Veo cómo la chica empaca la quinta bolsa de ropa. Cuando voy hacia la caja para que él me siga y deje de comprar, me doy cuenta de que se aleja de mí. Espero paciente, hasta que me doy cuenta de que solo está agarrando más ropa. Me acerco, pero retrocedo al ver el tipo de ropa que es. Cuando él voltea su rostro hacia mí, la vista se me empieza a nublar.
«No quiero hacer esto, no estoy lista.»
—No es lo que piensas —él agarra mi muñeca en un descuido—. Necesitas este tipo de ropa, la utilizas todos los días y no hemos comprado ninguna.
—Yo… yo las elijo —murmuro sin mirarlo.
Él me suelta y se va al frente del mostrador. Yo comienzo a agarrar la más barata, pero al menos una cantidad considerable para que no venga él a escoger más. Cuando toca la parte de arriba, dudo. Utilizo telas para sostenerlas, son grandes y odio eso. Nada me queda bien, todo me hace ver vulgar.
—¿Necesita ayuda? — la chica está parada a mi lado.
—No sé qué talla… la que compré en esta tienda no me quedó.
—Si desea, podemos probar varios. Es algo que no se debe hacer, pero por usted obviamente podemos hacer una excepción.
—Ella lo hará —responde el por mí.
La chica agarra varias tallas y yo la sigo. Entramos a un probador, ella me comienza a pasar uno por uno. Tengo que hacer seis intentos para encontrar uno que sí me entra.
—¿Cómo sé si me queda bien?
—No debe apretar, solo debe sostener. Debe dejarla respirar con normalidad y nada debe salirse de su lugar.
—Creo que necesito uno más grande.
—¿De espalda o de busto?
—Busto.
Escucho cómo se va. Me miro en el espejo y debo cerrar los ojos.
«Eres asquerosa. ¿Quién querría algo tan grotesco como eso?... Si tuvieras más cola, tal vez fuera pasable, pero hasta deforme estás.»
Las palabras de el se repiten varias veces en mi mente, no quiero recordar, no quiero que el este en mi cabeza, pero no puedo sacarlo.
—Hey, mírame, cerecita, por favor, mírame.
Abro los ojos y él está enfrente de mí, agarrando mi rostro, y me doy cuenta que estoy llorando.
—Te estaba llamando, pero no me escuchaste. ¿Algo te duele? ¿Fue por la ropa? Es un malentendido, te juro que yo no quiero nada más que comprar lo que necesitas… lo siento.
—¿Podemos ir a casa? — mi vista borrosa esta fija en su pecho.
—Sí. ¿Encontraste tu talla?
—No.
Me asusto cuando la chica extiende su brazo a través de la cortina que me tapaba y en su mano hay un sostén. Él lo agarra y escucho cómo ella se aleja. Mira la prenda, sus pupilas están dilatadas, pero solo me la entrega y sale rápido. Me quito el que tengo y, cuando pruebo el nuevo, noto la diferencia. Ya no aprieta ni se me desborda el busto, como ella dice. Incluso respiro mejor. Me lo quito y coloco la tela en mi pecho. Me da vergüenza, porque él también lavó la tela, así que sabe que no encontraba talla.
Salgo del vestidor acomodando mi camisa, intentando hacerla más larga de lo que ya es. Cuando llego al mostrador, él ya está cargando las bolsas.
—Elegí los diseños por ti, espero que no te moleste.
—¿Vamos a casa?
—Si estás de acuerdo, podemos comprar algo para comer.
Me gustaría replicar y recordarle que ya comimos en la casa, pero solo lo sigo. Él carga todas las bolsas. Nos desviamos primero para que las guarde en su auto y, después, me guía hasta un puesto de helados. Me quedo un segundo mirando todos los sabores. Tengo que tragar la saliva que se acumula en mi boca. No recuerdo la última vez que comí uno. Es un lujo. Es mejor y a veces más barato comprar comida.
—¿De cuál quieres y de cuántas bolas?
Paso la mirada de un contenedor a otro. Hay un pequeño vidrio que nos separa de los diferentes sabores y quiero romperlo. Quiero al menos una cucharadita de cada uno. Miro uno, luego otro, y no sé qué decir.
—Deme dos de tres bolas, de un sabor diferente cada una —yo lo miro—. Después repetiremos. No nos iremos de aquí hasta que pruebes cada uno.
Sonrío. El señor que nos atiende le entrega los conos a él y yo termino arrebatándole el mío. Agarra mi mano para que nos sentemos. Hay un par de mesas para dos personas. Siento sus ojos fijos en mí, pero solo puedo poner atención en el helado. Siento que mi lengua se congela, pero no me importa. Cada uno sabe mejor que el anterior… o tal vez es solo mi imaginación.
—¿Intercambiamos?
Miro mi cono, solo me queda eso, pero él aún tiene las tres bolas de helado y en colores diferentes. Le entrego el mío y él me da el suyo. Lo pruebo y ronroneo. Quisiera quedarme aquí con él para siempre.
— ¿Cuál te gusta más? —Él ya se comió el cono.
—No lo sé— miro los demás sabores.
Él se levanta, yo me termino de comer rápido lo que queda, ya que no sé si me dejará entrar a su auto con comida. Cuando termino, regresa y me entrega otro cono con tres bolas más. Lo agarro y le sonrío.
—Son los últimos sabores que te faltan por probar. Si quieres, podemos repetir el sabor que más te gustó— yo asiento.
Miro el cielo, parece que solo falta una o dos horas para que empiece la noche. Creo que pasamos demasiado tiempo en esa tienda. Termino mi helado y me levanto junto a él; ambos nos acercamos de nuevo a la vitrina.
—Si tienes más de un favorito, podemos llevarnos varios.
Alzo la cabeza para mirar al enorme hombre. ¿Por qué es tan amable conmigo cuando no lo merezco? ¿Por qué tengo que hacerle daño? ¿Por qué no puedo simplemente confiar en él?
—Este y este— señalo el primero y el último.
—Deme dos de esos— le dice al señor.
Aprieto mis manos. Soy un ser horrible. Me he aprovechado de él, hice que me comprara ropa y ahora me acabé la mitad del helado que este hombre tiene. Él pagó todo. Me merezco su maltrato, y solo recibo amabilidad y cosas lindas.
—Para la linda señorita y el caballero— agarro con cuidado el cono que me entrega y él también toma el suyo—. Que tengan una buena tarde.
Le sonrío al señor, pero Marcus pasa su brazo por mi cintura. Sus dedos aprietan mi piel; no me lastima, el agarre es firme y me da la vuelta en dirección al auto. Miro atrás y me relajo al ver los billetes sobre el mostrador del señor. Volteo mi cabeza hacia él. No ha quitado su mano. Me preocupa ver cómo agarra su cono; está a nada de que se le caiga el helado.
—No se puede limitar a hacer su trabajo, ese humano mal…— él deja de hablar y me mira de reojo. Yo no aguanto y me acerco más a él para agarrar su muñeca.
El helado se está derritiendo en su mano, ha dejado de caminar. Muerdo mi labio. No sé por qué lo hago, pero acerco su muñeca a mi rostro y lamo sus dedos. Apenas me doy cuenta de lo mal que se ve esto, suelto su muñeca y me alejo dos pasos. Él también suelta mi cintura.
Ambos nos quedamos quietos. Yo lamo mi helado, nerviosa, sin mirarlo.
«¿Por qué hice eso?»
—De… debemos regresar. No podemos pasar la noche fuera de la manada— él comienza a caminar y yo lo sigo.
Cuando estoy frente al auto, me abre la puerta y entro. No parece importarle que aún me quede algo de helado. Cuando él entra, me entrega su cono y, gustosa, lo agarro. Me coloca el cinturón y, cuando termina, nos quedamos viendo. Sus ojos bajan a mis labios. Mi corazón late tan rápido que no puedo escuchar el suyo.
—Me encantó pasar el día contigo. ¿A ti te gustó?
—Sí, gracias por los helados.
—Es un placer verte sonreír. Y sé que aún no confías en mí, pero si quieres hablar de lo que te hace llorar o de lo que te cohíbe de obtener cualquier cosa, estoy aquí. Siempre estaré aquí para ti.
Siento que uno de los conos empieza a derretirse. Él agarra mi muñeca y siento su lengua en mis dedos. Es cálida, larga. Cuando termina, solo se aleja de mí, se acomoda en su asiento y enciende el auto. Yo empiezo a comer rápido; de vez en cuando, acaricio el lugar donde lamió.
Él extiende su mano un par de minutos después, y yo lo miro sin entender hasta que me doy cuenta de que quiere el helado que ya casi me termino. Para no hacerlo enojar, coloco mi mano sobre la suya. Él tarda unos segundos en reaccionar, pero termina entrelazando sus dedos con los míos y yo sigo comiendo.
| Marcus |
Si hubiera sabido que solo tenía que comprar helado para que ella me dejara tocarla y tener nuestras manos juntas como ahora, habría dejado sin helado a ese humano. Aunque parezca un simple viejo, tiene el monopolio de los helados. Nadie más vende aquí, ni siquiera el supermercado, ya que tenía un convenio con el antiguo dueño y ahora con la Líder. Le da el 15% de sus ganancias con tal de que no venda eso. Sé que en otro pueblo no hay tiendas que vendan, aunque admito que ese viejo tiene el secreto del helado porque ningún otro sabe igual. Ojalá le pase la receta a un familiar, porque si no, lo extrañaré. Y ahora más, ya que me ayudó a tener algo de contacto físico con ella.
Cuando llegamos, no quiero bajar. La veo chupar sus dedos. Dejo de hacerlo al darse cuenta de que estoy a nada de soltar feromonas. Mi celo no debe adelantarse, aún no. Aunque no quiera, suelto su mano rosada. Casi toda su piel tiene tonos rosados o rojos. Bajo del auto y comienzo a sacar todo lo que compramos. Gruño al escuchar cómo ella abre la puerta. Fui un descuidado, en vez de recoger esto, debía abrir la puerta primero.
—¿Te ayudo?
Ella está a mi lado. Yo le entrego su ropa interior; no quiero tener más problemas por eso. Me siento mal por haberla perturbado. Por un segundo, sí la imaginé vistiendo eso. Fui un inconsciente y, aparte, un mentiroso. Pero ¿cómo le explico que es un deseo sano? Que nunca intentaría dañarla. En ese momento, era mejor mentir, y me siento mal por ello.
Por suerte, no nos encontramos a nadie en el camino de regreso. Apenas entramos a la casa, la acompaño a nuestra habitación, dejo todo en la cama y abro la puerta del armario.
—Esta parte es tuya. Ya estaba pensada para ti, y si necesitas espacio, no dudes en quitar mi ropa. Ya veré dónde la coloco— ella se acerca y sonrío al ver que le gusta—. ¿Habías entrado aquí? —Ella niega.
Es una habitación mediana, tirando a pequeña. Tiene un gran espejo, una buena iluminación que me recomendó una hembra del pueblo vecino, muchos estantes, además de un tubo largo color plata para que tienda la ropa en ganchos.
Me alejo para que ella se sienta más cómoda. Me voy a la cocina para preparar una cena ligera y, cuando estoy sacando lo que necesito de la nevera, siento cómo mi enlace con Kurt se abre.
—Sé que me pediste unos días libres, pero en verdad necesito que supervises a los deltas en esta guardia. Tenemos rato que no hacemos una inspección.
—Sí, Alfa, ahí estaré.
Él corta nuestro enlace y yo me apresuro a terminar. Decido hacer un simple cereal con leche; lo importante es que ella coma algo antes de dormir. Cuando entro a nuestra habitación, ella está sentada en la cama acomodando unas camisas. Se ve bonita con la pijama de mangas largas y pantalón que elegí para ella.
—Tengo que salir esta noche. Vendré en la mañana. Sabes que te he dicho que no tienes prohibido nada, pero no salgas de noche. Aún no he informado a alguien de tu estadía aquí y pueden haber malos entendidos.
—Entiendo— ella no me mira y le entrego la taza.
La veo comer. Aunque aparente estar seria o incluso cansada, sé que en realidad está nerviosa. Siento a Zah caminar de un lado a otro en mi cabeza con la cola entre las patas. Ambos sabemos lo que ella intentará esta noche.
Duele que, a pesar de todo lo que hemos hecho para que se sienta segura y amada a nuestro lado, igual quiera irse.
Salgo de la casa. Ya vi a qué velocidad puede correr. Le tomará una hora y media salir de la manada y del rango en el que pueda rastrearla, por eso estaré rondando la casa cada cierto tiempo. Pero, en realidad, deseo que no intente escapar o que, al menos, se retracte. Dolería demasiado verla huir. Y no sé si tendría la fuerza para traerla de nuevo si me pide que la deje ir.