Aleksei observó desde la ventanilla del jet privado mientras la silueta de Nueva York se acercaba cada vez más. Las luces brillaban como pequeñas joyas bajo la oscuridad del cielo nocturno, pero para él, no eran más que el preludio de una nueva etapa. Sus pensamientos no estaban en la ciudad, ni en la belleza artificial de Manhattan, sino en el simple hecho de cumplir con lo que hasta hace poco era su deber.
Al aterrizar, su expresión no cambió. Se mantuvo fría, impenetrable. Bajó del avión con la elegancia propia de un hombre que está acostumbrado a tener el mundo a sus pies. Los empleados del aeropuerto apenas lo miraban, sabían quién era, o al menos lo suficiente como para entender que era mejor no hacer preguntas.
Afuera un auto n***o lo esperaba. Mientras el vehículo lo conducía a su destino, Aleksei ajustó los puños de su traje, observando desde el asiento trasero el espejo retrovisor, asegurándose de que sus hombres lo estuvieran escoltando. Estaba en un territorio que no era el suyo y no podía permitirse bajar la guardia, aunque la fachada de una alianza seguía en pie.
El Diamante, el hotel más lujoso y emblemático de la ciudad, pertenecía a la familia Brown, y ahora lo recibiría. Irónicamente se hospedaría en el centro de poder del “cuervo”.
Pero Aleksei no se sentía intimidado. No existía una organización más grande que la suya. Y así estuviera en desventaja porque había decidido viajar con el mínimo número de escoltas, algo le decía que estaba seguro.
Al llegar al hotel, la opulencia lo recibió como un golpe suave pero firme. Las luces doradas, los suelos de mármol… todo era una clara representación de poder. Pero Aleksei no se molestó en detenerse a apreciar los detalles. Todo lo que veía no era más que una extensión del imperio Brown, un imperio que de ser necesario caería pronto a sus pies.
—Señor Ivanov, bienvenido al Diamante. Todo está preparado para su estancia —dijo el hombre, sin apenas levantar la mirada.
Aleksei lo ignoró. Caminó directamente hacia el ascensor, sabía que Michele Brown, el padre de su prometida y mafioso que regía la ciudad, lo observaba de alguna forma, porque en ese lugar, nada pasaba sin que Michele lo supiera.
El ascensor subió sin hacer ruido, y Aleksei cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el control volvía a él. Estaba en el centro del dominio de los Brown, pero la ventaja, tal como lo veía, era suya.
Al llegar a la suite, dejó su maleta a un lado y caminó directamente hacia la mesa de cristal, sirviéndose un trago de vodka del minibar. Un gesto rutinario, un símbolo de que, sin importar dónde estuviera, Aleksei Ivanov siempre dictaría las reglas. Bebió lentamente y mientras lo hacía, el teléfono en la mesa vibró ligeramente, una notificación silenciosa pero efectiva. Sabía lo que era antes de mirar la pantalla. Michele Brown había sido informado. El líder de la mafia Brown ya sabía que Aleksei estaba ahí, y esa era precisamente la intención. No había nada más satisfactorio que observar cómo ajustaban sus movimientos ante su presencia. Aleksei dejó el vaso vacío sobre la mesa y una fina sonrisa curvó sus labios por un instante. Mientras descansaba un poco de su largo viaje, para luego presentarse en la mansión Brown y conocer a su prometida.
***
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Los tacones de Nyx Brown resonaron en las escaleras de la mansión. El eco de cada paso era firme y decidido. Con la correa de su bolso colgando de su hombro y un atuendo provocativo que constaba de una falda ajustada que abrazaba sus curvas con descaro y una blusa de seda con un escote sutil, la joven bajó de prisa.
Al llegar al último escalón, se encontró con la mirada penetrante de su padre, Michele Brown, la esperaba al pie de la escalera. Los ojos de un verde esmeralda como los de ella, del hombre de más de cincuenta años, la observaban con una mezcla de desaprobación y autoridad. Nyx mostró una sutil sonrisa sabiendo que su padre no aprobaba ni su prisa ni su elección de vestimenta, pero a Nyx poco le importaba. Agradar a los demás no formaba parte de su misión en la vida.
—¿A dónde crees que vas, señorita? —preguntó Michele con su tono grave, ese que hacía temblar a muchos, pero no a su hija.
Nyx respondió con una sonrisa traviesa, esa sonrisa calculada que sabía que irritaba a su padre.
—A un club nuevo. Con las chicas —dijo con total tranquilidad, apretando sus labios esperando que su padre fuera gentil y la dejara marcharse.
El silencio que siguió a su declaración fue pesado, casi insoportable, pero Nyx se mantuvo firme. Tenía solo veintidós años y uno de sus pasatiempos favoritos era explorar tanto como pudiera del mundo antes de que el día de la dichosa boda llegara.
—Hoy no, princesa —dijo Michele con firmeza—. Aleksei Ivanov está en camino —declaró haciendo que la sonrisa que mostraban los labios carnosos de su hija se borrara de inmediato.
El nombre resonó en el aire y, por un instante, Nyx se quedó inmóvil. Sus dedos se tensaron sobre la correa de su bolso, mientras su expresión se volvía incrédula.
—¿Aleksei Ivanov? —repitió, con una mezcla de sorpresa y desdén. El arreglo del matrimonio entre Nyx Brown y Aleksei Ivanov, no era un secreto para nadie. Nyx estaba al tanto de su deber, sabía perfectamente que esa alianza se llevaría a cabo. Pero no pensó que aquel hombre, se presentaría sin más en su casa, en un día cualquiera, y menos aún, a tan solo unos días de la muerte de su padre.
—Pensé que, con la muerte de Sergei Ivanov, el compromiso quedaba aplazado... indefinidamente —inquirió con una punzada en el pecho. Hasta ese momento, Nyx no se había preocupado en indagar en la vida de los Ivanov. Todo lo que sabía era que pertenecían a una de las mafias mas grandes en el mundo. Y que en algún momento de su vida ese hombre se convertiría en su esposo. Para Nyx, cualquier otro dato era irrelevante, si importar si era o no de su agrado, el matrimonio se llevaría a cabo, su padre era un hombre de palabra y había prometido a su hija al nuevo líder de la bratva. La muerte de Ivanov había sido un alivio disfrazado de tragedia, pero, al parecer, el destino le tenía otros planes.
Michele negó lentamente, sin apartar la mirada de su hija.
—No es así. Aleksei ha decidido seguir adelante con el compromiso. Es un asunto de honor para ambas familias —declaró mientras miraba fijamente a su hija.
Su mirada recorrió su atuendo de manera reprobatoria, deteniéndose en cada detalle con una clara desaprobación.
—Cámbiate. Esa falda y esa blusa no son apropiadas para la ocasión —sentenció Michele con dureza.
Nyx lo miró por un momento, con esa mirada desafiante que solo ella mostraba a su padre. Sabía que Michele no cedería. Con una sonrisa sarcástica, una que llevaba grabada en su rostro cada vez que pretendía mostrar que poco le importaba, asintió.
—Como digas, papá —respondió con un deje de ironía antes de girar y comenzar a subir las escaleras nuevamente, esta vez con menos prisa.
Michele no la siguió. Se quedó observando cómo desaparecía por el pasillo, sabiendo que, aunque Nyx cumpliera su orden, en el fondo, no había logrado cambiar su manera de pensar.
Al llegar a su habitación, Nyx arrojó el bolso sobre la cama con una fuerza que traicionaba su calma aparente. La frustración bullía en su interior, y sus pensamientos giraban en torno a Aleksei Ivanov, el hombre que jamás había querido conocer, pero con quien ahora se veía obligada a lidiar.
Caminó por la habitación con pasos rápidos y nerviosos. Aunque no temía a Aleksei, tampoco sentía interés alguno por enfrentarse a él. Para ella, este compromiso no era más que su deber y una clara molestia.
Los ojos de Nyx se desviaron hacia una jaula dorada que reposaba sobre una mesa. Dentro de ella, su cuerva negra la observaba con ojos brillantes e inquisitivos. El plumaje oscuro y brillante del ave contrastaba con el moño rosa que Nyx le había puesto en la cabeza, un detalle caprichoso que solía hacerla sonreír. Sin embargo, en ese momento, su presencia solo le recordaba cuán encerrada se sentía en su propia vida.
—Tampoco te gusta esto, ¿verdad? —murmuró Nyx, acercándose a la jaula y acariciando las delicadas barras doradas, que aprisionaban al ave llamada Ravenna.
La cuerva graznó, agitando levemente sus alas. Nyx sonrió, sabiendo que el ave compartía su descontento, o al menos así le gustaba pensar. Sin embargo, no tenía tiempo para más lamentos.
El suave crujido del piso bajo sus tacones mientras paseaba inquieta de un lado a otro, sonaba constantemente. Con un suspiro frustrado, se acercó a la ventana para distraerse, pero pronto quedó paralizada. Los portones de la mansión se abrían lentamente, y las camionetas negras que al parecer pertenecían a los Ivanov cruzaban el umbral con una imponente autoridad. Nyx tragó con dificultad, sintiendo su garganta repentinamente seca. Su corazón comenzó a latir más rápido cuando lo vio descender de una de las camionetas.
Aleksei Ivanov.
Aunque la distancia impedía que lo viera con claridad, su figura era lo suficientemente imponente como para saber que ese hombre era su prometido. Era grande, de hombros anchos y movimientos firmes. Su presencia irradiaba poder y control de una manera que Nyx no había experimentado antes. Un escalofrío recorrió su columna, y sin darse cuenta, se mordió el labio inferior, tratando de ocultar la sensación de nerviosismo que comenzaba a apoderarse de ella.
Había oído hablar de Aleksei, de su reputación en el mundo de la mafia, de su frialdad y su manera despiadada de hacer negocios, pero nunca había imaginado que su sola presencia podría desestabilizarla de esa forma.
De repente, Aleksei alzó la vista, y aunque la distancia entre ellos era considerable, Nyx sintió como si él pudiera percibirla. Su mirada, aún desde lejos, era penetrante, casi como si hubiera sentido su presencia observándolo desde la ventana. Sin pensarlo, retrocedió rápidamente y se apartó de la ventana, su respiración agitada y su corazón martillando en su pecho.
Nyx colocó una mano en su pecho, tratando de calmar el frenético latido. No entendía lo que estaba sintiendo.
De repente, un golpe en la puerta la hizo dar un pequeño brinco. Su mano se deslizó rápidamente hacia el pomo de la puerta, como si necesitara algo a lo que aferrarse para no perder la compostura.
—Señorita Nyx, su prometido ha llegado —dijo una voz suave del otro lado—. Su padre desea que baje a conocerlo.
Nyx cerró los ojos un instante, respirando hondo para intentar calmarse. Había algo en él, algo que la inquietaba profundamente.
Nyx se miró acomodando su largo cabello azabache y en un acto de rebeldía, decidió no cambiarse de ropa. La blusa de seda y la falda que se ajustaba a su figura la hacían lucir hermosa. Aunque no eran del agrado de su padre.
Con un último respiro profundo, salió de su habitación y se dirigió al salón principal. A medida que se acercaba, el murmullo de voces se intensificaba.
Cuando finalmente entró al salón, su mirada se encontró con la de él. Su corazón se detuvo por un instante.
De cerca, Aleksei era incluso más apuesto de lo que había imaginado. Era demasiado alto, su cabello rubio, con rasgos firmes y una mandíbula bien definida, emanaba una masculinidad que la hacía sentir pequeña y vulnerable. Los tatuajes que cubrían parte de su cuello y asomaban entre los botones de su camisa desabrochada hablaban de un hombre que vivía al límite.
Ambos se miraron fijamente, como si el resto del mundo hubiera desaparecido a su alrededor. En ese breve instante, el tiempo se detuvo; una chispa de tensión llenó el aire entre ellos. Nyx sintió que la piel blanca de sus mejillas se sonrojaba mientras la intensidad de su mirada de un hermoso ámbar la envolvía.
Finalmente, fue él quien rompió el silencio.
—Es un placer conocerte —dijo Aleksei, su voz profunda resonando en el aire, casi como un eco.
Mientras extendía su mano hacia ella.