Álvaro dio un paso hacia ella, con su expresión suave, pero determinada. —Estás temblando, Amaya. Y no pienso dejarte sola después de lo que pasó. Solo quiero asegurarme de que entres en calor. Ella lo miró de reojo, mordiéndose el labio mientras su mente se debatía entre la vergüenza y la gratitud por su cuidado. Finalmente, asintió, aunque el rubor en sus mejillas se intensificó. —Está bien… pero no mires mucho —murmuró con voz apenas audible. Álvaro sonrió ligeramente, inclinándose hacia ella para susurrar: —Amaya, no tienes que avergonzarte conmigo. Pero haré lo que te haga sentir más cómoda. Ella dejó escapar un suspiro tembloroso y se volvió hacia la ducha, permitiendo que el agua caliente comenzara a correr. Álvaro, siempre atento a sus reacciones, se quitó la ropa mojada con

