Más tarde, la sala de juntas estaba en completo silencio. Arnaldo, con su habitual aire de confianza, estaba sentado en una de las sillas de cuero, revisando algunos papeles como si nada extraordinario estuviera por ocurrir. Amaya e Isabel permanecían discretamente a un lado de la sala, observando cómo Álvaro entraba con paso firme y tomaba su lugar en la cabecera de la mesa. —Buenos tardes —saludó Álvaro con frialdad—. Mi padre se conectará en unos minutos. —Su mirada se posó en Arnaldo—. Espero que todos estén listos para lo que vamos a discutir aquí. Arnaldo levantó la vista, fingiendo un gesto de desconcierto. —Por supuesto, Álvaro. Aunque no entiendo el motivo de esta repentina junta. Álvaro no respondió; en cambio, conectó la videollamada con Eusebio, cuya imagen apareció en la

