivo ha visto a una. Nada me asegura que no nazcan emplumados. El dragoncito levanta la cabeza hacia mí y me mira con curiosidad. Es apenas un poco más pequeño que un gato adulto y respira rápido, como un ave. Levanta su penacho y gruñe levemente. Me muerdo los labios y alargo la mano para tocar su cabeza. Nunca había visto algo así, no puedo resistirme. Pero al ver mis dedos avanzar hacia él, me suelta una mordida que me hace retractarme. Sonrío y lo miro con asombro. Algo en mi interior me dice que me pertenece, que es mío y que siempre lo ha sido. —¿Hola, pequeño? —susurro, mientras mi mente aún termina de asimilar todo lo que ha sucedido. Sin embargo, es en este momento cuando empiezo a formular un sinfín de preguntas: ¿Por qué eclosionó? ¿Por qué tiene plumas? ¿Cómo pude usar mi propia sangre como arma? ¿Qué relación hay entre haber logrado hacer magia de sangre y la eclosión de mi huevo? ¿ ¿Están ligados o es solo coincidencia? El dragón salta inesperadamente sobre mi regazo. Grito y me echo hacia atrás, asustada. Me pongo de pie y retrocedo, pero el animalito me persigue, gruñendo y caminando torpemente por el suelo. Estira sus alas, pero no puede volar. La pared me detiene y, al mirar a mis pies, el dragón sisea, y escucho que alguien se acerca a mi habitación. Puedo oír las voces de los guardias y la de alguien más. Entro en pánico. —Mierda. —Maldigo y, en un arranque de valentía, me atrevo a tomar al dragón por la barriga para levantarlo del suelo. Mis manos cosquillean al sentir sus delicadas plumas, suaves como el pelaje en contacto con mi piel. Chillo y, mientras el dragón gruñe y se retuerce en mis manos, busco un lugar adecuado para esconderlo. Nadie puede saber que tengo una cría de dragón emplumado en mi habitación. Las garritas de sus patas me arañan las muñecas mientras intenta liberarse. Mis ojos encuentran el baño y entro corriendo, alargando los brazos hacia el frente para minimizar el contacto. Lo pongo en el suelo y corro, pero él me sigue como un perrito empalagoso. —¡Joder, no me sigas, quédate aquí! —vuelvo a tomarlo y miro la tina vacía. Lo coloco dentro, pero él intenta seguirme, pero no puede hacerlo al resbalarse con la porcelana. Lo escucho rugir, pero apenas emite un débil chillido. —Por favor, cállate y quédate allí —le digo justo en el momento en que cierro la puerta del baño. Me apoyo en la puerta cerrada del baño, rezando para que no grite lo suficientemente fuerte como para delatarme. Luego, las puertas de la entrada se abren. Sudo y sé que la herida de mi brazo se ha vuelto a abrir, pero cuando los guardias abren la puerta, estoy jadeando, sudorosa y aterrada, apoyada contra la madera. Una figura alta, un elfo de brillantes ojos grises, me observa de pie en el umbral. Aprieto los labios al reconocerlo. Es Kai, para mi sorpresa. Él me mira con una extraña sonrisa malvada dibujada en sus labios y me quedo sin aliento. A diferencia de cuando caí sobre él, tiene su larga melena lacia y blanca suelta sobre la espalda; su cabello es tan largo que le llega a la cintura. Viste elegante, pero ha cambiado su traje blanco por uno n***o como la noche, lo que resalta el blanco de su pelo y su piel pálida. Las puntas afiladas de sus orejas asoman entre su cabellera, y las joyas adornan algunos mechones en delicadas tiras de platino y diamantes que cuelgan con gracia. Además, esos mismos adornos reposan en una de las solapas de su traje. Mis ojos lo recorren; es aún más guapo que antes y parece que lleva libros en sus manos. —Tiene 15 minutos, mi Lord —le dice uno de los guardias mientras cierra las puertas tras su ancha espalda. Me relamo los labios y él estira más su sonrisa. —Buenos días, señorita Grey —me dice, haciéndome una leve reverencia con la cabeza. Sin embargo, puedo notar cómo sus ojos recorren la transparencia de mi bata de dormir. Estoy tan aterrada por todo que no me muevo para cubrirme. —¡Lord Hazelgrove! —exclamo finalmente, despego mi espalda de la puerta del baño, aun expectante de que el dragoncito no gruña—. No esperaba que viniera usted a... verme —le digo. Él se acerca un poco; el sonido de sus botas me pone los pelos de punta. A pesar de que se ve amable y sonríe, algo escalofriante emana de él, sin importar lo que muestre su rostro. —Perdóneme, señorita, pero le he traído algo —me dice mientras me extiende los libros y los coloca en una mesa cercana. Mi rostro refleja confusión. —¿A qué debo su visita? —le pregunto, y él se lleva los brazos a la espalda. —No es muy conocido que —me mira, y sus ojos grises brillan— uno de mis pasatiempos favoritos es el conocimiento y los libros —dice, y no logro entender a qué quiere llegar—. Hace un tiempo me interesé por los libros de historia —apunta a la pila de libros que ha dejado sobre la mesa—, historia que podría interesarle. —Ahora me acerco a los libros, lo miro manteniendo mi distancia. Aún con él tan cerca, el cosquilleo se hace presente en mi cuerpo. Él observa cómo abro el primer libro y leo; “Los Drow, su origen y su influencia en la historia” Leo apenas abro el libro; un respingo me hace mirarlo. Él sigue sonriendo. —Pero yo… no…— —Aún falta confirmarlo—, me interrumpe y toca el borde de la pasta del libro que tengo en las manos. El cosquilleo se hace más fuerte y me obliga a dejar el libro en su lugar inicial. —Señorita Grey, lo que hizo anoche en la gala fue impresionante. Nadie había visto algo como eso. Usted pone a prueba los límites de los libros; se suponía que los… - se aclara la garganta —ya no existían, pero no es así, aquí está usted y…— Sus ojos se ensombrecen sin que desaparezca esa tétrica sonrisa. —Los reyes quieren matarme, ¿verdad? — Lo interrumpo y lo miro. —Por eso estoy encerrada aquí—. Deduzco y él se muerde los labios. —Están debatiendo—, me dice, y abro los ojos. —Aún no deciden qué hacer con usted. Trago saliva con dificultad y vuelvo a alejarme de él; el cosquilleo ya es insoportable. —Estoy segura de que terminarán matándome—, respondo en una paranoia que me hace estremecer. —Eso está por verse—responde, mientras sus ojos me escanean de arriba abajo. —¿Solo a eso vino, a torturarme con la expectativa? —pregunto, sintiendo cómo las palabras se deslizan en el aire. Kai suelta una risa suave. —No, en realidad también vine a disculparme—dice, y entreabro los labios—. Por mi culpa, usted está en esta situación; mi torpeza la hizo caer sobre mí—confiesa, y dejo escapar el aire de mis pulmones. —Descuide, ellos llevaban tiempo buscando un pretexto para acusarme de algo—replico con resignación. —Y ahora tienen razones—susurra, levantando una ceja pálida. Me muerdo los labios, justo en ese instante las puertas de mi habitación se abren de repente y una figura corpulenta se hace presente en el umbral, interrumpiendo nuestra conversación. De pronto, los ojos verdes de Damon encuentran primero mi rostro y luego el de Kai. Entrecierran los ojos y frunce los labios. Parpadeo y me doy cuenta de que lleva a Degolladora en el cintillo de su cadera; la melancolía de no tener mi espada me hace sudar las manos. —Mi lord —le dice Damon, haciéndole una reverencia. —Comandante —responde Kai. —Vengo por —se aclara la garganta—, la prisionera —dice y desvía mi rostro del suyo. Kai sonríe y me toma de la mano. El cosquilleo le tensa los dedos y a mí me causa un poderoso respingo. Luego, besa mi mano y debo apartar la mía de un tirón sutil. —Le deseo suerte, señorita Grey. Disfrute su lectura —me dice y camina fuera de la habitación, sin antes echarme una última mirada intensa. Relajo los hombros cuando al fin se va, y luego Damon se acerca, desviando su mirada de mi bata de dormir. —Nikky, tienes un juicio en unas cuatro horas. Me han enviado a informarte que te prepares —me dice. —¿Tan pronto? —respondo, y él asiente con la cabeza, confirmando mi pregunta. Mi cerebro se inunda de advertencias. Ahora que mi huevo ha eclosionado y es probable que me condenen a muerte por haber atacado al príncipe y ser, posiblemente, una Drow, no quiero que nadie se entere de la existencia de mi dragón. Si tan solo pudiera ver a Celadine o a Calanthia, estoy segura de que podría dejarlo en sus manos. Al levantar la vista hacia Damon, recuerdo que él es el único dueño de un dragón; sabe cómo hacerse cargo de uno. Por un momento, tengo el impulso de abrir la boca y confesarle lo que escondo en el baño, pero al fijarme en mi espada descansando en su cadera y en su lealtad al reino, me echo atrás. —Gracias por informarme —le digo y camino hacia mi cama. Él aprieta los labios, parece que quiere decir algo más. Sus ojos se levantan y habla. —¿A qué vino Lord Hazelgrove? —me pregunta, lo que me hace levantar la mirada con sorpresa. —Vino a traerme algo para leer —le respondo. Él mira la pila de libros sobre la mesa, camina hacia ellos y los observa con atención. Luego me regresa la mirada cuando termina de leer los títulos de las portadas. —¿Tú siempre lo supiste? —me dice con un toque de seriedad, sé que se refiere a mi ahora nueva “naturaleza”. —No —contesto tajante. Él asiente con la cabeza en silencio y luego vuelve a caminar hacia la entrada de mi habitación. —Regresaré por ti en unas horas —me dice, soltando un suspiro antes de salir en silencio. Lo miro y espero unos cortos segundos. Luego, con un brinco, corro hacia el baño. Respiro con dificultad al abrir la puerta, mirando la tina que parece vacía. Espero unos segundos y, de repente, la pequeña cabecita del dragón se asoma apenas por el borde de la tina. Mi corazón se calma, me acerco y me siento en el borde, observando cómo intenta llegar hasta mí con dificultad. Sonrío y finalmente logro tocar su cabeza. Él me mira como un ave y me contempla con intensidad. —¿Y ahora qué voy a hacer contigo? —musito.
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