—Quiero ese precioso coño—. Adán declaró. Un gemido aterrorizado brotó de mi garganta cuando me di cuenta de su intención. Ni siquiera sabía si eso era posible. ¿Podría meterme los dos en el coño sin que me desgarraran? Me habían dado puñetazos docenas de veces. Esto no podía ser mucho peor, ¿verdad? Un millón de cosas se arremolinaban en mi mente, como la nieve durante una ventisca. Y al igual que en una tormenta de nieve, había perdido de vista lo más importante. Tenía un solo trabajo: abrirme de piernas y dejar que me hicieran lo que quisieran. No tenía voto. Adán me miró a la cara y yo bajé la vista al suelo, incapaz de sostenerle la mirada. Ese era el problema de que me trataran como si importara. No importaba. —Cariño, si no quieres hacer esto o llega a ser demasiado, usa tu palab

