Gianna se quitó los altos tacones, el abrigo lo colgó en el perchero de su apartamento, vivía en Roma, sola, caminó descalza por la alfombra y se sirvió una copa de vino, de la mejor cosecha de casa Rossi. Suspiró profundo, y la imagen de los niños con los que compartió en la tarde se le vino a la mente. —Pobrecitos, tienen por padre a ese energúmeno —susurró apretando sus dientes—, se ven tan tiernos, y necesitados de cariño. —Frunció el ceño. —¿No tendrán mamá? —se cuestionó, y luego sacudió la cabeza, no podía encariñarse con ningún niño, no era sano para ella, no le pertenecían y ella jamás podría tener los propios, esa era una herida que sangraba en su alma, y no tenía sanación. Su móvil empezó a sonar, era la hora de siempre, esbozó una amplia sonrisa, desbloqueó la pantalla.

