Claudia cerró los ojos, suspirando. —Suegra, ¿podría dejarnos solas un momento? Estamos hablando de algo importante. —¿Importante? —repitió Matilde, fingiendo sorpresa mientras tomaba asiento como si fuera la dueña del lugar—. ¿Más importante que salvarte de los dientes afilados de esta... llama? Aunque supongo que su cuello estirado podría alcanzarte antes. Carmina apretó la mandíbula, intentando no reaccionar, pero su rostro estaba encendido de furia. —Doña Matilde, no estoy de humor para sus bromas. Matilde la miró con una sonrisa que no tenía nada de inocente. —Ay, mi niña, no me lo tomes a mal. No es mi culpa que cada vez que veo ese cuello tan largo y elegante, piense en ti como una preciosa llama carnívora. ¡Qué hermosa eres! Pero peligrosa, mija. Muy peligrosa. —¡Basta, doña

