El aire fuera de la mansión Brown estaba cargado de una tensión densa que parecía reflejar el estado de ánimo del ruso, quien salió de ahí con la mirada fría y la espalda erguida. Caminó con pasos firmes hacia la camioneta negra que lo esperaba en la entrada. Detrás de él, un par de guardaespaldas lo seguían de cerca, hombres vestidos de n***o con rostros impenetrables, igual que su jefe.
Aleksei abrió la puerta del vehículo con un movimiento suave pero decidido. Subió y se acomodó en el asiento trasero de cuero.
—Llévame a aquel club —ordenó a su chofer sin dar otro vistazo atrás. La orden fue precisa y pronto la camioneta comenzó a moverse. Dos vehículos más lo escoltaban de cerca, protegiendo al hombre que ahora miraba por la ventana sin interés en la ciudad que se desplegaba ante él.
Pronto, la camioneta se detuvo en uno de los clubes más exclusivos de Nueva York. Cuando Aleksei se paró en la entrada, no necesitó decir una palabra; su presencia lo precedía. Las puertas se abrieron de inmediato y, mientras cruzaba el umbral, las miradas se desviaban hacia él, unas por miedo, otras por respeto. Su paso decidido lo llevó directo al área VIP, donde una mesa lo esperaba.
Aleksei se sentó en el sofá de cuero oscuro, rodeado por la luz tenue y el sonido amortiguado del club. Donde el caos de la vida nocturna quedaba a una distancia segura, mientras él observaba con una calma depredadora.
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Por su parte, Nyx y Valentina Moretti llegaron poco después. La música del club resonaba con fuerza cuando ambas cruzaron la entrada, riendo entre ellas como dos jóvenes que se habían escapado del peso de sus apellidos por una noche. Valentina, con su cabello castaño y corto apenas debajo de su mandíbula, sonrió a su amiga con una chispa en sus ojos marrones.
—Papá no me dejó venir, tuve que escapar —confesó con una sonrisa traviesa, como si aquello fuera su pequeño acto de rebelión.
Nyx sonrió también, con un gesto lleno de complicidad. La familia Moretti, a la que pertenecía Valentina, era la segunda más poderosa después de los Brown, también era perteneciente a la mafia neoyorkina, las dos jóvenes siempre eran vigiladas de una forma abrumadora. Pero siempre encontraban la manera de escapar.
—Como siempre —respondió Nyx, divertida.
Ambas se sentaron en una mesa cerca de la pista, mientras la música las envolvía en una burbuja, apartándolas del mundo exterior.
Fue entonces que Valentina se inclinó hacia Nyx, sus ojos brillando de curiosidad.
—Y tú, ¿cómo es tu prometido? —preguntó, alzando una ceja. Dentro de la mafia Brown todos estaban enterados de la futura alianza entre Nyx y Aleksei, misma que cada vez estaba más cerca.
Nyx se quedó en silencio un segundo y las imágenes de Aleksei inundaron su mente. Pensó en la figura imponente del ruso, su mirada dura, el control frío que emanaba de cada uno de sus movimientos. Nyx recordó el calor inesperado en su piel cuando le había estrechado la mano, y por supuesto, recordó esa sensación de estar atrapada en una jaula dorada.
—Es… —Nyx buscó las palabras— intimidante —respondió al fin, pensando que no había una palabra que lo describiera mejor, aunque a su mente llegaron muchos apelativos que lo describían perfectamente.
Valentina arqueó las cejas, sorprendida.
—¿Intimidante? —repitió con una sonrisa, claramente intrigada—. Eso no suena tan mal —dijo ella teniendo en cuenta que todos los mafiosos que conocían eran intimidantes y que eso también era sinónimo de atractivo, de poderoso.
—No lo conoces —siseó Nyx en un intento de sonar despreocupada, pero su mirada delataba algo más. Aleksei Ivanov no era simplemente intimidante; era peligroso, una fuerza imparable que ahora estaba atada a ella de una forma que aún no comprendía del todo.
Ambas rieron, pero la risa de Nyx fue un poco más forzada, menos ligera que la de Valentina. La oscuridad de lo que le esperaba siempre acechaba en el fondo, incluso en momentos como ese, donde la música y las luces hacían que el mundo pareciera sencillo, aunque fuera por un instante.
Mientras tanto, a pocos metros de distancia, Aleksei observaba desde su área VIP. Aunque no había reconocido a Nyx de inmediato, algo en la atmósfera cambió cuando ella entró. Algo que solo él pudo sentir. Y en ese preciso momento, aunque ambos estaban a mundos de distancia, sus caminos volvían a entrelazarse en un destino que ninguno de los dos podía evitar.
***
Michele Brown estaba sentado en la biblioteca de su mansión, rodeado por el silencio que solo una casa enorme como la suya podía ofrecer a esas horas. Las estanterías, repletas de libros que raramente tocaba, se alzaban a su alrededor. Mientras él, con una copa de vino tinto en la mano revisaba algunos documentos bajo la luz tenue de la lámpara sobre su escritorio.
De repente, la puerta de la biblioteca se abrió sin ruido, y uno de sus hombres de confianza entró, con la cabeza baja y pasos quedos. Michele no alzó la vista de los papeles, pero el hombre no necesitaba una invitación para hablar. Sabía que su jefe estaba al tanto de todo.
—Señor, su hija está en el club Verona, con la hija de Matteo Moretti —informó en voz baja, sin vacilar.
Michele entrecerró los ojos al escuchar el nombre del club. Por supuesto, era uno de los tantos que él poseía, y la elección no le sorprendía en absoluto. Había seguido los pasos de su hija, previendo su rebeldía. Ella era un espejo distorsionado de sí mismo, una combinación inquietante de su propio carácter y la gracia de su esposa, quien en ese momento se encontraba fuera de la ciudad junto con su hija más pequeña.
Michele soltó un suspiro, había algo en Nyx, en la manera de desafiarlo que lo fascinaba, a pesar de que lo irritara a la vez. —Es igual o peor que ella —susurró para sí mismo.
Ladeó una sonrisa, oscura y casi imperceptible, antes de finalmente mirar a su subordinado.
—Que las vigilen. No quiero que se metan en problemas —ordenó, su voz calmada, pero con un filo peligroso en la última palabra. Matteo Moretti era uno de los hombres de su absoluta confianza y Valentina, una joven de veinte dos años igual que Nyx, era la hija que Matteo Moretti había adoptado cuando tenía tan solo 3 años.
El hombre asintió, pero no se movió. Había más que decir.
—El ruso también ha ido en la misma dirección, señor —agregó, observando con cautela cualquier cambio en el semblante de Michele.
Por un breve instante, una chispa de interés pasó por los ojos de Michele Brown, pero luego se desvaneció, como si lo hubiera esperado todo el tiempo. Aleksei era una bestia en su propio mundo, implacable, calculador, pero Michele sonrió, porque él en algún momento también se sintió indestructible. Lo que Aleksei no sabía es que incluso las bestias más feroces caían en algún momento, que todos tenían una debilidad. Y la hija de Michele, con esos ojos tan verdes como los suyos, sería su perdición.
Michele observó cómo su hombre se retiraba de la habitación, la puerta cerrándose suavemente detrás de él.
Volvió su atención al vino en su mano, balanceándolo en la copa antes de llevarlo a sus labios. El líquido carmesí le quemó la garganta de una manera reconfortante, y dejó escapar un suspiro. Sabía que su hija era un torbellino constante, que su espíritu rebelde no se doblegaría fácilmente. Pero también sabía que todo estaba bajo control. Siempre lo estaba.
Con una sonrisa ladeada, dejó que su mente divagara sobre Aleksei. El ruso se creía invulnerable, pero Michele entendía mejor que nadie que las personas poderosas también tenían puntos débiles. Y tal vez Aleksei había encontrado el suyo en esos ojos verdes, en ese rostro que parecía angelical, pero que pertenecía a un pequeño demonio.
Michele se recostó en su sillón, permitiéndose unos momentos de tranquilidad. El fuego de la chimenea crepitaba suavemente, mientras el reloj en la pared marcaba los segundos en ese ambiente cargado de poder.
El día había sido largo, pero el juego apenas comenzaba. Michele sabía que su hija sería el centro de una guerra silenciosa, y no iba a interferir… aún.
Bebió otro sorbo de vino, mientras se notaba sereno. Michele había aprendido a domar sus propias emociones hacía mucho tiempo, pero tal vez el ruso todavía tenía mucho que aprender.
Y mientras tanto, él disfrutaría el espectáculo.
***
La música envolvía el club con un ritmo profundo que parecía sincronizarse con los latidos de los corazones dentro de él. Nyx y Valentina se movían al compás de la música, sus cuerpos fluyendo con una naturalidad seductora que atraía miradas, pero ninguna tan intensa como la de Aleksei.
Desde el rincón oscuro del área VIP, Aleksei observó la pista de baile, su figura alta y amenazante se mostró cautelosa. El ruso elevó en su mano un habano recién cortado mientras con la otra sostenía el vaso de cristal que pronto se llevó a la boca para beber de su bourbon. Entonces su mirada aterrizó sobre ella.
Nyx Brown.
Su prometida, con un destello de rebeldía envuelto en ese conjunto provocativo con el que la vio en la mansión Brown. Que parecía absorber la luz a su alrededor. Su pequeña estatura no le restaba presencia; más bien, la hacía destacar de manera inquietante. Ella parecía retar su atención, con movimientos sutiles y sensuales.
Aleksei, sin mostrar emoción, bebió un trago, permitiendo que el líquido le quemara la garganta. Pero sus ojos nunca abandonaron la figura de Nyx mientras ella se movía, su cuerpo delineando curvas sugerentes. No había necesidad de palabras entre ellos. El aire entre ambos estaba cargado de una tensión que amenazaba con estallar.
Nyx sintió el peso de su mirada casi de inmediato, y aunque al principio intentó ignorarla, era imposible. Era como una presencia oscura que la envolvía, que la sofocaba, provocando que cada movimiento suyo se volviera más consciente. No pudo evitar voltear, encontrándose con esos ojos ámbar que la observaban desde las sombras, y por un momento, su respiración se detuvo.
No había ningún gesto amable en la mirada del ruso, solo una dominación fría y calculada que no pedía permiso solo tomaba. Nyx levantó el mentón, retándolo en silencio, sus labios se curvaron en una sonrisa mientras continuaba bailando, desafiándolo con la fluidez de su cuerpo.
Valentina bailaba cerca de ella, riendo suavemente mientras un hombre se acercaba a ella con claras intenciones. Ambas estaban acostumbradas a ese tipo de atención, pero en ese momento, algo era diferente. La presencia de Aleksei lo cambiaba todo. Aunque él estaba a metros de distancia, dominaba el ambiente como si fuera el dueño no solo del club, sino del aire que respiraban.
Nyx intentaba concentrarse en el hombre que bailaba con ella, quien sujetaba de manera firme su cintura. Pero mientras le sonreía a aquel extraño, sentía la mirada de Aleksei recorriéndola como un depredador midiendo a su presa. Él la estaba observando, y esa sensación le ardía bajo la piel. Como si cada movimiento suyo fuera evaluado por un juez implacable.
El hombre frente a ella le susurró al oído, su aliento se sintió caliente contra su cuello.
—Estás hermosa esta noche, muñeca —dijo, con una sonrisa que Nyx no encontró atractiva, sino irritante.
Ella sonrió de lado, alejándose ligeramente, pero él la sujetó más fuerte por la cintura, impidiéndole moverse. El aire entre ellos se volvió denso, y el calor que se desprendía de la pista de baile comenzó a parecer claustrofóbico.
—No te hagas la difícil —le murmuró con arrogancia—. Claramente me estás seduciendo —añadió acercando sus labios a los de ella.
Los ojos de Nyx brillaron con una mezcla de fastidio y peligro. No le temía a los hombres como él, pero tampoco le gustaba hacer un espectáculo en un lugar público. Lentamente, apoyó una mano sobre el brazo que la mantenía atrapada y le susurró con una voz afilada como una cuchilla:
—Si no me sueltas ahora, perderás el maldito brazo.
No había humor en su tono, ni sugerencia alguna de que estuviera bromeando. Las palabras de la pequeña hija del mafioso salieron venenosas, amenazantes. Los ojos del hombre se ensancharon por un breve segundo antes de que intentara tirar de ella hacia él de nuevo, sin tomar en serio la amenaza. Pero Nyx no era cualquier mujer, y en su mirada se reflejaba una ferocidad que no correspondía con su pequeña estatura.
Justo cuando ella estaba a punto de reaccionar, el sonido seco de un disparo cortó el aire.
El estruendo del disparo resonó en el club como una tormenta, ahogando la música en un instante. El cuerpo del hombre con el que Nyx bailaba se desplomó de repente, cayendo a sus pies. La sangre manchó el suelo, extendiéndose bajo sus tacones mientras ella se quedaba paralizada, con los ojos muy abiertos. Su respiración se aceleró y el latido de su corazón resonó tan fuerte que casi no podía oír nada más. Todo a su alrededor se desvaneció en un silencio espeso.
Fue entonces cuando lo vio.
Entre la multitud dispersa y aterrada, una figura avanzaba con una calma imponente. Aleksei. Su mirada gélida atravesaba la sala con una autoridad incuestionable. Era como si el espacio mismo se apartara para darle paso, y las luces del club parpadearon, reflejándose en sus ojos como un depredador al acecho. La chaqueta negra que llevaba, ajustada a sus anchos hombros, se movía ligeramente mientras caminaba, con una determinación que enviaba escalofríos por la espalda de Nyx.
—Se acabó la fiesta —su voz era un bajo rugido, firme, sin mostrar emoción más allá del control absoluto.
Nyx levantó la mirada hacia él, aun respirando rápido. El pánico burbujeaba en su pecho, pero lo ocultaba tras una máscara de indiferencia. Aleksei mantuvo sus ojos fijos en ella, y una leve sonrisa perversa apareció en su rostro.
—Es hora de volver a casa, malyshka (pequeña) —dijo él, su tono fue como un susurro perverso, como si tuviera todo el poder sobre ella.
Valentina, que había estado bailando cerca, se congeló también, su rostro se tornó pálido.
Nyx sintió que su corazón se detenía por un segundo. No era porque Nyx jamás hubiera presenciado una muerte, pero incluso su padre, jamás mataba a nadie delante toda una multitud, sin importarle nada, pero el ruso acababa de hacerlo.
Y había algo perverso en la forma en que Aleksei la miraba, algo que no estaba acostumbrada a encontrar en los hombres. Otros intentaban dominarla, pero él no lo intentaba; simplemente lo hacía, con una mirada que parecía prometer tanto peligro como placer.
—No me hagas repetirlo —dijo, con un tono que no dejaba lugar a la discusión.
Nyx apretó los labios, sintiendo una mezcla de enojo y fascinación. Quería desafiarlo, decir algo que rompiera el control que parecía tener sobre la situación, sobre ella. Pero algo en sus instintos le gritaba que no era el momento, no cuando la tensión era tan grande, no cuando el hombre frente a ella acababa de ser asesinado como si fuera una mosca molesta.
Aleksei se acercó más, inclinándose hacia ella, su aliento frío y calculador se entrelazó con el de ella.
—No querrás saber qué pasa cuando me ignoran —advirtió con su voz queda. Pero cada palabra fue un veneno dulce que la envolvía. Nyx lo miró fijamente, mientras sus ojos ardían furiosos. Sin embargo, en su interior, sentía una ola de sensaciones contradictorias. El miedo y la atracción se entrelazaban.
Valentina dio un paso atrás, arqueando las cejas incrédula de lo que estaba presenciando.
Nyx apretó los labios y asintió lentamente, sus labios curvándose en una sonrisa forzada mientras lo miraba directamente a los ojos.
—Nunca me han gustado las fiestas largas, de todos modos —respondió con frialdad.
Aleksei le devolvió la misma sonrisa. Mientras sujetaba con firmeza su muñeca y la llevaba fuera de ese lugar, para después ordenar a dos de sus hombres que llevaran a Valentina a casa.