Me desperté al día siguiente con los brazos de Aramis abrazando mi cintura. Recordé todo lo sucedido, lejos de arrepentirme me sentí plena. —¡Sí! Al fin no voy a morir virgen y tampoco a pagar por caricias. —¿Pagar por caricias? —La voz de Aramis resonó en el cuarto, esta era grave y seria —. ¿Acaso estás loca, Dagny? —Sí, y eso ya lo sabías desde el inicio —contesté mientras contenía mis nervios y lo veía de reojo —. ¿Algún problema, alfa? —No me digas así, tú puedes decirme lindo perrito. —Nah, ese apodo tan dulce lo tengo para Izan. Él es un lindo perrito, pero hay un perro malo que lo anda intimidando como si fuera su culpa ser tan bello. —Dagny, si no quieres que destierre a Izan, no me provoques —él tomó mi mentón y me dio la vuelta para que lo viera —. Tú eres mía y solo mía.

