Álvaro se recostó en su silla, tamborileando los dedos sobre el escritorio mientras veía la figura de Amaya alejarse a través de la pared de vidrio. Había algo en ella que desafiaba su lógica, una mezcla de resistencia y fragilidad que no lograba ignorar. Chasqueó la lengua, como si quisiera sacudirse el pensamiento, y tomó su teléfono con un movimiento decidido antes de marcar un número. —¿César? Necesito un favor —ordenó, con su tono habitual de mando. La voz al otro lado respondió con profesionalismo: —Dígame, señor Santibáñez. —La mujer que acaba de salir de mi edificio. Síguela. Quiero un informe detallado de todo lo que haga hoy: a dónde va, con quién habla, y qué hace con el dinero que le acabo de dar. No dejes que te vea, pero no pierdas ningún detalle. —Entendido. ¿Algo más?

