Una mágica conexión.

1846 Words
Diez años después. —Señor Zapata este es el quinto colegio del cual debemos expulsar a sus hijos por su comportamiento rebelde con los maestros —expresó con firmeza el director de aquel instituto, los mellizos habían grafiteado las paredes del salón de clases—, y me veo en la penosa obligación de remitir este caso a servicios sociales, pienso que usted no está apto para el cuidado de los pequeños. Joaquin Zapata se puso de pie, clavó su profunda y azulada mirada en los ojos del hombre. —Usted no es nadie para cuestionarme, avise a quién le dé la gana —vociferó, observó a sus hijos con seriedad. Francesca los había abandonado hacía tres años atrás, luego de un largo divorcio en el cual ella se quedó con una buena parte de la empresa, dejó a los niños al cuidado de Joaquin, pero él no superaba el dolor del abandono de la mujer que escogió para ser su esposa, se convirtió en un hombre amargado, frío, y aunque sus padres quisieron ayudarlo con los niños se negó, quería demostrar que podía solo, pero lo cierto era que no tenía tiempo para dedicarse a los pequeños, y ellos cada día estaban más rebeldes e incontrolables. —Pues lo haré y sus hijos pasarán al cuidado de gente especializada —amenazó el director. Joaquin respirando agitado agarró la mano de sus hijos, los sacó de la escuela, los subió al auto. —¡Estoy cansado de sus berrinches y rebeldía! —gritó y los miró a ambos con seriedad—, por eso los voy a enviar a un internado en Suiza. Luisana y Lionel se miraron a los ojos, cruzaron sus brazos. —No nos importa, igual haremos que nos expulsen —dijo el niño. Joaquin apretó los puños, estaba hasta la coronilla de esos problemas, no se daba cuenta que los niños lo que querían era su atención. —Están castigados —resopló, gruñendo. Los pequeños no dijeron nada, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no quisieron mostrarse débiles ante su padre. Joaquin encendió el auto, y mientras conducía se sintió mal por haberlos tratado en esa forma, el corazón se le estremeció. —¿Quieren un helado? —Los miró por el retrovisor. —Bueno —susurraron. **** Después de pasar los días más oscuros de su vida Gianna Rossi se convirtió en una famosa chef, poseía una cadena de restaurantes con varias estrellas Michelin, estaba muy orgullosa de sus logros, pero nada lograba llenar el vacío que dejó la muerte de sus bebés, por eso dedicaba parte de su tiempo libre a hacer labor social, y cada jueves en una de sus cafeterías solía dedicar un día especial a los niños, colocaban juegos inflables en el jardín, se repartían helados gratis, y ella misma se ponía a servir mesas, como si fuera una mesera más. Joaquin miró la larga fila de gente de aquella heladería, frunció los labios, debía enviar un correo importante, ahora tenía bajo su poder el proyecto más importante de toda su carrera, la construcción del complejo hotelero más grande de Italia. —Hay mucha gente —avisó a sus hijos—, vamos a otro lugar. —Pero hay juegos, vamos un ratito, por favor —suplicó Luisana. Joaquin resopló, asintió, cogió su maletín con el computador y de la mano de sus hijos, entró a la cafetería, buscó una mesa donde pudieran sentarse y encontró una en el interior. Una amable muchacha les entregó la carta. —Pidan algo rápido, estoy ocupado y debo trabajar. Los pequeños volvieron a sentirse tristes, pensaron que podrían compartir con su padre ese momento, pero se equivocaron. Luego de hacer el pedido, la mesera después de unos minutos volvió con los milkshake de vainilla, los pequeños miraban con el corazón apretujado como los otros niños jugaban con sus padres, mientras el suyo tenía la mirada fija en el computador. Entonces Lionel pensó que distrayendo a su papá captaría su atención, y empezó a jugar molestando a su hermana, tomándose el milkshake de ella. —Papá, Lionel me está molestando —avisó la niña. —Ya estén quietos —ordenó sin inmutarse. Gianna servía unas mesas muy cerca de la mesa de los niños, los pequeños se halaban el cabello entre ellos, hasta que Luisana sin querer regó la malteada y el líquido fue a parar muy cerca del computador de su papá. —¡Mira lo que hiciste! —gritó Joaquin sin importarle que estaban en un lugar público. Se puso de pie, respirando embravecido. Luisana se estremeció y se encogió en su lugar. Gianna abrió sus ojos de par en par, sintió como la adrenalina le recorría las venas, su sangre hirvió, en un par de zancadas llegó a la mesa. —¿Qué clase de hombre insensible e inhumano es usted? —vociferó respirando agitada, miró a Joaquin con la barbilla levantada, sus ojos azules echaban chispas—. Son solo unos niños, fue un accidente, ¿Por qué los trata así? —reclamó. Ninguno de los dos se reconoció, habían pasado tantos años, y la única vez que se vieron fue por cortos minutos. Joaquin arrugó el ceño, tensó la mandíbula, sus ojos azules se volvieron oscuros, apretó los puños. —Una simple mesera no va a venir a decirme como tratar a mis hijos —rugió, la miró con seriedad. —Yo no soy…—Iba a decir quién era en realidad, pero luego pensó que no tenía importancia, no valía la pena discutir con él, cuando los niños se veían asustados, entonces lo ignoró y se acercó a ellos. —¿Están bien? —les habló con dulzura, para Gianna cada niño que veía frente a ella era como ver a los que perdió, sin embargo, con estos dos chiquillos percibió una conexión de inmediata, su corazón se agitó al ver sus ojos llenos de lágrimas—, fue un accidente, los vamos a cambiar de mesa, ¿les parece? —¡Ya nos vamos! —intervino el padre de los niños. Gianna volteó, lo volvió a mirar con seriedad, colocó sus brazos en la cintura. —Pues si tanto apuro tiene en irse, vuelva más tarde, estos niños son mis invitados —expresó con firmeza, de la chiquilla ingenua, del pasado ya no había rastros, ahora era una mujer hecha y derecha—, vengan conmigo —les dijo a los niños, desafiando la autoridad del insensible padre de ellos—, estamos estrenando un nuevo postre, ¿quieren probarlo? Los niños la miraron con los ojos brillantes, sonrieron y asintieron, los dos pequeños eran rebeldes, tampoco obedecieron a su papá, se prendieron a la mano de la mesera y se alejaron de la mesa. —¡Lo que me faltaba pues! —gruñó, apretó los ojos, negó con la cabeza, observó cómo las personas susurraban a su alrededor, resopló, en verdad estaba muy tenso, y estaba descargando su frustración con los niños, se cambió de mesa, por suerte el computador no sufrió daños, logró limpiarlo, enviar el correo, y luego miró como sus hijos reían y charlaban con esa desconocida mujer. Al cabo de unos minutos fue por sus hijos al inflable. —Es hora de irnos —habló con voz pausada. Los pequeños asintieron, buscaron con sus ojos a la mesera. Gianna había ido a jugar con otros niños. —¿Podemos despedirnos de ella? —Señalaron con su mano al sitio en donde estaba la chica. En ese momento Gianna estaba inclinada ayudando a unos pequeños a abrir sus paletas, Joaquin volteó y lo primero que miró fue esas largas y esbeltas piernas, y esos glúteos redondos que resaltaban debajo de la falda, sacudió la cabeza, no tenía tiempo para romances, ni creía en el amor, las mujeres con las que salían eran solo pasatiempos. —Vamos —les dijo a los niños, los agarró de la mano y llegó hacia la chica. —Señorita. —Carraspeó. Gianna irguió su postura, ahora ya sin los efectos de la ira pudo contemplar mejor al padre de los niños, era muy alto, de cabello oscuro, piel clara, sus ojos eran azules y le pareció haber visto esa mirada antes, pero ella no conocía ningún energúmeno como él, su vista viajó a los carnosos labios del hombre, él poseía el mentón cuadrado, la nariz perfilada. «Encima está bien guapo el desgraciado» dijo ella en la mente. Él también pudo contemplarla, ella tenía la piel nacarada, tersa, sus facciones eran finas, sus labios tenían la forma de un corazón, su cabello era largo, liso, brillante, del color de la noche, y sus ojos poseían el tono azul del mar que bordeaba las costas italianas. «Metiche, insolente, pero bellísima» pensó él. Gianna dejó de reflejarse en los ojos de ese hombre de mirada magnética, inclinó su rostro para mirar a los niños. —¿Todo en orden? —les preguntó con calidez y una franca sonrisa. —Sí —contestó Luisana—, ya nos vamos, gracias por todo. —No tienen nada de qué agradecer —respondió Gianna, apretó su puño conteniendo el deseo de acariciar la mejilla de la niña, le inspiraba mucha ternura. —El postre estaba delicioso —mencionó Lionel—, nos divertimos mucho. Gianna sonrió, los ojos le brillaron, su corazón sintió una agitación especial. —Vengan cuando quieran, pero los jueves de todas las semanas hay juegos y helados gratis —avisó. —¿Y tú estarás? —preguntó Luisana. —Por supuesto, nunca falto. —Gianna sonrió. —¿Podemos venir papi? —indagó Lionel. —Ya lo veremos, ¿cuánto es la cuenta? —indagó a Gianna hablando con su voz ronca, varonil y con ese acento extraño. —No es nada, ellos son mis invitados —respondió la chica, los miró y suspiró. —No, no puedo permitir esto. —Sacó un billete de cincuenta euros—, acepte la propina. Gianna frunció el ceño, negó. —No lo hago por dinero —recalcó con firmeza. Joaquin no insistió, y cuando pidió a sus hijos despedirse de la chica, ellos hicieron lo inimaginable, la abrazaron. Gianna se estremeció de pies a cabeza, y el corazón se le subió a la garganta, tembló ante la muestra de cariño de esos pequeños y sintió algo especial, y ellos también percibieron algo muy distinto a cuando estaban con su madre, los brazos de esa desconocida les brindaba seguridad. —Vuelvan pronto —susurró Gianna con la voz entrecortada, besó sus mejillas haciendo un esfuerzo para no desmoronarse, se puso de pie, y se alejó caminando con rapidez, iba con el corazón a punto de salirse del pecho, y lágrimas en el rostro. Joaquin frunció el ceño desconcertado por la actitud de la mesera, pensó que quizás era una mujer muy sensible, porque se notó su estado de conmoción, agarró de la mano a sus hijos y los llevó al auto. Gianna los miró desde lejos. —Son unos niños muy especiales, ojalá pueda volver a vernos —ansió.
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