**BASTIAN**
El beso accidental, lejos de ser romántico, se sintió como una invasión, una agresión silenciosa que yo había cometido con mi propio cuerpo imperfecto. Y en ese momento, bajo la luz de la luna de Chicago, su indiferencia gélida se sintió más cómoda que la furia que veía nacer en sus ojos pálidos.
El tiempo se congeló. El sabor de la leche fresca se mezcló con el del whisky caro, creando una combinación embriagadora y prohibida en mis labios. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Bastian bajo el mío; era como estar tumbada sobre una piedra que llevaba horas bajo el sol, firme y ardiente.
Mis pechos se presionaban contra su pecho sólido, y por un segundo que pareció una eternidad, no hubo insultos, ni risas, ni juicios. Solo el latido desbocado de mi corazón golpeando contra sus costillas.
Bastian soltó un gruñido bajo, una vibración que sentí en todo mi cuerpo. Sus manos, grandes y pesadas, subieron por mis brazos con una lentitud de borracho, deteniéndose en mis hombros. Pensé que me iba a empujar con asco, que me gritaría que me quitara de encima, pero sus dedos se enterraron en mi piel con una fuerza posesiva.
—¿Qué… qué es esto? —susurró contra mis labios, su aliento cálido rozándome la nariz. Sus ojos azules estaban nublados, perdidos en una neblina de alcohol y confusión, pero me miraban con una intensidad que me hizo estremecer.
—S-señor Valois… yo… lo siento… —balbuceé, intentando incorporarme.
Pero mi cuerpo me traicionó. Al intentar apoyarme para levantarme, mi mano resbaló en el charco de leche. Mi peso volvió a caer sobre él, y esta vez mis curvas se acomodaron entre sus piernas de una manera que me hizo arder de vergüenza. El camisón de algodón era fino, y podía sentir cada músculo de sus muslos.
En lugar de soltarme, una de sus manos bajó hasta mi cintura, apretando la carne suave de mis caderas. No fue un gesto de desprecio. Fue un agarre firme, casi hambriento.
—Eres… cálida —murmuró él, cerrando los ojos. Su cabeza cayó hacia atrás contra el granito, pero no soltó mi cadera—. Demasiado cálida para esta casa…
El pánico se mezcló con una chispa de algo que nunca había sentido: una punzada de deseo eléctrico que me recorrió la columna. *“Me está tocando”*, pensé, aturdida. *“Y no parece que quiera que me aleje”*.
Con un esfuerzo sobrehumano, logré zafarme de su agarre. Me puse de pie con las piernas temblorosas, sintiendo cómo el frío de la cocina volvía a golpearme. Bastian se quedó allí, tirado en el suelo, con la camisa blanca manchada de leche y una expresión de vulnerabilidad absoluta en su rostro esculpido.
—Lo siento mucho —repetí, con las lágrimas quemándome los ojos—. No quería… yo solo quería ayudar…
Él no respondió. Su respiración se volvió pesada y rítmica; se había quedado dormido o se había desmayado por el efecto del alcohol.
Me quedé allí, mirándolo, con los labios todavía hormigueando. Me veía a mí misma a través de sus ojos: despeinada, con un camisón que no ocultaba nada de mi volumen, manchada de leche. Debería haberme sentido asqueada de mí misma, pero mientras subía las escaleras casi corriendo, lo único que podía recordar era la sensación de su mano apretando mi cintura.
No me había llamado “gorda”. No se había reído. Había dicho que era *cálida*.
Entré en mi habitación y cerré la puerta, apoyándome contra ella. Me toqué los labios con las yemas de los dedos. El corazón me dolía de tanto latir. Sabía que mañana, cuando despertara sobrio, él volvería a ser el hombre de hielo, el jefe distante que apenas me miraba. Probablemente ni siquiera recordaría el beso.
Pero yo sí. Yo recordaría que, por un segundo, mi cuerpo no fue una carga, sino una tentación que lo mantuvo anclado al suelo.
*“Mañana me despedirá”*, pensé, hundiéndome en la cama. *“Mañana recordará que lo derribé con mi peso y me echará a la calle”*.
Pero mientras cerraba los ojos, una parte de mí, la que empezaba a despertar bajo el cielo de Chicago, deseó que Bastian Valois nunca olvidara el sabor de esa caída.
El sol de Chicago entró por los ventanales de mi habitación con una agresividad quirúrgica, perforándome las sienes. Me incorporé en la cama, sintiendo el peso de cada trago de la noche anterior. Pero el dolor físico era insignificante comparado con el asalto de los recuerdos que empezaron a materializarse en mi mente como fotogramas de una película de terror… o de un sueño prohibido.
La leche derramada. El frío del suelo de granito. Y ella.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de borrar la sensación de Tess Vance sobre mí. Pero era inútil. Mi cuerpo conservaba la memoria táctil de sus curvas, de esa suavidad generosa que me había hecho sentir, por un segundo aterrador, que no estaba hecho de hielo. Recordé el sabor de sus labios; no era el fuego artificial y artificial de Ana Rosa, era algo terrenal, honesto, una mezcla de inocencia y una sensualidad que ella misma parecía ignorar.
“Maldita sea”, rugí para mis adentros, golpeando el colchón con el puño.