—Cameron, ¿qué te pasa? —preguntó Rosa.
—Nada —respondí nerviosa —. Estoy bien, muy bien, ¿por qué piensan que algo anda mal?
—Porque acabas de bostezar.
—Ah… cierto —murmuró —. Es que estoy cansada.
Cansada, estresada, frustrada y mi cerebro estaba exprimido por tanto pensar en el dinero y el arma, había pasado toda la noche dándole vueltas a eso y creo que cuando finalmente me quede dormida, lo soñé.
¡Esa maldita arma! ¿Qué carajos?
—Cameron, no lo hagas tan fuerte —me regañó Rosa al ver que presionaba con fuerza la masa y reaccioné.
—Perdón.
—En serio, ¿qué pasa? Tú no eres así.
—Nada —suspiré —. Solo no dormí bien, creo que me voy a enfermar.
—Si es así, es mejor que te vayas a casa a descansar.
En el último lugar que iba a descansar era en el departamento de Ezra, no podía estar ahí, ¿qué clase de persona guardaba un arma con dinero en un cajón?
Tú sabes qué clase de hombres hacen eso, Cameron. Me regañé.
Por supuesto que sabía. Los criminales, como mi padre, sus amigos criminales y sobre todo seguramente ese tal Dominic Mancini con quien estuve a punto de casarme. Seguramente él era el peor.
—Estoy bien, seguro se me pasa —contesté.
—Bueno, pero si necesitas descansar, podemos llamar al jefe que venga por ti y te vas a descansar —dijo comprensiva.
Rosa siempre tan buena y amable, me había tratado muy bien al venir aquí, mucho mejor que mi padre. Podía confiar en ella, ¿por qué no simplemente se lo contaba? Tal vez era una tontería o no. ¿Qué se supone que le diría? Sabes que tu jefe guarda un arma y mucho dinero en un cajón en casa. Eso definitivamente la va a asustar. Aunque podía intentar algo diferente.
—Rosa, ¿qué opinas de Ezra?
—¿Del jefe?
Asentí.
Ella miró el molde que tenía al frente, terminó de colocar lo que quedaba y luego me miró.
—El señor Genovese es una buena persona, amable y agradable, siempre está dispuesto a ayudarnos y nos ha dado este trabajo, también es muy comprensivo, hace unos meses me enferme y el señor Genovese me envió a casa y me pidió volver hasta la siguiente semana como minimo, pero dejó claro que no volviera hasta que me sintiera mejor, aunque a lo mejor estoy diciendo demasiadas cosas —sonrió.
Clara que dejó un tazón a mi derecha, nos miró.
—¿Hablan del jefe?
—Sí, Cameron pregunta cómo es.
—Aparte de guapo es una excelente persona. Cameron te ganaste la lotería —le sonrió —. Me dio trabajo sin tener experiencia o estudios como yo, sin él estaría en las calles ahora mismo.
—El señor Genovese —apareció otro empleado —. Me ayudó cuando mi hijo estuvo enfermó, se encargó de todos los gastos médicos, estoy eternamente agradecido con él.
—Sí, también sé que Sandra está terminando la escuela y él se encarga de todo —señaló Clara hacía la chica que lava los platos —. Pero no te preocupes, se nota que no le interesa, solo lo hace por ayudarnos, es todo un altoista.
—Altruista, Clara —le aclaró Rosa.
—Sí, como se diga.
Yo me quedé en silencio, sintiéndome la peor persona del planeta.
Ezra había ayudado a todas estas personas, ya me había dado cuenta que cada uno de ellos tenía una historia que contar y en todas estaba Ezra que los había ayudado, también lo había hecho conmigo, me salvó de ese matrimonio que probablemente habría acabado con mi vida y ahora lo tenía fichado de mafioso de película barata, soy la peor persona del mundo.
Pedí pasar la tarde atendiendo a los clientes para poder distraerme un poco, aunque entre el dulce y un poco de aire fresco, pude pensar mejor las cosas, seguramente ese dinero lo tenía ahí para alguna emergencia y el arma era una precaución.
No todos son malos, Cameron.
Al menos eso me repetí hasta que llegó la hora de irnos, tarde un poco en hacer las cuentas con el chico de la caja y cuando salí, Ezra estaba esperando afuera.
Estuve un poco callada en el camino, aún no estaba segura si iba a decirle o no sobre lo que había visto, mi cabeza era un lío con eso y también debería disculparme por meterme en sus cosas y luego de señalarlo como un potencial criminal cuando todos los demás me habían demostrado pruebas que no era así.
—¿Cómo te fue, amor? —preguntó cuando entramos al departamento —. ¿Pasó algo? Te notó más callada, puedes decirme, lo escucharé, no pienses en eso de que soy el jefe o algo así, es una tontería.
—Solo estoy cansada —sonreí —. Pero todo fue bien.
—Penn dice que pediste un cambio para atender a las personas.
—Sí, quería salir un poco de la cocina —respondí —. ¿Estuvo mal?
—Para nada —negó inmediatamente —. Solo quería saber si tuviste algún problema con alguien en la cocina, puedes confiar en mí para esas cosas.
Su mano se deslizó por mi cintura y me acercó, antes de que pudiera reaccionar, me dio un beso en la nariz
Sí, ¡en la nariz! ¿Quién hace eso? Solo alguien demasiado confiado… o demasiado adorable. Y lo peor: me hizo sonreír como tonta.
—Hoy te voy a preparar una comida deliciosa —me anunció como si fuera un chef de cinco estrellas.
Lo miré. No vi secretos, ni culpas, ni intenciones oscuras. Solo sinceridad. Quizá todo había sido un malentendido, aunque no me iba a sentir tranquila hasta hablarlo con él.
Siendo sincera no me sentía cómoda con un arma dentro del departamento, el dinero tal vez podría tolerarlo, pero esa arma no me gustaba. Así que cuando terminamos de cenar decidí hablarle.
—Tengo que decirte algo —murmuré.
—Lo que sea, te escuchó.
Sus ojos me vieron con ternura, una mala persona no podría verte de esa manera, así que tomé aire junto con un poco de valor y hablé.
—El otro día quería hacerte algo de comer y darte una sorpresa —mencioné —. Así que fui a tu oficina para buscar una receta y al abrir un cajón me di cuenta que había… dinero y… emm… un ar.ma.
Me pude dar cuenta como se quedó en silencio por un segundo, su tenedor se quedó a medio camino del plato, le tomó un instante en recomponerse, estaba a punto de disculparme, pero entonces él habló.
—Por eso has estado tan callada estos días.
—No estoy dudando de ti —me apresuré a decir —. Sé que eres una buena persona y que seguramente debe haber una razón para eso, pero es solo que… no me gustan la idea de que tengas un ar.ma en el departamento.
—Ya —suspiró y volvió a mover sus manos, parece como si se estaba relajando —. Entiendo que te sientas insegura y debes creer que soy un loco al tener estás cosas aquí.
—No es eso —intenté hablar, pero él siguió.
—Lo cierto es que tengo esa ar.ma por protección —mencionó —. Pero si no te sientes bien, ya no la tendré.
No puedo creer lo que está diciendo, se va a deshacer del arma solo porque a mi no me gusta, eso es muy considerado de su parte, aunque dice que solo la tiene por protección, lo cierto es que no me gusta que la tenga por aquí, nunca me gustaron las armas en la casa con papá, ni esos hombres que llegaban a hacer negocios con él, todo siempre eran secretos y malos tratos con él, no quiero volver a tener esa vida. Así que lo acepté. Lo que sea que viniera después vamos a solucionarlo juntos.