Cuando finalmente quedó a solo unos centímetros de distancia, Iván levantó la mano lentamente y la colocó en su brazo. Irina intentó reprimir el temblor que amenazaba con delatar su nerviosismo, pero era imposible ocultarlo. Iván esbozó una sonrisa, algo en su mirada oscura reflejaba una mezcla de poder y deseo. —¿Por qué yo? —logró preguntar ella, su voz apenas un susurro. Iván la observó detenidamente, y durante unos segundos, Irina creyó ver una chispa de ternura escondida detrás de su mirada intensa. —Me gustaste desde el primer día que te vi —murmuró Iván, su tono más suave, casi íntimo—. Desde ese momento, supe que quería hacerte mía… que quería tenerte como mi mujer —confesó él, como si su declaración fuera algo natural, como si llevarla por la fuerza no significara nada. Irina

