Carmina llegó a la mansión Santibáñez con la determinación pintada en el rostro. Apenas dejó su auto en la entrada, caminó con pasos firmes hacia la puerta principal. La empleada que la recibió, aunque acostumbrada a sus visitas intempestivas, no pudo evitar sentir la tensión en el aire. —La señora Claudia la espera en el salón, señorita Luzuriaga —le informó con una inclinación. Carmina entró al lujoso salón, donde Claudia, impecable como siempre, estaba sentada en un diván de terciopelo azul. Con una copa de vino tinto en la mano y una expresión tranquila, parecía estar en completo control de su mundo. —Carmina, querida —la saludó Claudia con una sonrisa que no llegaba a ser cálida—, ¿a qué debo el placer de esta visita tan inesperada? —Claudia, tenemos que hablar de Álvaro —respondi

