El avión aterrizó en Palermo en horas de la tarde. Ginevra estaba agotada, con el cuerpo adormecido tras el largo viaje, y apenas pudo mantener los ojos abiertos mientras Angelo la ayudaba a bajar del jet y se dirigían al coche que ya los esperaba. Matías, el conductor de confianza de Angelo, se encontraba de pie junto al coche con la puerta abierta. —Bienvenidos de vuelta, señor, señora —saludó Matías con una inclinación de cabeza. Ginevra le dedicó una sonrisa débil y se metió en el coche sin decir nada más. Angelo acomodó al bebé en el asiento junto a ella antes de entrar. El cansancio pesaba sobre sus párpados, y tan pronto como el coche arrancó, Ginevra cerró los ojos, intentando descansar lo poco que podía. El trayecto transcurría tranquilo, pero a medio camino Matías detuvo e

