Un mes había pasado desde que Lucas se unió a la nueva vida de Álvaro y Amaya, y la rutina en la casa comenzaba a sentirse como un verdadero hogar. Lucas, que al principio se mostraba tímido con Álvaro, había empezado a confiar en él. Las tardes se llenaban de risas mientras practicaban con la bicicleta en el jardín o jugaban a las cartas en la sala. —¡Mira, Álvaro! ¡Ya puedo pedalear sin ayuda! —gritaba Lucas una tarde, mientras daba vueltas en su bicicleta bajo la mirada orgullosa de Álvaro. —¡Eso es, campeón! Sabía que lo lograrías. —Álvaro aplaudía, acercándose para chocar los cinco con el niño, quien se reía a carcajadas. Amaya observaba la escena desde la terraza, sintiendo una calidez especial al ver cómo su hermano y su esposo construían un vínculo tan fuerte. Era todo lo que ha

