Adonis acechaba hacia mí como una pantera, con los ojos fijos en su presa. Era todo gracia y belleza y se movía con la lánguida soltura de un depredador supremo, seguro de su lugar en el mundo. El sol de primera hora de la mañana proyectaba un resplandor dorado que resaltaba cada pliegue y contorno de su magnífico cuerpo. Los músculos se entrelazaban, creando un cuerpo que hasta Miguel Ángel habría llorado al esculpir. Un ligero mechón de pelo oscuro corría hacia el sur como una flecha que apuntaba directamente a la tierra prometida. Mis ojos bajaron hasta donde su bañador mojado se pegaba a su impresionante polla, dejando muy poco a la imaginación. Mi temperatura se disparó y la sangre zumbó por mis venas, ardiendo de calor. Ángelo ya me había dejado deseosa y necesitada, y me prometí a

