La puerta de la terraza se abrió, y Ginevra sintió una presencia tras ella. Se limpió rápidamente las lágrimas y trató de recomponerse, pero antes de que pudiera girarse, Angelo apareció a su lado. Sin decir nada, la miró de cerca, sus ojos estudiándola. —No tienes que fingir conmigo, Ginevra —dijo finalmente, su voz baja y seria. No había rastro de las risas de antes, solo una mirada penetrante que intentaba descifrarla. Ella tragó saliva, incapaz de encontrar una respuesta. Angelo se acercó, envolviéndola con un brazo y atrayéndola hacia él. Ginevra dejó que las lágrimas volvieran a caer, apoyando la cabeza en su pecho. —Soy una asesina, Angelo. —No importa lo que pasó con Simone —murmuró Angelo—. Está muerto, no puede lastimarte nunca más, ni a nuestro hijo. Y no eres una asesina.

