Dominik Mancini…
Odio esperar.
Menos aún en una sala llena de personas que me observa como si fuera un animal enjaulado, vestido de traje, inmóvil, y con la paciencia colgando de un hilo. Las conversaciones eran un murmullo constante, un zumbido molesto que no lograba apagar. Miraba hacia la entrada cada pocos segundos, esperando ver a Cameron aparecer, vestida de blanco, caminando hacia mí.
Pero nada.
Odio este tipo de eventos, pero mi jodida familia se empeñó en hacer algo grande ya que me iba a casar, venían soñando con este día desde hace años.
Me ajusté la corbata con un movimiento brusco. No era nerviosismo… era impaciencia. Quería que empezara ya, que se sellara el acuerdo, que nadie pudiera interferir. Cameron era mía. Me la habían prometido y yo no suelo perder lo que es mío.
Vi a la planeadora de bodas avanzar entre los invitados. Sus tacones golpeaban el mármol como si cada paso pesara una tonelada. No me gustaba su cara… demasiado pálida para un día que debería ser impecable.
Se detuvo frente a mí.
—Señor Mancini… hay… un problema con la novia.
Levanté una ceja.
—Dígale que se presente ya mismo. —Mi voz salió firme y sin espacio para negociaciones.
Ella tragó saliva, dio un paso atrás y… dudó. Esa pausa me hizo hervir la sangre.
—No… puede presentarse, señor.
Me incliné hacia ella, bajando la voz para no armar un espectáculo, pero cada palabra fue un golpe seco.
—Explíquese.
Sus ojos evitaron los míos, como si el suelo fuera más seguro.
—Ese es el problema… la novia no está.
No esperé más. Atravesé el salón dejando a los invitados murmurando como un enjambre inquieto. Sentía mi mandíbula apretada, los músculos tensos. Subí las escaleras de dos en dos hasta la habitación asignada para ella.
La puerta estaba entreabierta.
Empujé con fuerza. No habia nadie, las damas estaban sentadas en el sofá pálidas y nerviosas, las habíamos contratado para acompañar a Cameron y no pudieron hacer eso.
En la ventana había una huella de zapato y los arbustos de afuera estaban movidos.
Escapó.
No había nada más, tardé un segundo en que mi mirada notará sobre la mesa un pedazo de papel doblado. Lo tomé.
Letra a mano. Un mensaje breve, como si fuera para que lo encontrara.
"Una jaula de oro jamás detiene a un pájaro que desea ser libre."
¿Qué carajos era esto? Tal vez alguien lo había dejado aquí para que pensará que era de Cameron, pero no era su letra, eso lo sabía a la perfección, había algo más… un trazo extraño, casi oculto en una esquina, como un símbolo o iniciales que no lograba descifrar del todo. Un truco. Una burla. Pero no cualquiera podía verla.
Yo sí sabía. No estaba seguro al cien por ciento, pero mi instinto, ese que nunca me falla, me gritaba el nombre.
Dante.
O al menos ese era su apodo en su mundo porque nunca lo he visto en persona, pero desde hace unos meses, un hombre ha estado fastidiando mis negocios y mis traslados, al principio fue fastidioso, pero no le presté atención, creí que ya se había ido, pero ahora se había llevado a mi prometida.
El sonido de pasos apresurados me hizo girar. El padre de Cameron apareció en el umbral, sudoroso, con el rostro contraído en una mezcla de nervios y rabia.
—Señor Mancini, lo lamento —soltó sin respirar—. Uno de mis guardias me avisó… no entiendo cómo pudo salir… pero te prometo que la voy a encontrar.
Lo miré fijo.
—No.
Parpadeó, confundido.
—¿No…?
—No te metas. —Di un paso hacia él, bajando la voz pero cargándola de acero—. Esta es mi cacería.
Se removió incómodo, pero enseguida recuperó ese tono servil que usaba cuando necesitaba algo.
—Podemos… arreglar esto. Te traeré a otra chica, si quieres. Incluso… —tragó saliva— incluso podría ofrecerte a mi hija menor —dijo nervioso —. Aún le falta unos años, pero podemos arreglarlo.
Mi mirada se endureció tanto que vi cómo le tembló la comisura de la boca.
—La boda se cancela —ordené.
Dicho eso, salí de la habitación, ignorando su voz llamándome. Los invitados ya estaban inquietos, algunos incluso se habían levantado para marcharse. No me importó. Tomé mi chaqueta, la ajusté sobre mis hombros y caminé hacia la salida.
La gente se apartaba a mi paso. No era por cortesía. Era por la forma en que me movía, rápido, seguro, con la rabia controlada como una pistola cargada.
Cameron había escapado.
Nadie me había hecho eso antes. Nadie.
En el auto, encendí el motor con un giro brusco de la llave. Mis manos en el volante tenían las venas marcadas. La nota estaba en mi bolsillo, doblada y apretada contra mi muslo como si fuera una herida.
Podría odiarla por lo que hizo. Podría decidir que no vale la pena, que hay mil mujeres más fáciles de controlar.
Pero no.
Cameron era mía. No solo porque un maldito acuerdo lo dijera. No solo porque su padre me la hubiera ofrecido como moneda de pago. Era mía porque yo lo había decidido.
Y el maldito Dante se la llevó.
Sonreí, una sonrisa fría y cortante.
Que se prepare. Porque voy a recuperarla.
Y cuando lo haga, no volverá a escapar.