**BASTIAN** “Invisible”, me repetí a mí mismo mientras cerraba la puerta de mi despacho. “Ella es exactamente lo que este vacío necesitaba”. Sin embargo, mientras me sentaba frente a mi computadora, la imagen de Tess Vance arrodillada en la alfombra, con sus curvas suaves y su mirada rota, se quedó grabada en mi mente con una nitidez que ninguna de mis pantallas de alta definición podía igualar. La adaptación a la mansión de Chicago fue, extrañamente, más fácil que lidiar con la humedad de Florida. Mi vida se convirtió en una rutina silenciosa centrada en Julieta. La pequeña era un sol pálido en medio de este desierto de cristal y mármol n***o. Me aceptaba incondicionalmente, quizás porque, como yo, se sentía un náufrago en esta casa que Ana Rosa había diseñado para ser perfecta, pero q

