13.

1661 Words
—No hablas mucho, ¿cierto? «No me dejaban hablar.» Quiero decirlo, quiero contarle, pero también quiero irme. Si soy su compañera, solo le hago daño con cada segundo que paso cerca. Si estoy a su lado, más fuerte es el vínculo y más doloroso será separarnos. Aunque solo hayan pasado dos días, ya me acostumbré a su amabilidad, a cómo baja la voz cuando me habla, a cómo intenta agacharse para que no tema, a cómo me cura a pesar de que todas mis heridas hayan sido mi culpa. Él mira su camisa, la que llevo puesta. Eso es otro factor. Aunque no identifico a qué huele él, sí puedo notar que me agrada. No es un olor fuerte, no es dulce, no sé qué es, pero me gusta más que el olor de cualquier persona que haya conocido. —Hoy vamos a ir al pueblo. Sé que no te sientes tan bien, pero necesitas ropa y muchas cosas que yo no utilizo —suspira—. Soy patético en esto, lo sé. Ni siquiera tienes los productos básicos que toda hembra usa, ni siquiera tienes ropa —se levanta—. Lo siento. —No eres patético —susurro, y me mira—. Eres bueno, el mejor... Quiero decirle que no necesito ropa, que no la necesito porque me iré. Aunque él lo sabe, no es tonto, pero aun así quiere gastar en mí. —Vamos a esperar a que haga efecto. ¿Te gusta la idea? —Sí. Si no fuera a escapar, habría dicho que no, que solo quiero descansar, que solo quiero que se quede dormido de nuevo a mi lado. Por un segundo, dejo que mi mente imagine un escenario donde yo acepto quedarme con él, donde ambos dormimos juntos, donde juega con mis dedos y yo me acerco y me escondo en su pecho. —¿Te sientes bien? Estás muy roja —se agacha, y yo retrocedo cuando intenta tocar mi rostro. No retrocedí por miedo, solo porque no me lo esperaba. Aun así, noto cómo le duele mi rechazo. Eso es lo que no quiero. No quiero dañarlo, no quiero herir a este hombre enorme que me cuida, pero tampoco puedo quedarme. Seguro encontrará a una mujer hermosa y fuerte como él. Yo solo estoy estorbando y retrasando que conozca a alguien así. —Estoy bien. —Entiendo. ¿Te parece bien en cuatro horas? —Es obvio que no me creyó. —Sí. Él me mira, y yo me acuesto en la cama y abrazo la almohada. Siempre me acuesto de costado, así que, aunque me duele, lo hago sobre mi lado izquierdo. —¿Me permites acostarme a tu lado? No debería. Trato de repetírmelo en la mente, pero recordar lo lindo que se siente es agradable e incluso me relaja. —Sí. «Soy una egoísta, soy cruel y le hago daño.» A pesar de eso, cuando se acuesta frente a mí, no puedo evitar sonreír. Recuerdo lo lindo que es Zah conmigo, la gran posibilidad de que ellos quieran tratarme bien. Si tan solo no hubiera pasado nada antes de conocerlo, yo lo aceptaría. Si tan solo no supiera el daño que pueden hacer, lo intentaría. Me gustaría ser ignorante, ser ingenua, incluso si solo dura unas pocas semanas tratándome bien. Cierro los ojos y los abro cuando siento cómo aprieta mi mano. Unos ojos verdes son lo primero que encuentro, y me encanta. —Ya es hora —susurra y me ayuda a sentarme. Miro mi pierna y sonrío. —Se curó —lo miro, y él también sonríe. —Te dije que funcionaba. —Coloca sobre mis piernas la ropa que compré apenas llegué—. Está limpia, lo siento, pero es lo único en esta casa que en realidad te queda. —Gracias. Él sale, y yo me apresuro a vestirme. A pesar de que no haya marcas en mi piel, puedo sentir mis músculos doloridos, pero eso no es importante. Salgo de la habitación. Él no está en el pasillo, así que voy a la cocina, pero antes miro las otras puertas, observo toda la cabaña. Me dolería irme, pero es necesario, para ambos. Apenas llego a la cocina, mi estómago me delata, pero es imposible que no gruña cuando huele tan rico. —Sé que te debo un conejo, pero te voy a distraer con unos filetes y ensalada. Me siento en el comedor. Él me sirve la comida y coloca su plato al lado del mío. Lo espero. Cuando se sienta a mi lado, cierro los ojos. —Gracias, Dios, por estos alimentos. No dejes que a nadie le falte. Amén. Cuando abro los ojos, él me está mirando, fijo y en silencio. —Lo siento, me dejé llevar. Es tu casa, no quise ser irrespetuosa. Yo... —Solo me sentí segura, por un segundo sentí que podía hacer lo que quería. —No me molesta, en realidad pienso que es bueno creer en algo. ¿En qué Dios crees? —Jehová, el papá de Jesucristo. Sé que es raro que un Cambia Forma no crea en la diosa Luna. No es que no crea, sino que mi madre me contaba que, en realidad, no es una diosa, que simplemente Dios la eligió para que conectara las almas de dos Cambia Formas, que solo tiene ese trabajo... Perdón, estoy hablando mucho y la comida se enfría. —No te limites. Ya encontré uno de mis pasatiempos favoritos, podría escucharte hablar sin parar por años y nunca me cansaría. Solo sonrío. Creo que nunca le conté eso a alguien. Los recuerdos que tengo de mi mamá son pocos, pero claros. La comida está rica, la carne suave y con sabor a especias. Tal vez sal, pimienta y algo más. Los vegetales son frescos y con mucho sabor. —¿Quieres más? —No, gracias. Él recoge los platos. Yo me levanto y detallo esta parte de la casa. Desearía que mi cámara sirviera, pero solo tendré que conformarme con la imagen más nítida que mi mente pueda guardar. —Ya terminé, vamos. Él se seca las manos con el pantalón, camina hacia la puerta y yo lo sigo. Cuando salimos, miro hacia la cabaña. Aunque tiene un aspecto rústico, es el lugar más acogedor en el que he estado. —La remodelamos según nuestras necesidades. Quise dejarlo simple para no tener tanto trabajo en la remodelación. —Es hermosa, así como está. —Yo solo la hice, incluso diseñé los planos. Si quieres, más tarde te los enseño. Solo le sonrío. No creo que haya un "más tarde", y eso me duele. Siento una pequeña punzada justo donde debería estar el corazón, pero me limito a seguirlo. No caminamos mucho. Llegamos a una especie de cabaña larga que solo tiene techo y una pared en la parte de atrás. Debajo del techo hay varios autos, y no me pasa desapercibido que hay muchos árboles grandes tratando de ocultar la cabaña. Creo que si pasara un helicóptero, ni siquiera imaginaría que aquí hay autos. Él abre la puerta del copiloto, y yo entro. Solo sé que es un auto n***o de cuatro puertas y con asientos de cuero. No soy buena identificando marcas de autos solo viendo sus logos. El camino es corto. El auto debe ser todoterreno, ya que pasamos por medio del bosque. Hay un sendero sin árboles en forma de zigzag y con curvas. No es nada recto, pero, aunque no hay árboles, sí hay arbustos e incluso terreno desnivelado. El camino sin árboles mide apenas tres o cuatro metros de ancho. Lo miro manejar. Mis ojos se van a sus brazos. Son enormes, incluso su antebrazo es musculoso. Tiene venas marcadas. Sus manos también son grandes. Dejo de mirarlo cuando el auto se detiene y finjo mirar por la ventana. Estamos en el mismo pueblo donde compré mi ropa. Tan distraída estoy que me abre la puerta. Ni siquiera pude escuchar cuándo se bajó. Extiende su mano y, como si fuera un reflejo, la tomo. Él sonríe. Bajo del auto y comenzamos a caminar. Me sorprende que no vaya delante de mí para guiarme. Tiene un puesto importante y, aun así, deja que yo me adelante un paso o dos, quedando detrás de mí, como si fuera superior. La sensación es extraña. —¿Te gusta el lugar? —Sí, es muy lindo. Las personas son amables. Llego a la tienda de ropa y sonrío al ver a la misma chica. Está acomodando algunas camisas, pero no puedo seguir viéndola porque jalan mi mano. Él me mete a la tienda. —¿Qué fue lo que te gustó? —Él mira en la dirección en la que yo miraba. La chica nos está observando... bueno, a él. Parece que la asustamos. Él vuelve a jalar mi mano, y quedamos a menos de un metro de ella. —¿Tiene de su talla? La chica tarda en responder. —Sí, Beta. No me pasa desapercibido cómo inclina un poco la cabeza. Es un gesto sutil. —¿Te gusta repetir ropa en diferentes colores cuando algo te gusta o prefieres una de un color específico? —Yo estoy bien con una sola camisa. —¿Color? —Cualquiera. —Una de cada una. Busca varias bolsas. La chica se pone tan feliz que parece que, en cualquier momento, el símbolo del euro reemplazará su iris. —No es necesario, por favor, no. «No gastes tu dinero en mí.» —Escucha. —Se coloca frente a mí y, con su mano libre, sostiene mi mentón con el índice y el pulgar. El escalofrío que me recorre se siente bien. Sus dedos no son suaves, son ásperos—. Si no escoges, te compraré cada cosa de tu talla en la tienda. Me mira serio. —Qué macho… —escucho que susurra la chica mientras mete las camisas en una bolsa de papel.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD