Los gritos de Franco despertaron a casi todos en casa Rossi, Gianna estaba más roja que un tomate, y las palabras no salían de sus labios, no tenía argumentos de defensa, luego de lo que su padre estaba mirando. —Pa- pá —tartamudeó Gianna—, no es lo que piensas, todo tiene una explicación. —¿Explicación? —rugió Franco, mantenía el ceño fruncido—, cuando te encuentro encima de nuestro invitado besándolo. —¿Qué? —cuestionó Gianna, miró a su papá con la misma expresión de él—, yo no lo besé, este atrevido lo hizo, fue él. —Fue algo involuntario —respondió Joaquin—, ella se metió en la cama, pensé que quería seducirme. —Ladeó los labios. —¡Te voy a asesinar! —vociferó Gianna, empezó a moverse para zafarse, pero mientras más lo hacía más se enredaba con él. —Sigues despertando a la

