+++++ El día se me había escurrido entre los dedos sin siquiera darme cuenta. Y, aunque fue una tarde emocional, la noche me esperaba como un lienzo vacío que estaba lista para pintar con colores de pasión, risas y alguna travesura. Ahí estaba yo, en la habitación, frente al espejo, terminando de pulir hasta el último detalle de mi maquillaje. Movía el lápiz labial rojo, el color del poder, lentamente sobre mis labios, asegurándome de que cada curva quedara perfecta. Mis labios eran mi arma y, si iba a entrar a esa fiesta como la reina que soy, tenían que estar de muerte. El vestido… ¡ah, el vestido! Tan ajustado que cada centímetro parecía adherirse a mi piel como una segunda capa. Me giré, admirando cómo se amoldaba a mis caderas. La tela roja era lo suficientemente elástica como para

