«¡Qué niña tan quisquillosa!» Pensé cuando la vi perderse por la puerta que conduce al armario. En lugar de castigarla con mis juegos, creo que el castigado fui yo. —Grrr —Gruñí de la erección tan tremenda que de solo buscar provocarla terminé ganándome. Desde que ando detrás de ella, esta es la cuarta vez que paso por esto, y en todas, como ahora, no he podido saciar esta necesidad. Sacudo el cuerpo no solo por el dolor de la tensión de mi virilidad, sino por el estremecimiento de mi columna al sentir una vibración extraña recorrer mi espalda desde el inicio de la cadera hasta la cabeza. —¡Por los Dioses! ¡Qué causas muñequita! ¡Qué causas! —Dije en voz alta desahogando la frustración. Como bien conoce mi interés por ella, poco me importa si me escuchó o no. Más bien me gustaría,

