7|Volver a Rusia

2671 Words
La mañana llegó con un aire fresco meciendo las ramas de los árboles frente a la mansión Brown. Nyx, aún con las secuelas de la noche anterior, esperaba en la entrada de la propiedad. Su madre, Katherine Brown, regresaba de su viaje junto con su pequeña hermana, Kristal. Michele, aunque no lo había expresado abiertamente, también estaba expectante a su llegada. Aunque el padre de Nyx era un hombre frío, su amor por su esposa se mantenía como una constante que Nyx siempre había notado, a pesar de todo lo que representaba la vida en la mafia. Pronto, el rugido de los neumáticos resonó en la grava del camino, anunciando la llegada del auto. Nyx sintió un repentino calor en su pecho, como si aquella mañana estuviera teñida de un sentimiento familiar, uno que le resultaba casi ajeno después del último día con la presencia del ruso. La camioneta se detuvo, y fue Kristal, la menor de los Brown, quien descendió primero de la camioneta, con su habitual energía, corrió hacia su hermana mayor. —¡Nyx! —gritó la niña de once años, sus ojos, uno gris y el otro esmeralda, brillaron con alegría al ver a su hermana. Nyx amplió una sonrisa, agachándose para recibir el abrazo de su hermana menor. El contraste entre las dos hermanas siempre era evidente, Kristal era la chispa alegre y curiosa de la familia, mientras que Nyx cargaba con una intensidad y oscuridad propias. Pero en ese momento, todo se desvanecía, y Nyx la estrujó en sus brazos, sintiendo el calor del pequeño cuerpo de Kristal contra el suyo. —¿Cómo estuvo el viaje, “Cristalito”? —preguntó Nyx mientras Kristal se apretaba a su cuello. —¡Fue increíble! Pero Raven molestó a todas las aves de allá —dijo Kristal, haciendo una mueca mientras Raven, el cuervo con hermoso plumaje n***o que había pertenecido a su abuelo, volaba sobre ellas, con el mismo porte arrogante que siempre lo caracterizaba. Kath, como solían llamar a la madre de Nyx, elegante como siempre, salió del auto con la gracia de una reina, con su cabello n***o cayendo en suaves ondas. Conservando ese aire decidido que Nyx tanto admiraba. Kath se acercó a Nyx al verla y le dedicó una sonrisa serena a su hija mayor. —Nyx —la saludó, rodeándola en un abrazo fuerte y cálido—. Te extrañé —agregó mientras estrechaba a su hija en sus brazos. Nyx cerró los ojos por un instante, pensando en las preguntas que seguramente vendría después. Sabía que su madre estaba enterada de la visita de su prometido, como también, que notaría cualquier pequeño cambio en ella. Y su reciente encuentro con Aleksei Ivanov era algo que aún no había procesado del todo. Michele apareció en la puerta principal momentos después, imponente como siempre, pero sus ojos se suavizaron ligeramente al ver a su esposa. Pocas personas conocían esa faceta del padre de Nyx, pero Katherine era la única que lo hacía sonreír, aunque fuera mínimamente. Michele se acercó a ella, tomando su mano y, sin decir una palabra, le dio un beso en los labios. Kath le devolvió la sonrisa que anteriormente le había mostrado, mientras el cuervo Raven, observaba desde lo alto, con evidente desdén. —Raven sigue siendo tan molesto como siempre —dijo Michele, mirando al cuervo n***o que le graznaba desde la rama de un árbol—. No sé por qué lo dejaste viajar —reprochó a su esposa, escudriñando con la mirada al ave con brillantes plumas negras. —Porque le gusta viajar, y se porta mejor que tú… a veces —respondió la madre de Nyx, en un tono juguetón que solo utilizaba con su marido. Michele soltó una pequeña risa, y aunque breve, fue suficiente para que Nyx supiera que su madre seguía teniendo un lugar especial en su corazón, uno que ningún otro ocupaba. Pero, como siempre, las conversaciones triviales no duraban mucho en su familia. Nyx, sus padres y Kristal entraron en la mansión. Michele posó una mano en la espalda de su esposa, guiándola hacia la sala con un gesto posesivo, aunque cálido. Mientras que Nyx y la pequeña Kristal caminaban detrás de ellos, al tiempo que el cuervo Raven, ingresaba volando y se colocaba en su percha. Michele permaneció de pie solo un momento antes de que su teléfono sonara. Frunciendo el ceño al revisar la pantalla. —Es Alessandro —murmuró con tono grave al ver el nombre de Alessandro Moretti en la pantalla—. Debo atender la llamada —agregó él. Sin esperar respuesta, Michele salió de la habitación. Kath lo siguió con la mirada por un instante, hasta verlo perderse en el pasillo. Luego se volvió hacia Nyx, con una expresión más relajada pero inquisitiva. Nyx se cruzó de brazos en el sofá, visiblemente tensa sabiendo que comenzaría el interrogatorio respecto a Aleksei. —Así que... —comenzó Kath con tono casual, aunque el brillo curioso en sus ojos era inconfundible—, ¿cómo te sientes con todo esto del compromiso? He escuchado que Aleksei es... bastante imponente —declaró la mujer de unos 45 años, observando a su hija. Nyx resopló, girando los ojos. —Es una bestia —respondió con naturalidad, pensando que esa palabra describía al mafioso perfectamente. Su madre levantó una ceja, sonriendo suavemente. —También escuché que es muy apuesto. Nyx chasqueó la lengua y miró hacia otro lado, evitando los ojos de su madre por un instante. —Y lo que tiene de apuesto lo tiene de bestia —inquirió Nyx con el ceño fruncido, detestando cada mención acerca del ruso. La sonrisa de Kath se amplió, sabiendo que su hija rara vez admitía algo así. —Ah, ¿sí? —preguntó Kath, con un tono un tanto provocador—. ¿Y qué tan bestia es entonces? —cuestionó utilizando su propia comparación. Nyx, aún reacia, hizo una pausa antes de ceder finalmente con un suspiro frustrado. —Demasiado bestia. Es muy alto y parece fuerte —contestó, refiriéndose no solo a la fuerza física de Aleksei, sino también a lo atractivo que, aunque lo detestara, era innegable. Kath la observó con una mezcla de comprensión y curiosidad. Mientras que Nyx evitaba profundizar en lo que sentía, pero no podía ocultar por completo la intensidad de la impresión que Aleksei le había causado. Una de las empleadas entró en la sala con la jaula de Ravenna, para luego liberar al ave. Ravenna graznó aparentemente entusiasmada al ver a la madre de Nyx y a su hermanita, pero se mostró molesta al observar al cuervo que había llegado con ellas. —Deja de molestar a Raven —dijo Nyx a su pequeña cuerva—. No lo quieres y aun así tuviste cuatro hijos con él —reprendió a la cuerva. Ravenna tenía cuatro cuervitos, mismos que se encontraban al cuidado de Damien Brown, el hermano de Nyx que era dos años menor que ella y de momento estaba en Europa. Raven aleteó al ver a la cuerva, pero permaneció en su percha. —¡Ay dios! —exclamó Nyx. «¿Y si me pasa como a Ravenna? Detesto al ruso y tal vez un día seré la madre de sus hijos» pensó cubriendo su boca con su mano. Rehusándose a tener el mismo destino que su pequeña cuerva. Nyx dirigió su mirada a su madre, quien la veía con curiosidad, ante la expresión de asombro que repentinamente había mostrado, y carraspeando su garganta, volvió a colocar su gesto frio. Kath se acomodó mejor en el sillón, cruzando las piernas con elegancia mientras jugaba con los mechones de su cabello. Nyx la observaba desde su lugar, aparentemente distraída, pero en realidad había una pregunta que rondaba su cabeza desde hace rato, y que, ahora, sin saber por qué, sentía la necesidad de hacerle. —Mamá… ¿cómo fue tu primera vez con papá? —soltó de repente, inclinándose hacia ella con una sonrisa astuta. Su madre se quedó inmóvil, sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, y la expresión relajada que había tenido hasta el momento cambió a una de sorpresa. La pregunta la tomó completamente desprevenida, tanto que no supo qué responder de inmediato. Lentamente, bajó la mirada y frunció los labios, visiblemente incómoda. —Nyx… —murmuró, buscando una manera de evadir el tema, pero sabiendo que su hija no iba a dejarla escapar tan fácilmente—. Esa es… una pregunta muy personal. —Lo sé. Pero somos madre e hija, ¿no? —respondió Nyx con una ligera risa—. No debería ser tan extraño —agregó encogiéndose de hombros. Kath se sonrojó de inmediato. Su hija no dejaba de ser irreverente, igual que cuando ella misma era más joven, pero esta pregunta era diferente. Intentó recomponerse, sabiendo que no podría evitar responder al menos algo. —Bueno… —comenzó Kath, torciendo una sonrisa mientras bajaba la mirada—. Digamos que tampoco me llevaba bien con tu padre en un principio. Era… complicado. Pero jamás olvidaré esa primera vez. Nyx levantó una ceja, intrigada por las palabras de su madre. —¿Tan memorable? —preguntó, aún con ese aire de curiosidad y diversión, como si intentara descifrar un gran misterio. Tratando de que su madre le diera más detalles. —Sí, se podría decir que fue algo difícil de olvidar —admitió Kath, pero rápidamente se apresuró a cambiar de tema—. Pero ya basta de eso, Nyx. No es algo que necesites saber. Nyx se encogió de hombros, dejándola continuar con la evasión, aunque no podía evitar que sus pensamientos regresaran al ruso. Aleksei Ivanov, la había mantenido atrapada contra su cuerpo con una facilidad que la descolocaba. Se acordó del calor de su piel, del cuerpo musculoso que la había aplastado contra él, y… del enorme bulto en su entrepierna. «¿Cómo podría alguien olvidar algo así?» pensó para sí misma, sintiendo cómo el calor se acumulaba en su estómago solo de imaginarlo. Si eso tenía que entrar en ella, no sería con facilidad. Era una bestia, y aunque Nyx no quería admitirlo abiertamente, algo en su mente se preguntaba si, cuando llegara el momento, sería igual de inolvidable. Se mordió el labio, sabiendo que no quería explorar más esa idea ahora, pero la imagen seguía flotando en su cabeza. Si lo que había sentido en ese pent-house no era ni una probada, entonces quizás entendía mejor lo que su madre quería decir con lo de "inolvidable". Si Aleksei alguna vez... No, no podía pensar en eso ahora. . *** Por su parte, la noche anterior, cuando Aleksei cerró la puerta de su pent-house después de haber enviado a Nyx de regreso a su casa. Sus pasos eran firmes y calculados mientras se dirigía al ventanal que dominaba la ciudad. Las luces de Nueva York brillaban, pero no era la mínima parte de su dominio en Moscú. La llamada que había recibido poco antes no era una simple interrupción. Algo grave había sucedido en Rusia, y aunque normalmente se mantenía inquebrantable, esto requería su atención inmediata. No era un hombre de nervios, pero tenía una inquietud que no podía ignorar. Encendió un habano, permitiendo que el aroma fuerte llenara el aire mientras exhalaba lentamente. Las volutas de humo ascendían, serpenteando hacia el techo, pero no lograban apaciguar sus pensamientos. Aleksei no era un hombre que vacilara, y mucho menos cuando algo le exigía actuar. Y ahora, sabía que debía regresar. Tomó el teléfono, y marcó el número de Dmitry, su mano derecha, su único hombre de confianza. El tono de llamada retumbó en el silencio de la habitación antes de que la voz firme de Dmitry respondiera al otro lado. —Da, brat? (¿Sí, hermano?) — la voz de Dmitry, igual de fría y tensa como la suya, se escuchó al instante. Aleksei no perdió el tiempo con formalidades. —Sluchilos’ chto-to v Rossii. Nuzhno nemedlenno vernut'sya. (Algo ha pasado en Rusia. Debemos regresar de inmediato) —avisó Aleksei, pues Dmitry tampoco estaba en Moscú, había salido a atender unos asuntos. El silencio al otro lado de la línea fue breve, pero Aleksei sabía que Dmitry estaba procesando la información con la misma rapidez que él. No era necesario explicar en detalle; Dmitry conocía el peso de las palabras de Aleksei y lo que significaban. Había trabajado junto a él durante años, y si alguien comprendía el significado de una urgencia, era él. Aleksei dejó el habano descansar en el cenicero, apoyándose en el borde del escritorio. Dmitry finalmente habló, pero su tono, aunque tranquilo, no escondía la gravedad. —Vso yest. Ya uzhe zanyalsya etim. (Entendido. Ya estoy trabajando en ello) —replicó a su jefe. Aleksei asintió para sí mismo. Dmitry era eficiente. Siempre lo había sido. —Nyx Brown poydet so mnoy. (Nyx Brown vendrá conmigo) —añadió Aleksei. Él no era un hombre que dudara de sus decisiones, pero su voz sonaba más seria de lo habitual. Dmitry se tomó un momento antes de responder. Era claro para él que Aleksei aún no sentía ningún apego real hacia su prometida, pero comprendía las razones de llevarla a Rusia con él. Mantenerla cerca era la mejor forma de asegurarse de que su familia no causaría problemas, en caso de que ellos formaran parte de los traidores. —Uverena, eto pravil'no? (¿Estás seguro de que es lo correcto?) —preguntó Dmitry, más como una formalidad que como una duda real. Sabía que la decisión de Aleksei no cambiaría. —Da. Ty sam znaesh', Dmitry. (Sí. Lo sabes tan bien como yo) —respondió Aleksei con frialdad, cortando cualquier posibilidad de debate. El sonido del humo del habano quemándose era lo único que rompía el silencio entre ellos. Dmitry sabía cuándo dejar las preguntas de lado. —U menya est' novosti, Aleksei. Ne vse khorosho s nashimi lyud'mi. (Tengo noticias, Aleksei. No todo está bien con nuestros hombres). Aleksei levantó una ceja. Dmitry no era de los que hablaban sin razón, y esas palabras bastaron para centrar toda su atención. —Govori. (Habla) —dijo con calma, pero con una tensión latente que podía sentirse a través del teléfono. Dmitry vaciló un segundo antes de continuar. —V Rossii nashe vliyanie nakhoditsya pod ugrozoy. Kto-to rabotayet iznutri, v nashey srede. (En Rusia, nuestra influencia está siendo amenazada. Alguien está trabajando desde dentro, en nuestras filas). El silencio que siguió a esas palabras fue pesado, casi tangible. Aleksei sintió la presión en su pecho aumentar, pero no dejó que eso se reflejara en su rostro. Traición. ¿Quién se atrevería a traicionar a la Bratva? Pensar en eso le hervía la sangre, pero su frialdad exterior no se rompió. —Uznay, kto eto. I ispravi eto. (Averigua quién es y corrígelo) —ordenó Aleksei con voz helada—. Kogda my priyedem, ya khochu vse imena. (Cuando lleguemos, quiero todos los nombres). No había vuelta atrás. Aleksei aplastaría a quien fuera responsable. —Da, brat. (Sí, hermano). Aleksei cortó la llamada sin despedirse, apretando el teléfono en su mano por un momento antes de dejarlo a un lado. Volvió a tomar el habano y lo encendió de nuevo, dejando que el sabor amargo llenara sus pulmones. Tenía que volver a Rusia cuanto antes y aunque Nyx no significaba mucho para él en ese momento. Él la necesitaba a su lado, aunque solo fuera para cumplir con su deber. Nada más que eso... . Al día siguiente por la tarde, Aleksei salió de aquel pent-house donde había pasado la noche. En el pasillo esperaban sus hombres. Aleksei caminó hasta al ascensor y luego se dirigió hasta el exterior, a su camioneta. Con la única intención de llevar a su prometida consigo. —Poekhali. (Vamos) —ordenó con su voz gruesa a sus hombres, y eso fue suficiente para que la camioneta se dirigiera a la mansión Brown.
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