CAPITULO 4

879 Words
**TESS* Saqué el teléfono del bolsillo. Mi mano temblaba mientras buscaba el contacto que acababa de guardar. “Stellan Thorne”. El nombre brillaba en la pantalla como una promesa o una advertencia. Me senté en uno de los bancos de madera, sintiendo cómo mis caderas se ajustaban a los bordes con una presión familiar. Mis dedos sobre la pantalla se sentían pesados. Quería creerle a Vesper. Quería creer que un chico como Stellan podía ver “belleza” en el caos de mi anatomía. Quería, por una vez en mi vida, no ser la chica que se esconde detrás de la cámara, sino la que es digna de ser capturada por ella. Escribí el mensaje: Hola, Stellan. Soy Tess. Dime cuándo quieres que empecemos con el proyecto. Le di a enviar y cerré los ojos, el corazón golpeándome las costillas. En ese momento, el peso de mi cuerpo no era nada comparado con el peso de la esperanza que acababa de nacer en mi pecho. Una esperanza peligrosa, frágil, que ignoraba por completo que en Florida, lo que parece un oasis suele ser solo el reflejo del sol sobre el asfalto ardiente. **STELLAN** Mi teléfono vibró sobre la mesa de cristal de la terraza del Blue Wave, el café más exclusivo cerca del campus. No necesité mirar la pantalla para saber quién era. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en mi rostro mientras le daba un sorbo a mi espresso helado. —Ya picó —dije, deslizando el aparato por la mesa hacia Vesper. Vesper dejó su revista de moda, se acomodó las gafas de sol sobre la cabeza y soltó una carcajada cristalina al leer el mensaje. —Hola, Stellan. Soy Tess. Dime cuándo quieres que empecemos… —imitó ella con una voz infantil y temblorosa que me hizo reír—. Dios, Stellan, es tan patética que casi me da pena. ¿Viste cómo temblaba cuando le rozaste la mano? Pensé que se iba a derretir ahí mismo, y no precisamente por el calor. —Casi me deja la pantalla pegajosa —respondí, limpiando el cristal del teléfono con la servilleta con un gesto de asco—. No sé cómo lo haces, Vesper. Pasar tanto tiempo cerca de ella sin que se te pegue el olor a desesperación y… bueno, a lo que sea que huela esa gente. —Es un sacrificio necesario, querido —Vesper se encogió de hombros con elegancia—. Necesito ese crédito extra en Historia del Arte y tú necesitas que alguien te haga el portafolio de Fotografía II si no quieres repetir el semestre. Tess Vance es una mina de oro. Es brillante, tiene un ojo técnico impecable y, lo mejor de todo, se muere por una gota de atención. Me recosté en la silla, observando a la gente pasar por la calle. En Cypress Cove, la imagen lo era todo, y alguien como Tess era el ruido visual que preferíamos ignorar, a menos que fuera útil. Y vaya si lo era. —Es como tener un perro faldero, pero uno que sabe usar una cámara Leica y redactar ensayos de diez páginas —comenté con cinismo—. Lo mejor fue cuando le dije que era “especial”. Casi pude ver cómo se le inflaba el ego… y bueno, el resto también. —No te pases, Stellan —rio Vesper, aunque sus ojos brillaban con la misma malicia que los míos—. Tienes que mantener el papel de “chico de oro” un poco más. Si se da cuenta de que solo la queremos para que nos haga los proyectos finales, dejará de esforzarse. Tienes que hacer que crea que realmente podrías fijarte en alguien como ella. —¿Fijarme en ella? —repetí con una mueca de incredulidad—. Vesper, hay límites. Tendría que estar muy borracho o muy desesperado, y no estoy ninguna de las dos cosas. Pero admito que el juego tiene su gracia. Verla intentar “arreglarse” para nuestras citas de trabajo va a ser el mejor entretenimiento del año. Vesper tomó su teléfono y empezó a teclear, seguramente planeando nuestra próxima jugada. —Este fin de semana la llevaré de compras. Le diré que es para “resaltar sus curvas” —hizo el gesto de comillas en el aire con una burla sangrienta—. La haré gastar una fortuna en ropa que solo la hará ver más ridícula, y luego tú aparecerás para decirle que se ve “encantadora”. Eso sellará el trato. Hará cualquier cosa que le pidas. “Cualquier cosa”, pensé. Me imaginé a Tess pasando noches en vela retocando mis fotos, investigando por mí, escribiendo mis pies de página, todo mientras suspira por un mensaje mío que nunca significará nada. Era un plan perfecto. —Es casi demasiado fácil —dije, tomando mi teléfono de vuelta—. ¿Qué le respondo? ¿Algo tierno para que no pueda dormir esta noche? —Dile que has estado pensando en su “ojo para la belleza” todo el día —sugirió Vesper con una sonrisa de tiburón—. A esa gente le encanta que validen su intelecto cuando saben que su físico es un desastre.
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