Me levante de buen ánimo, aunque ese desapareció minutos después al tener que soportar a Federico durante el desayuno, lo escuché hablar pestes de uno de sus socios mientras yo me dedicaba a masticar y asentir, si algo había aprendido durante el tiempo que trabaje con él, es que en sus momentos de despotricar contra alguien no debes interrumpirlo pero darle a entender que lo escuchas. Afortunadamente eso no era nada difícil, ya que tenía la práctica suficiente para hacerlo. Agradecí a Dios cuando lo vi levantarse de su asiento, se acerca hasta donde estoy y planta un beso en mis labios. Espero a que desaparezca para tomar la servilleta y limpiarme, cada día aumentaba más mi repulsión hacia el.
Fui a por mis cosas y conduje en dirección a casa de mis padres, acompañaría a papá a su nuevo doctor ya que mamá tenía trabajo.
Lo ayudé a subir al auto después de un intenso discurso de padre melodramático que no confía en como conduce su hija.
— ¿ Qué tienes? — lo escuché preguntar desdé el aciento del copiloto, giré levemente el rostro curiosa.
— ¿ Yo?— me encogí de hombros — nada.
— No me mientas, Ky, te conozco desdé tu primer grito— Sonreí.
— Estoy bien, papá — le aseguré.
Era la verdad, me sentía realmente bien. Después de varías noches sin dormir lo había logrado, afortunadamente la excusa de la visita médica de mi padre era un buen salvo conducto para no tener que responderle el teléfono durante lo que restaba del día, tenía razones para estar bien aunque fueran sólo unas horas.
— Lo sé — confirmó mis palabras— tienes algo nuevo en la mirada — volteé a verlo espectante— no me mires así, no seré tu madre pero también me sé mis truquitos.
— Okay— entré al estacionamiento, busqué un lugar libre y aparque.
— Sólo espero que eso no te traiga problemas — susurró antes de bajar del coche.
Por suerte los estudios de papá por fin mostraban resultados favorables, dentro de un mes lo operarían puesto que ya teníamos el dinero para poder cubrir su tratamiento completo.
Me odié tanto al saber las razones por las cuales mi padre se estaba curando.
Era una mierda.
Suspire mientras esperaba en una pequeña sala en donde los familiares esperábamos a que terminaran las consultas; observé el nuevo hospital en el cual estábamos, Federico había cambiado de médico a mi padre, claro, sin mi consentimiento. Realmente el lugar era excelente, desplomaba dinero por todos lados.
El sonido de mi móvil me hizo salir de mis pensamientos, lo dejé sonar pensando que otra vez sería él. Me había llamado más de treinta veces, era hostigante. El sonido del móvil no cesó, lo tomé de mala manera y respondí.
—! ¿Bueno?!— varías personas que cruzaban en ese momento voltearon a verme, no me importó, si vivieran lo que yo entenderían.
— Wow, que forma de responder el teléfono — mi piel se erizó al escuchar su voz, los latidos de mi corazón se aceleraron. Joder.
—¿ Alonso? — pregunté incrédula— ¿ dónde conseguiste mi número?.
— Hacés muchas preguntas, brujita— Sonreí como boba—. Lo he robado del móvil de mi querido padre— abrí la boca para responder pero su voz me detuvo —. Quiero verte.
— ¿ Qué? — mordí mi labio inferior recordando sus besos.
— Si, eres como una maldita adicción— suspire al sentir su voz ronca hablarme — ve a los baños, ahí nos veremos.
Abrí los ojos desorbitada.
— ¿ Qué?.
— Te he seguido, de hecho te estoy viendo en éste momento— empecé a buscarlo con la mirada como una loca— a la izquierda, al lado de la rubia pechugona.
Enarco las cejas provocativo, sentí mi boca secarse se veía tan sexy vestido así. Llevaba unos jeans negros con varios rotos, una ramera junto con una chaqueta. Hizo una pequeña seña hacia la derecha, se perdió de mi vista caminando hacia la dirección que me había indicado. Sin pensarlo dos veces lo seguí disimuladamente.
Caminé por el amplio pasillo, bajé dos escaleras y nada. Estaba empezando a preocuparme cuando sentí su olor, me hizo señas para que entrara a una habitación de la cual no tenía la más mínima idea de quien era.
Entré y casi me caí al ver a un anciano dormido sobre una cama, Alonso se encontraba divertido con la situación, tomó mi mano y me guió hasta el pequeño baño de la habitación, cerró la puerta dejándonos bajo seguro.
— Estás loco— susurré, sus labios atraparon los míos haciéndome olvidar cualquier pensamiento coherente.
— Por ti — masculló sobre mis labios, succionó mi labio inferior haciendo que todo dentro de mí se revolviera.
— Puede venir alguien o el pobre anciano despertar — sus labios empezaron a descender por mi rostro, emitiendo pequeños espasmos en mi zona húmeda.
— Vi a las enfermeras salir hace unos minutos — rodeé su cuello con mis brazos y empecé a masajear su cabello — y nuestro amigo está demasiado dopado, seguro no despierta hasta mañana.
Sus labios continuaron descendiendo hasta llegar a mis senos, empezó a bajar un pequeño cierre de la parte superior que cubría mis senos, ese día había decidido ponerme un vestido ajustado a mi cuerpo.
Sus manos se apoderaron de mi cintura, sentándome a horcadas sobre él. Hice un pequeño movimiento circular con mis caderas al sentir su erección rozar mi zona sensible. sus manos acariciaban mi espalda, mis brazos, mi trasero, me sentía asqueada, húmeda, rendida a sus pies, nuestros labios se devoraban con ferocidad.
Un pequeño sonido en la puerta nos hizo detener, nuestras respiraciones agitadas se complementaban. El sonido continúo.
Me bajó de sus piernas delicadamente, empecé a acomodar mi ropa mientras el hacia lo mismo. Abrió la puerta haciéndome señas para que saliera, caminamos tomados de la mano hasta la puerta. El anciano seguía dormido.
—¿ Quiénes son ustedes? — nuestros pasos se detuvieron al escuchar una voz aguda hablarnos.
Giramos al unísono encontrándonos al ancino con ambos ojos abiertos observándonos curioso.
— Sí, muy dopado— susurré.
— ¿ Y bien? — volvió a hablar el anciano.
— Verá, señor— masculló Alonso en tono conciliador— nos hemos equivocado de habitación.
— No me digas, hijo— respondió sarcástico.
— Sí — intervine— no era nuestra intención molestar pero es que nos hemos perdido.
Tanto Alonso como el anciano voltearon a verme.
—¿ Qué? —Pregunté, amboa negaron con la cabeza.
— Sólo quiero saber una cosa—masculló el anciano — ¿ tuvieron sexo en mi baño?.
— ¡ No!— Respondimos al unísono.
— Bien, eso me alegra... Pueden irse.
— Gracias — me acerqué hasta el y dejé un beso en su mejilla.
— No hay de que — me sonrió— también fui joven aunque nunca tuve una pasión tan desbordada, esa chispa no se ve todos los días.
Mi mirada chocó con la de Alonso, mi piel se erizó al ver la pasión con la que me observaba; nos despedimos, caminamos hacia la puerta tomados de la mano.
— Eh, chicos— giramos hacia él — a dos cuadras de aquí hay un buen hotel— la sangre abandonó mi rostro mientras Alonso se carcajeaaba— dicen que van de parte de Louis, le harán un descuento.
Tragame tierra...