Me quedé mirándolo, sin saber si debía golpearlo de nuevo o simplemente alejarme y no volver a hablarle. Su disculpa había sonado sincera, pero las palabras no bastaban. Después de todo, el daño ya estaba hecho. Era mi jefe, el presidente de la empresa donde trabajaba, y ahora no podía mirarlo sin recordar cada segundo de esa noche. Mis pensamientos eran un torbellino de rabia, decepción y una extraña tristeza que no lograba entender del todo. —Ryan, ¿sabes cuántas veces me he sentido estúpida hoy? —le espeté, con la voz a medio romper—. Pasé el día entero evitándote, escondiéndome en mi oficina y sintiendo cómo el estómago se me hacía un nudo cada vez que alguien mencionaba tu nombre. Y todo porque no puedo… —mi voz se quebró un poco—. Porque no puedo lidiar con el hecho de que me acosté

