CAPITULO 7

880 Words
**TESS** Levanté la vista, esperando el “te quiero”, esperando el beso que sellaría nuestra unión. Stellan se acercó a mi oído, como si fuera a decirme el secreto más dulce del universo. Su aliento cálido me rozó la mejilla. —Pero seamos sinceros, Tess —susurró, y de repente, la calidez desapareció de su voz, reemplazada por un filo de hielo que me cortó el alma—. ¿De verdad creíste que alguien como yo podría estar con alguien como tú? Me quedé petrificada. El ramo de flores empezó a pesarme como si estuviera hecho de plomo. —Stellan… ¿qué…? —balbuceé, intentando procesar sus palabras. Él se separó, pero no con amor, sino con una mueca de asco que deformó sus facciones perfectas. Miró a la multitud, que ahora empezaba a soltar risitas contenidas. —Mírate, Tess. Mírate en ese vestido. Pareces un festival de excesos tratando de pasar por elegancia. ¿Crees que un par de fotos bonitas compensan… todo esto? —hizo un gesto vago hacia mi cuerpo con una mano cargada de desprecio—. Jamás seríamos novios. La sola idea de tocarte sin tener una cámara de por medio… me da asco. El mundo se fragmentó en mil pedazos. El silencio que siguió a sus palabras fue roto por una carcajada estridente. Giré la cabeza y vi a Vesper. No estaba sorprendida. No estaba indignada. Estaba muerta de risa, sosteniendo su teléfono, grabándolo todo. —¡Oh, Dios mío, la cara que ha puesto! —gritó Vesper entre risas—. ¡Tess, en serio, eres tan ingenua! ¿Pensabas que el “chico de oro” iba a fijarse en la chica que usa una lona por ropa? Solo necesitábamos que nos terminaras los trabajos finales, gorda. ¡Y lo hiciste de maravilla! Las risas explotaron a mi alrededor como granadas. Sentí cómo el sudor frío me empapaba y cómo la faja me impedía gritar, como si me estuviera asfixiando de verdad. El ramo de flores se me resbaló de las manos, esparciendo pétalos rojos por el suelo, que ahora parecían gotas de sangre sobre el mármol frío. Stellan me lanzó una última mirada de superioridad antes de darse la vuelta. —Gracias por los créditos, Vance. Nos vemos en la graduación… si es que el escenario aguanta tu peso. Me quedé allí, de pie, en medio del salón, con el vestido esmeralda que ahora se sentía como una túnica de humillación pública. Las cámaras seguían apuntándome, capturando cada una de mis lágrimas, cada uno de mis temblores. Estaba sola. Estaba rota. Y el peso de mi cuerpo nunca se había sentido tan insoportable como en ese momento de absoluta desnudez emocional. Correr con aquel vestido era como intentar escapar de una jaula de seda que se encogía con cada paso. El sonido de mis propios sollozos se mezclaba con el eco de las carcajadas que aún resonaban en las paredes del pasillo, latigazos invisibles que me desgarraban la espalda. Escuché un grito a mis espaldas, una voz que no identifiqué, pero que cargaba todo el veneno del campus. —¡Cuidado, que viene el terremoto! —gritó alguien, seguido de un estruendo de risas que me hizo tropezar. No me detuve. No podía mirar atrás. Sentía el sudor frío empapándome la piel bajo la faja, una presión que ya no solo me impedía respirar, sino que parecía querer triturar mis costillas. Mis pulmones ardían por el esfuerzo de mover mi cuerpo a una velocidad para la que no estaba entrenada, y cada impacto de mis pies contra el suelo vibraba en mis rodillas, recordándome cruelmente mi propia corpulencia. “Soy un chiste. Solo un maldito chiste”, pensé mientras alcanzaba la salida del edificio. La luz del sol de Florida, antes una promesa de calidez, ahora me resultaba obscena. Me sentía desnuda frente al mundo, como si el vestido esmeralda fuera transparente y todos pudieran ver la fealdad que Stellan había descrito con tanta precisión. Crucé el campus hacia mi dormitorio, ignorando las miradas de los estudiantes que se detenían a observar mi huida. Sentía que mis muslos, irritados por el roce constante, ardían como si estuvieran en llamas. Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con doble llave y me derrumbé contra la madera. El silencio de la estancia me golpeó con más fuerza que las burlas. Me arrastré hasta el espejo de cuerpo entero y me miré con un odio que me hizo temblar. Con manos frenéticas, intenté bajar la cremallera del vestido, pero mis dedos, hinchados y torpes, no lograban sujetar el pequeño cierre de metal. Luché contra la tela hasta que escuché el desgarrador sonido de la seda rompiéndose. No me importó. Me deshice de la prenda como si fuera una piel infectada, dejándola hecha un montón verde en el suelo, junto a los pétalos de las flores que aún colgaban de mi cabello. Quedé en ropa interior, frente a mi propia realidad: las marcas de la faja grabadas en mi carne roja, los pliegues de mi abdomen, la redondez de mis brazos que tanto asco le daban al hombre que yo amaba. “Tenía razón”, me dije en un susurro quebrado. “Nadie podría amar este desastre”.
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