La oscuridad y el espacio reducido se sentía extraño en ese baúl, por un segundo pensé que se hacía más pequeño, pero no era así. Algo me inquieta. No era la falta de luz, sino el silencio… un silencio tan profundo que me hacía sentir como si hubiera quedado atrapada en un lugar fuera del tiempo.
Al principio, conté los segundos, luego los minutos, intentando tranquilizarme. “Es solo un traslado, no es nada grave, saldrás pronto.” Me lo repetí como si fuera un mantra, pero poco a poco la inquietud fue creciendo. No escuchaba nada, cerré los ojos e intenté escuchar alguna voz o murmullo, fue aún peor, no debí cerrar los ojos, los volví a abrir y me removí.
Si no fuera por el leve movimiento que sentía por el auto en movimiento, hubiera pensado que me habían dejado ahí.
¿Y si todo esto había sido una trampa?
Mi respiración empezó a volverse más rápida. Sentí el corazón golpeando en mi pecho como si quisiera romperlo para escapar antes que yo. Una idea irracional pero insistente se apoderó de mi mente: ¿y si me estaba secuestrando? Sí, lo conocía… bueno no, estaba en la fiesta.
Sí, había aparecido en el momento en que más lo necesitaba, pero… ¿quién mete a una persona en un baúl para ayudarla?
Mi mente empezó a fabricar imágenes siniestras. Ezra conduciendo hacia un lugar apartado, bajando el baúl y dejándome ahí… o peor. Volví a cerrar los ojos con fuerza para sacudir esos pensamientos, pero en lugar de tranquilizarme vinieron imágenes.
El auto finalmente disminuyó la velocidad. Sentí cómo se detenía del todo y el silencio se llenó de un nuevo sonido: el leve chirrido de las llaves y el clic que liberó el cierre.
La tapa se levantó y una ráfaga de aire fresco me golpeó el rostro. Lo primero que vi fue la luz grisácea del cielo y, después, el rostro de Ezra, inclinado hacia mí, con esa sonrisa suave y confiada que parecía no conocer el peligro.
—Tranquila, ya llegamos —expresó con voz suave, sus ojos celestes eran casi del color del cielo, era un hombre bastante atractivo y de algún modo sentí cierta tranquilidad al verlo.
Reaccioné cuando extendió su mano hacía mí para ayudarme a salir.
Sus dedos eran largos y cálidos. Dudé un instante, como si mi cuerpo aún quisiera castigarme por mis pensamientos paranoicos, pero al final la tomé y me ayudó a salir. Mis piernas se sintieron torpes y entumecidas, tuve que apoyarme de él, sujetando su camisa, fue un reflejó, pero él me sostuvo.
—Perdón…
—Está bien, estuviste mucho tiempo ahí, seguro tu cuerpo lo sintió.
—Así parece.
Me obligué a retroceder y levantar la vista. Frente a mí se alzaba un edificio imponente, de esos con ventanales enormes y una entrada custodiada por un portero impecable. El mármol en la fachada reflejaba la luz como si estuviera siempre recién pulido.
Noté que algunas personas que entraban o salían se quedaban mirando. No sé si era porque acababa de salir de un baúl o porque mi vestido arrugado y mi cabello revuelto gritaban que no pertenecía a ese lugar.
Ezra notó las miradas y se inclinó hacia mí.
—Será mejor que entremos. Aquí vivo… y estarás a salvo por ahora.
No lo pensé mucho. La idea de que mi padre pudiera encontrarme en cualquier momento me hizo aferrarme a estar a salvo y lo seguí.
El portero lo saludó por su nombre, y él respondió con una naturalidad que confirmaba que este no era un simple refugio improvisado. Ezra vivía ahí. Y no era un edificio cualquiera, cada detalle gritaba dinero.
—Perdóname por haberte dejado en el baúl tanto tiempo —me dijo mientras caminábamos hacia el ascensor—. Vivo al otro lado de la ciudad.
—Por eso tardaste tanto —expresé un poco más alivitada, estaba demasiado lejos de mi padre —. Aunque mis piernas fueron las más afectadas.
—¿Te cuesta caminar?
—Sí, pero es por el vestido y este día de locos —respondí con una sonrisa leve.
Él sonrió también, y durante unos segundos, el aire entre nosotros se volvió un poco menos tenso.
El ascensor nos llevó hasta el piso dieciseís. Cuando la puerta se abrió, me encontré frente a una entrada amplia, iluminada por una lámpara de cristal. El departamento olía a café recién hecho, aunque seguramente era solo mi imaginación, porque no vi ninguna taza cerca.
—Wow… —murmuré, avanzando unos pasos. El lugar era todo lujo, pisos de madera oscura, ventanales con vista a la ciudad, muebles modernos y elegantes que seguramente le habían costado una fortuna, no había visto tanto dinero en un solo lugar desde hace tres años.
—Debes tener mucho dinero —solté sin pensarlo.
Ezra se encogió de hombros con una expresión que mezclaba modestia y orgullo.
—Tuve un golpe de suerte —mencionó despreocupado —. Invertí en un par de lugares… les ha ido bastante bien en los últimos años.
—¿Qué lugares? —curioseé.
Creí que no me respondería, mi padre jamás hablaba de sus negocios y cuando hablaba con él solo quería saber los resultados que tenía.
—Me gustan los postres e invertí en un par de reposterías, son un éxito.
No sé por qué, pero eso me arrancó una sonrisa.
—Así que eres un magnate de los postres.
—Algo así.
Se movió hacia una puerta lateral.
No estoy muy segura de que eso fuera cierto, su cuerpo era perfecto, podía ver los músculos sobre su traje aunque lo intentará disimular tenía el cuerpo de una persona que no había probado un postre en toda su vida.
—Ven, te mostraré el baño. Te vendría bien una ducha. Prepararé el agua y te dejaré algo de ropa. No será de tu talla exacta, pero al menos podrás estar cómoda.
Lo seguí, todavía un poco desconfiada, aunque menos que antes. En el pasillo, me atreví a preguntar:
—¿Por qué estabas en la boda?
Ezra me miró por encima del hombro.
—Era el acompañante de una invitada. Una mujer de mucho dinero que podría ser mi madre —rió suavemente—. Me pidió que la acompañara y acepté.
—Espero que el dinero de tus reposterías no venga de ella… —dije, medio en broma.
Él negó con la cabeza.
—No. Ese dinero era de mis padres —confesó —. Murieron en un accidente cuando yo era niño, pero por suerte dejaron un testamento bien hecho.
Un nudo se formó en mi garganta. No puedo ser tan tonta, él me ayudó y yo lo acabo de joder con esto.
—Lo siento… no quería…
—Está bien. Fue hace mucho —respondió tranquilo moviendo la mano.
Quisiera tener su paciencia, debo ser un desastre y él está impecable, se quitó el sacó y enrolló su camisa dejando un poco de sus brazos al descubierto, lo miré como preparaba la ducha, no lo voy a negar… miré demás, tal vez de una forma un poco descarada, su cabello rubio, su rostro perfecto, su cuerpo de adonis, un hombre no se podía ver mejor en traje, no tenía ningún tatuaje a la vista, tal vez si era cierto, era un empresario, así se veía, un guapo y sexy empresario.
Me miró y reaccioné moviendo mi vestido.
—Debo ser un desastre —comenté —. Y tú estás limpio.
—Por eso es mejor que tomes un baño —señaló —. Te dejaré sola.
Me dejó en el baño, donde el vapor empezaba a llenar el aire. Sobre la encimera había una toalla doblada y una camiseta negra junto con un pantalón de algodón.
—Tómate tu tiempo —dijo, antes de cerrar la puerta.
Apoyé las manos en el lavabo y respiré hondo. Ezra parecía… diferente a los hombres que solían rodear a mi padre. No tenía esa mirada calculadora, ni ese tono de voz que buscaba dominar cada conversación. Había algo genuino en su manera de hablar.
—Debería confiar en él —suspiré —. Parece una buena persona, sé ve como una buena persona.
Me metí en la ducha. El agua caliente cayó sobre mi piel, me saqué una rama del cabello.
—Estúpido arbusto —gruñí.
El agua arrastró la tierra, el sudor y la tensión acumulada. Aún así tenía una sensación extraña dentro de mí, puede ser que sea la aflicción de que mi padre no me encuentre, que mi prometido al que nunca conocí venga tras de mí, aunque ninguno logró verse en persona, pero tal vez la razón principal era que Ezra parecía demasiado bueno y eso me inquietaba más que cualquier amenaza de afuera.