Amaya sintió cómo esas palabras la herían más de lo que estaba dispuesta a admitir. Intentó ocultar el dolor tras una sonrisa tímida, pero no pudo evitar que sus ojos reflejaran la punzada de desilusión. —Claro —respondió, su voz apenas un susurro mientras apartaba la mirada hacia el plato de sushi—. Lo entiendo perfectamente. El resto del almuerzo transcurrió en un incómodo silencio. Amaya se esforzó por concentrarse en los sabores delicados del sushi, pero su mente estaba demasiado ocupada intentando comprender por qué las palabras de Álvaro la habían afectado tanto. Cuando salieron del restaurante, Amaya sentía que el vacío en su pecho había crecido. Caminaban lado a lado, pero la distancia emocional entre ellos era evidente, y por primera vez desde que comenzaron su acuerdo, se preg

