Conduje durante horas tratando de evitar lo inevitable, tratando de desviarme de mi destino. Miles de ideas pasaron por mi cabeza, denunciarlo a la policía, a la prensa, hasta asesinarlo, la verdad no sé cual era más estúpida o sin sentido pero la desesperación es un consejero de mierda.
Detuve el auto frente a la casa de mi victimario, ni siquiera tuve que tocar púes la puerta se abrió sola al ver mi auto, entré a la mansión Lordes.
— Usarás otro auto, ese está muy viejo — no lo mire, estaba en la puerta esperando con una gran sonrisa.
— Me gusta mi auto.
— Pero a mi no, mañana tendrás uno nuevo — mascullo en tono autoritario, pase por su lado pero su mano sobre mi muñeca me detuvo—. ¿ No me vas a saludar?.
Enarqué ambas cejas.
— Hola— susurré sin ánimos.
Su sonrisa se ensanchó aún más, mostrando su perfecta dentadura.
— Así no— afianzó su agarre en mi muñeca haciéndome girar hacia el— así.
Sus labios se estamparon contra los míos, traté de zafarme pero no sirvió de nada. Su fuerza era mucho mayor que la mía, estaba devorando mi boca sin el menor reparamiento mientras el aire empezaba a faltar en mis pulmones.
Actúe por instinto, clavando mis dientes en su labio menor. Derrochando toda mi fuerza sobre éste.
— ¡ Perra!— su mano se estampó sobre mi mejilla propinandome una cachetada que me hizo caer.
Reprimi las lágrimas, sentí un sabor metálico en mi boca. No sabía si era mía o de él, levanté el rostro para comprobar una mancha de sangre en su camisa.
Me fulminó con la mirada, le devolví el gesto. Salió echando humos mientras hacia un recitar de maldiciones, sonreí abiertamente.
Quería jugar, íbamos a jugar... Él me había arrastrado hacia su infierno y yo lo acabaría en su propio terreno.
— Vamos señorita— una señora de unos sesenta y tantos llegó hasta mí, me tomó del brazo para ayudarme a incorporar — la llevaré a su habitación.
— Puedo... Ir sola— me solté de su agarre sin mucha educación.
La mujer volvió a acercarse, pensé en insultarla o gritarle pero su mirada llena de ternura me detuvo.
— No tengas miedo— su tono de voz era tan melódico — no soy tu enemiga.
— ¿ Quién me lo asegura?—. Pregunté en tono gélido, no pensaba confiar en nadie de esa casa al final todos trabajaban para él.
— Nadie, tú eliges si creerme o no— declaró la mujer usando ahora un tono más serio, comenzó a caminar rumbo a las enormes escaleras que se encontraban frente a nosotras—. Sigame.
Subí las escaleras detrás de la mujer en absoluto silencio, me fijé mejor en los detalles de la enorme casa. Las escaleras eran un poco largas, el segundo piso era enorme lleno de cuadros y puertas, un corredor que daba a las habitaciones, eran siete una delante de la otra a excepción de la más alejada de las demás, la que quedaba al final. La mujer continuó caminando hasta detenerse en la segunda puerta a la derecha.
Abrió la puerta, se hizo a un lado para dejarme pasar.
— Si necesita cualquier cosa sólo tiene que llamar — señaló un teléfono que se encontraba al lado de la cama— es el número tres.
La mujer giró sobre sus talones para irse.
— Espere— mi voz la detuvo — ¿ cómo se llama?.
— Lorenn.
— Muy bien, Lorenn... Yo soy Kyara — la mujer asintió con una media sonrisa—. Sus acciones me dirán si puedo o no confiar en usted—. Lorenn asintió, cerró la puerta antes de salir.
Me dejé caer sobre la cama en posición fetal, observé todo con detenimiento y joder, si que era grande. Creo que esa habitación era más grande que la sala de mi casa completa. La habitación estaba pintada de blanco, tenía una ventana que daba al barcón, caminé hasta éste.
¡ Joder!, la vista era increíble.
Se podía ver él jardín completo, los barcones de las demás habitaciones, enserio que ese hombre era pretencioso. En ese instante entendí mi realidad, presa en una maldita jaula de oro.
Durante lo que restó del día no salí de mi habitación, revisé todo, comprobando que tenía un closet totalmente repleto de ropa que nunca imaginé poder usar, además de perfumes, jollas, accesorios interiores, en fin, el muy hijo de puta me había equipado con todos sus malditos lujos.
Llamé a mi padre también a mamá, aunque ambos se escuchaban algo distantes conmigo y ¿ cómo no?, los había abandonado de un momento a otro, sin una explicación concreta o al menos una actitud con que lo demostrara.
A las siete en punto tocaron la puerta, era una de las empleadas avisandome que el señor me esperaba para cenar me excuse que no me sentía bien por lo que me quedé encerrada en la habitación.