La casa estaba inusualmente tranquila esa tarde, con Angelo fuera atendiendo asuntos urgentes. Ginevra se encontraba en la sala cuando escuchó el sonido de un automóvil deteniéndose en la entrada. Al asomarse por la ventana, su rostro se iluminó al reconocer a Renata, quien bajaba del coche con su porte característico y una sonrisa divertida. —¡Renata! —exclamó Ginevra, corriendo hacia la puerta para recibirla. Renata la miró con una sonrisa pícara y abrió los brazos para recibirla. Se abrazaron con fuerza, como si hubiera pasado mucho más tiempo desde la última vez que se vieron. Renata había estado fuera durante un par de semanas, participando en una importante exposición de joyas en Madrid, y Ginevra la había echado de menos más de lo que habría admitido. —¡Mira qué bronceada estás!

