El anuncio que podría cambiar sus vidas.

1208 Words
Amaya llegó a su pequeño departamento pasada la medianoche. El cansancio pesaba en sus hombros como una losa, pero aún no podía permitirse descansar. La vecina, la señora Piedad, la esperaba en la puerta con una sonrisa cansada. —Está dormido. No se ha movido en toda la noche —mencionó con amabilidad. Amaya le agradeció y le entregó un pequeño sobre con algo de dinero, lo poco que había podido ganar en el bar. —Gracias por cuidarlo, Piedad. No sé qué haría sin usted. La vecina negó con la cabeza, su rostro reflejando preocupación. —Deberías descansar, niña. Estás agotada. Amaya solo sonrió débilmente antes de entrar al apartamento. El lugar estaba frío, oscuro y silencioso. Dejó las propinas sobre la mesa y se dirigió hacia el sofá donde Lucas dormía, su cuerpo pequeño envuelto en una manta que apenas lo cubría por completo. Se quedó mirándolo por unos momentos, su corazón encogiéndose al ver lo pálido que estaba. Lucas era todo lo que tenía, la razón por la que se levantaba cada día a trabajar sin descanso. Pero, mientras revisaba la pila de facturas acumuladas y el aviso de desalojo que descansaba sobre la mesa, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Tomó una de las cartas y la apretó entre las manos, reprimiendo las lágrimas que amenazaban con salir. Las palabras "último aviso" parecían gritarle desde el papel. De pronto, un jadeo débil rompió el silencio de la habitación. —No puedo respirar… —jadeó Lucas, tocándose el pecho con ambas manos. Amaya corrió hacia él, sus manos temblando mientras buscaba desesperadamente el inhalador en la mesa cercana. Lo encontró, pero cuando presionó el botón, no salió nada. Estaba vacío. —No… no, no, no… —murmuró mientras sacudía el inhalador con desesperación. Sus ojos se llenaron de lágrimas al darse cuenta de que no tenía repuesto. —Amaya… duele… —susurró Lucas, su voz apenas audible. Sin perder tiempo, Amaya lo cargó como pudo, su cuerpo temblando bajo el peso de la responsabilidad y del miedo. Con una mano, tomó el dinero de las propinas y salió corriendo del pequeño departamento. El aire frío de la noche golpeó su rostro mientras corría hacia la calle. Sus pasos resonaban en las escaleras del edificio mientras intentaba no derrumbarse. Sabía que se estaba quedando sin tiempo. Logró detener un taxi, prometiendo pagarle lo poco que tenía. —¡Por favor, al hospital más cercano! ¡Es urgente! El conductor no preguntó nada, viendo el estado del niño, y aceleró. Minutos más tarde, Amaya llegó al hospital casi sin aliento, con Lucas desmayado en sus brazos. Gritó con todas sus fuerzas mientras atravesaba las puertas de urgencias. —¡Necesito ayuda! ¡Mi hermano no puede respirar! ¡Por favor, ayúdenme! Una enfermera corrió hacia ellos con una camilla. Amaya colocó a Lucas sobre ella, sus piernas casi cediendo por el agotamiento. —¿Qué le pasó? —preguntó la enfermera mientras un médico llegaba con un estetoscopio. —¡Es su corazón! ¡Tiene miocardiopatía! El inhalador… estaba vacío… No podía respirar… —Las palabras salían atropelladas, entre sollozos. —Lo llevaremos a estabilizarlo —dijo el médico mientras desaparecía tras una puerta con Lucas. Amaya cayó de rodillas en el pasillo, las lágrimas corriendo por sus mejillas. No tenía ni un centavo para pagar el ingreso al hospital, y mucho menos para las pruebas que seguramente iban a pedirle. Pero ¿qué otra opción tenía? No podía perderlo. Lucas era todo lo que le quedaba. Poco después, una recepcionista se acercó sosteniendo un portapapeles. —Señorita Ramírez, necesitamos que firme este consentimiento. Y… debemos recordarle que tiene facturas pendientes. Si no realiza un pago inicial, no podremos continuar con el tratamiento. Amaya alzó la vista, con las lágrimas nublándole la visión. —¿Cuánto? —preguntó, aunque sabía que no podía permitírselo. La mujer hojeó algunos papeles antes de mirarla con una expresión de lástima. —Cinco mil dólares, señorita. Ese es el monto inicial. Amaya sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Apenas tenía veinte dólares en la cartera. «¿Cómo iba a conseguir tanto dinero?» pensó, pero antes de que pudiera responder, el médico salió de la sala de urgencias. —Señorita Ramírez —dijo, con voz grave—, hemos estabilizado a Lucas, pero necesita ingresar a la unidad de cuidados intensivos. Su corazón está en un estado crítico. Sin una cirugía, no sobrevivirá. Amaya se quedó helada, incapaz de articular palabra. Las lágrimas caían sin control, pero en su mente solo había un pensamiento: "Tengo que salvarlo, cueste lo que cueste". —¿Cuánto cuesta la operación? —preguntó con la voz temblorosa. —Cien mil dólares —respondió el médico. Amaya de la impresión palideció, sintió que todo se oscurecía, una enfermera la sostuvo. —¿Estás bien? —preguntó la mujer ayudándola a sentarse. Amaya asintió. —Cien mil —susurró, sintiendo que la vida de Lucas dependía del dinero, del maldito dinero que ella no tenía. Se quedó en estado de shock sin poder reaccionar. Horas más tarde, cuando supo que Lucas estaba estable, le dijeron que se fuera a casa a descansar, no tenía sentido que permaneciera en el hospital. Amaya volvió al departamento, pero no precisamente a descansar, sino a buscar empleo. El cansancio y la desesperación la abrumaban. Encendió su vieja laptop, dispuesta a buscar trabajos en línea que pudieran darle algo de esperanza. Escribió todo lo que se le ocurría en el buscador: "Trabajos bien remunerados." "Empleos desde casa." "Urgente conseguir dinero." Nada servía. Las ofertas eran ridículas: promesas de ingresos rápidos que no podía creer o empleos que pagaban menos de lo que ya ganaba. Cada página que revisaba parecía burlarse de ella, recordándole lo lejos que estaba de la solución. Cuando ya estaba a punto de cerrar la laptop, algo llamó su atención: "Poderoso magnate solicita esposa temporal: ¿Tienes lo necesario para ser la mujer perfecta durante un año? Remuneración: ciento cincuenta mil dólares. Requisitos: 25-28 años, buena presencia, estudios superiores, disponibilidad completa. Interesadas, envíen CV al siguiente c0rreo. Amaya parpadeó, confundida. Leyó el anuncio una y otra vez. Era ridículo. No podía ser real. Pero la cifra estaba ahí: ciento cincuenta mil dólares. La cantidad era superior a lo que los médicos habían mencionado esa misma mañana. Su corazón se aceleró mientras la desesperación y la incredulidad luchaban dentro de ella. —Esto tiene que ser una broma —murmuró para sí misma, cerrando la laptop de golpe. Se levantó y comenzó a caminar por el pequeño departamento, con los brazos cruzados y las lágrimas cayendo sin control. Esto iba en contra de todo lo que era. Pero entonces recordó el rostro de Lucas, pálido y frágil, conectado a esas máquinas en el hospital. "Sin una cirugía, no sobrevivirá." Amaya se detuvo en seco y respiró profundamente. Abrió la laptop de nuevo. Sus manos temblaban mientras escribía. "Mi nombre es Amaya Ramírez. Cumplo con los requisitos indicados y estoy interesada en la propuesta. Espero su respuesta." Sus dedos se quedaron suspendidos sobre el botón de "Enviar". Cerró los ojos, tratando de ignorar la voz en su cabeza que le decía que esto era un error.
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