Amaya caminaba por los pasillos del hospital, su bolso colgando del brazo y un café en la mano, más por costumbre que por apetito. El cansancio seguía pesando en su cuerpo, pero la esperanza la mantenía de pie. Después que Álvaro la dejó en su apartamento, había pasado el resto de la madrugada casi en vela, con el corazón dividido entre la preocupación y el alivio. Lucas había salido bien de la operación, y ahora solo quedaba esperar que despertara. Al llegar a la Unidad de Cuidados Intensivos, saludó al personal con una sonrisa nerviosa. La enfermera de turno, una mujer de mediana edad con expresión amable, la recibió con una noticia que hizo que su corazón se acelerara. —Su hermano despertó hace unos minutos. Está un poco somnoliento, pero consciente. Puede pasar un rato con él, señori

