Había oído hablar de mujeres que se corrían sólo con la estimulación de los pezones, pero yo nunca me había acercado hasta ahora. Era posible que fuera a detonar por nada más que Ángelo, trabajándome expertamente con su lengua y sus dedos. Cada rose tiraba de mis entrañas, y mi coño palpitaba y manaba al compás de cada tirón rítmico. Me dolía, apretaba y suplicaba. —Por favor. —Dime lo que quieres—, ordenó Ángelo. —Necesito que me toques, que me llenes. Me duele—. Mi susurro roto llenó el espacio entre nosotros, y no me importó haber entregado todo mi poder. Nunca en mi vida había suplicado tan descaradamente, y no dudé ni un segundo. Si aquel hombre no me tocaba, iba a derretirme en un charco de necesidad líquida aquí mismo, sobre su escritorio, encima de sus papeles importantes, y n

