Simone llevó a Greta hasta su habitación. Apenas había estado allí, una habitación poco conocida dentro de esa gran casa que, técnicamente, debieron compartir como esposo y esposa. Pero, en la realidad, sus vidas se cruzaban poco. No era solo una cuestión de espacio, era una distancia más profunda, más difícil de cerrar, a pesar de los intentos que Greta hizo. Ella se dejó caer en la cama, el cansancio y el dolor la aplastaban. Simone salió de la habitación en silencio, dirigiéndose a la cocina. Buscó el botiquín, encontrando también un vaso de agua que le llevó de regreso. Se acercó lentamente, sus pasos casi sin sonido en la moqueta del suelo. Greta seguía allí, recostada, sus ojos cerrados, el cuerpo rígido por el dolor. Simone dejó el botiquín y el vaso sobre la mesita de noche y,

