Gruño al escuchar pisadas. Aunque no quiera, salgo de la habitación y cierro la puerta detrás de mí. Me quito la ropa, impregnada de su olor, y la tiro al suelo. Me pongo algo que encuentro en la lavandería, solo un pantalón. Antes de que toquen la puerta, yo les abro.
—Hey. ¿Quieres ir a tomar unas cervezas?
—No, gracias. Tengo que ponerme al día con el trabajo, no hice nada en estos días libres —imito a mi humano.
—Vamos, no te hagas rogar —insiste e intenta entrar, pero me coloco frente a él. Ambos nos quedamos mirando, él confundido y yo serio.
—Ya déjalo... Si no quiere, está bien, pero sabes que le diremos a Kurt lo raro que estás —aunque suene como una amenaza, sé que no lo es. Solo intenta que vaya con ellos. Eso siempre les funciona con Marcus, a los tres nos gusta beber en el pueblo.
—Di lo que quieras, Anton —apenas lo digo, me arrepiento. No sonó nada parecido a mi humano. Lástima que ahora está durmiendo y me dejó el control a mí.
—Mejor nos vamos. Seguro ya va a entrar en celo, por eso está tan amargado —Adal sale corriendo antes de que pueda golpearlo.
Eso sí es algo que mi humano y yo haríamos. Anton me mira preocupado, pero termina dándose la vuelta sin despedirse.
—A mí no me engañas, Zah —dice Anton a través del enlace mental.
Aprieto la manija de la puerta al escucharlo. La cierro y suspiro. Sé que no dirá nada, pero pronto lo tendré merodeando por aquí, y eso es lo que menos quiero.
Entro a la habitación de nuevo, agarro el pedazo de tela que está sumergido en la taza con agua, lo exprimo y comienzo a pasarlo por su rostro. Vi en la televisión cómo las hembras se lavan la cara cada noche.
Cambiarle la ropa fue un desastre que seguro nos costará parte de la poca confianza que nos tenía, pero no íbamos a dejarla cubierta de tierra hasta que despertara. También cambiamos las sábanas. Todo limpio para ella. Pero no me siento bien. Me siento tonto por haber dejado que se metiera en ese tronco, por haber dejado que corriera y que una rama se estrellara contra su hombro. Me odio por dejar que se hiciera daño, ya que le quité el control a Marcus apenas ella comenzó a correr. Mi plan era que se cansara un poco y traerla de vuelta sin siquiera tocarla, que ella misma se rindiera y camináramos hasta la casa, no que se lastimara.
Me siento a su lado. Con cuidado, coloco una bolsa con hielo en su hombro. Tiene un gran moretón, supongo que fue con la rama. No sabía que su proceso de curación fuera tan lento. Aunque nunca pensé que fuera una hembra de sangre pura, supuse que su cuerpo se regeneraba a un ritmo normal.
—Traviesa Zanahoria —murmuro mientras quito la bolsa de hielo.
No puedo dejarlo tanto tiempo en su piel, no sé qué tan fuerte sea y tengo miedo de quemarla. Aprovecho lo cerca que estoy y aspiro su aroma todo lo que puedo. Ronroneo por lo rico que es: cereza dulce, pero no empalagosa, vainilla tan pura y miel. Simplemente, es una criatura creada para tentar cada uno de mis sentidos. Y eso que ni siquiera he mencionado lo físico.
Esas hermosas hebras, que no todas tienen el mismo color. Algunas, o al menos casi la mayoría, son de un tono rojo entre anaranjado, otras rubias y unas pocas marrón rojizo, todas formando el color que se ve a simple vista. Sus largas pero poco abundantes pestañas y cejas son una lucha entre rojo anaranjado y dorado. Todo en ella es precioso.
Ella frunce el ceño. Yo sonrío. Aunque estoy nervioso, no puedo estar más feliz de que por fin salga de la inconsciencia.
Los minutos pasan como días. Miro una y otra vez el reloj en la mesa de noche y, cuando estoy a punto de levantarme, escucho que su corazón late un poco más rápido. Es un cambio minúsculo, pero ya tenía el ritmo de sus latidos grabado como una canción. Ella se mueve, intenta acostarse de lado y, apenas se queja, yo la detengo. Tiene ambos brazos lastimados, no debe ser cómodo dormir de costado. Pero ella se tensa apenas siente mi tacto. Sus ojos se abren de golpe. Esas pequeñas esferas del color del cielo despejado me enfocan y odio ver el terror que le causa tenerme cerca.
Agacha la cabeza y se mira. Sus labios tiemblan un poco y dejo de tocarla cuando sus ojos se llenan de lágrimas. Con miedo, levanta la camisa limpia que le puse, y miro hacia otro lado. Se siente incorrecto mirarla cuando no desea ni siquiera que la toquemos.
—Tuve que cambiarte porque estabas sucia. Te prometo que traté de tocar lo menos posible y no vi nada.
Escucho un sollozo y la miro. Está en posición fetal, con los ojos cerrados. Contrario a lo que Kurt ha hecho, no me alejo más. Tomo valor y, con mucho cuidado, me acuesto a su lado para abrazarla. Ella coloca sus pequeñas manos en mi pecho. De inmediato, una rica corriente eléctrica nos atraviesa.
—No te hice daño, compañera. Solo curé tus heridas y te lavé con paños húmedos. Nunca te haré daño. Nunca haré lo que esos machos degenerados te hicieron. Y, si está a mi alcance, los haré pagar. Quebraré cada uno de sus huesos, desgarraré cada centímetro de su piel, una y otra vez por años, si es que sus cuerpos lo aguantan. Les haré sentir diez veces más de lo que te hicieron. Pagarán cada lágrima y cada segundo de dolor —con cuidado, agarro su rostro. Ella me mira—. Soy tu protector, tu compañero, tuyo para siempre. Nada malo te ocurrirá aquí.
—¿Por qué ellos venían? —estoy a pocos centímetros de ella, puedo sentir su aliento mezclarse con el mío.
—Son nuestros amigos. Solo estaban preocupados porque no hemos salido desde que te encontramos. Y ni siquiera iba a dejar que estuvieran cerca de ti. Soy egoísta, quiero ser el único que disfrute de tu presencia —acaricio su mentón.
—¿Quién eres?
—Zah, tu fiel servidor —agarro su mano y beso sus nudillos.
Su corazón late rápido y me encanta ver el rubor en su rostro, esos ojos dilatados.
—No deseo romper el momento, pero debes comer algo. Tu cuerpo estuvo trabajando duro para curarte.
Me levanto de la cama, pero no suelto su mano. Ella se queda donde está.
—Si quieres, quédate aquí. Yo traeré la comida.
—¿Conejo? —me tenso.
—No, pero será algo bueno.
—Gracias... —ella aprieta mi mano—. Gracias por ser bueno.
—Ambos lo somos —le recuerdo.
Ella tiene una pequeña y sutil sonrisa, pero eso no le quita lo hermosa.
Suelto su mano. Ella no se mueve. Sonrío al ver que mira sus dedos, los mismos que estaban entrelazados con los míos.
Dejo la puerta abierta y voy a la cocina. Lo primero que hago es recoger los vidrios y, aunque no me guste desperdiciar comida, también debo tirar el conejo. Pudo haber caído algún pedazo de cristal ahí, y no es agradable sentir cómo tu garganta se desgarra.
Escucho unas pisadas sueves y suspiro. Ella debería estar descansando. Cuando volteo, se está acercando con la cabeza agachada y las manos entrelazadas.
—No tengo hambre, pero... —frunzo el ceño al ver lo nerviosa que está—. ¿Te acuestas a mi lado? Olvido que duele.
—Puedo hacer que te den algunos medicamentos...
—¡Medicamentos no! —Ella retrocede, y yo me apresuro a abrazarla.
—Está bien, sin medicamentos, pero bebe agua al menos.
Asiente. Voy a la nevera, saco una botella, la abro frente a ella y se la entrego. Se la bebe toda. Dejo el envase vacío en el mesón y la vuelvo a cargar, tomándola por la cintura. Se siente tan bien poder estar cerca de ella. Cuando la acomodo en la cama, se acuesta boca arriba y yo a su lado, cubriéndonos con una sábana.
Evito ronronear cuando agarra mi mano. Esta noche yo no voy a dormir, pero ella sí lo hace. En menos de tres minutos se duerme de nuevo, pero esta vez con sus dedos entrelazados con los míos.
«La felicidad se siente increíble.»