Mis manos temblaban de tal forma que me costaba mantenerlas sobre el regazo. Respira, Roxana, respira. La voz en mi cabeza trataba de convencerme, pero mis nervios iban en aumento. A cada segundo me sentía peor: mis piernas temblaban como si intentaran abrir un hoyo en el suelo y mi respiración era tan irregular que temía que Sharon lo notara. —¿Estás bien, Roxana? —susurró ella, inclinándose ligeramente para que nadie más escuchara. —S-sí, sí. Lo más seguro es que sean... cólicos menstruales —dije, inventando lo primero que se me ocurrió. La menstruación siempre era una buena excusa para escapar de momentos incómodos. Carolina, con el sentido de la oportunidad que tenía, intervino. —¿Quieres que te acompañe al tocador? Sin dudarlo ni un segundo, asentí frenéticamente. La idea de sali

