Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él podría escucharlo desde el otro lado de la oficina. Me quedé paralizada, incapaz de moverme ni de mirar a otra parte que no fueran sus ojos, esos ojos oscuros que parecían lanzar un desafío, una promesa de que las cosas no serían tan sencillas como yo había esperado. Ryan me estaba avisando, de una forma retorcida y perturbadoramente atractiva, que cualquier intento de mantener la distancia profesional que yo ansiaba, se volvería una lucha constante. —¿Preparada? —repetí, con una risa nerviosa y casi desquiciada. Mis manos temblaban, y lo último que quería era que lo notara—. Esto es ridículo, Ryan. Te estoy diciendo que quiero paz, tranquilidad. No quiero vivir en una película de drama barata. Él arqueó una ceja, con una sonrisa sardónica que

