Me acerco al escritorio y firmo los papeles, tomando una copia en mis manos lo miro, enfrentando por primera vez sus ojos con rabia. - Adelante, tienes todo lo que querías, mi hijo nunca tendrá acceso a tu dinero, tu apellido o a ti. Así como jamás podrás reclamar derechos sobre él o sobre mí. - Soy un hombre de palabra, toma… - me extiende un cheque. - Dónalo - lo interrumpo - lo único que quiero llevarme de aquí entra en mis brazos, no necesito nada más de ti, de tu apellido, de nada que tenga que ver con esta maldita ciudad. Abro la puerta donde un preocupado Daniel espera. - Imagino que con tu amante no necesitarás migajas – me increpa con una voz arrogante que esconde ¿dolor? sacudo esa idea de mi cabeza, es incapaz de sentirlo por mí. - No, no necesita

