Álvaro entró en su despacho con el ceño fruncido, sabiendo que algo iba mal. Apenas cruzó la puerta, el sonido seco de una bofetada resonó en la habitación. El impacto lo tomó por sorpresa, su rostro giró ligeramente, pero no perdió la compostura. —¿Cómo te atreves a ponerme una mano encima? —gritó Álvaro, con la mandíbula apretada y la mirada oscura clavada en su padre. Eusebio estaba rojo de ira, respirando con dificultad. —¿Cómo pudiste humillar a Carmina? —rugió—. ¡¿Tienes idea del problema en el que nos has metido?! Los Luzuriaga son nuestros principales clientes, nuestros socios estratégicos. ¡Tu estúpida actitud puede arruinarlo todo! Álvaro se llevó la mano a la mejilla, que aún ardía por el golpe, y dio un paso hacia su padre, su voz tan afilada como un cuchillo. —¿Eso es lo

