Cap. 5: Con la dignidad intacta.

1461 Words
Amaya sintió que el calor subía a su rostro de inmediato, enrojeciendo de vergüenza. Sus dedos apretaron la carpeta con fuerza, como si eso pudiera evitar que su nerviosismo la traicionara. Desvió la mirada por un instante, pero luego de unos segundos reunió el valor para hablar. —Si esto es un matrimonio contratado… —comenzó, con la voz apenas temblorosa—, no creo que tenga obligación de cumplir con esos deberes. No seré una esposa real. El silencio que siguió fue como una sentencia. El aire parecía más pesado, y su corazón latía tan fuerte que temía que los demás pudieran escucharlo. Desde detrás del cristal, Álvaro alzó una ceja, mientras Alfonso se inclinaba ligeramente hacia él, con una sonrisa divertida en los labios. —Interesante perspectiva —murmuró Álvaro en voz baja, sus ojos grises fijos en ella, aunque sabía que Amaya no podía escucharlo, ni verlo—. Pero… ¿estaría dispuesta? —insistió hablando por el micrófono. Amaya obligó a sus piernas a mantenerse firmes y a su cabeza a no bajar. Podía sentir sus mejillas ardiendo, pero no iba a ceder. Esta era su oportunidad, su única oportunidad, y no permitiría que la humillaran. —No —respondió con firmeza, su voz más segura que antes—. No soy una prostitut4. Si busca esos servicios, hay lugares donde los ofrecen. Yo estoy aquí por necesidad, pero no pienso vender mi dignidad. Es lo único que me queda intacto. Álvaro se quedó en silencio, con los ojos fijos en Amaya, aunque ella no podía verlo a través del cristal que los separaba. Su respuesta no solo lo había sorprendido, sino que había provocado una chispa de algo que no sentía a menudo: respeto. La seguridad en las palabras de Amaya contrastaba con el temblor inicial de su voz, y eso lo hizo mirarla con más detenimiento. No era como las otras mujeres que habían respondido a su anuncio. Ella no estaba intentando agradarle, ni mucho menos conquistarle. No estaba allí para complacerlo. —Bien dicho —expresó, con un tono bajo pero cargado de autoridad. Sus ojos, grises y analíticos, no se apartaban de los de Amaya—. Me alegra saberlo. Amaya parpadeó, claramente confundida por su respuesta. Había esperado desdén, burla o incluso rechazo inmediato. Pero lo que encontró fue algo muy diferente: respeto. Aunque no estaba segura de sí aquello la tranquilizaba o la inquietaba más. —¿Eso es todo? —preguntó, con un leve titubeo, mientras apretaba la carpeta con fuerza contra su pecho. Álvaro respondió, con su tono frío e implacable: —Sí. Puede retirarse por ahora. Amaya inclinó la cabeza, intentando mantener su dignidad intacta, y salió de la sala con pasos firmes. Pero por dentro, su mente era un torbellino: "¿Fue suficiente? ¿Será que arruiné mi oportunidad? Seguro las otras mujeres contestaron que estarían dispuestas a todo" El sonido de la puerta al cerrarse dejó un eco en el despacho. Alfonso se reclinó en una silla, cruzando los brazos mientras observaba a su amigo. —Tienes que admitirlo, Álvaro. Esa chica tiene agallas. Más que cualquiera de las otras que has entrevistado. Álvaro no respondió de inmediato. Seguía mirando hacia el cristal, como si aún pudiera ver a Amaya allí, desafiándolo con esa mezcla de nervios y valentía. Finalmente, habló, con un tono bajo pero contundente: —No esperaba que tuviera tanta seguridad en su posición. La mayoría de las personas en su situación aceptan lo que sea, venden hasta el alma por dinero. —Y ella no lo hizo —asintió Alfonso, claramente entretenido—. Eso tiene que contar para algo, ¿no? Álvaro desvió la mirada hacia su amigo, con una leve sonrisa que no alcanzó a suavizar la dureza de su expresión. —Tal vez. Pero aún no estoy convencido. Alfonso lo miró con una chispa de picardía en los ojos. —Admite que te interesa. No estás buscando perfección. Buscas algo real, y creo que ya lo encontraste. Álvaro ignoró el comentario, pero en el fondo sabía que había algo en ella que lo intrigaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar. **** Amaya caminó hacia el vestíbulo con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Cada paso parecía arrastrar un peso invisible, y su mente no dejaba de repasar cada palabra que había dicho. En la sala, las otras candidatas la esperaban. Sus miradas la perforaban con una mezcla de curiosidad y desprecio. —¿Ya terminaste? —preguntó una de ellas, con tono cortante y una sonrisa falsa. Amaya asintió brevemente y se sentó en el rincón más apartado, intentando pasar desapercibida. Pero las demás no se lo permitieron. —No entiendo por qué seguimos aquí —advirtió una de ellas, revisando sus uñas perfectamente pintadas—. Está clarísimo quién encaja mejor. Las otras rieron suavemente, y Amaya sintió sus miradas sobre ella. —¿La viste? —susurró una, lo suficientemente alto como para que Amaya la oyera—. Sencilla, nerviosa… No tiene ninguna posibilidad. Amaya apretó los labios, intentando no responder. Ella no estaba allí para competir con ellas. Estaba en ese lugar por Lucas. Toda esa humillante entrevista la había soportado porque estaba en juego la vida de su hermano. Después de unos minutos, la asistente apareció nuevamente, impecable y con su IPad en mano. El silencio en la sala se volvió casi insoportable. —Señoritas: Méndez, Escalante y Guzmán —anunció con voz profesional—, pueden retirarse. Eso es todo. El aire en la sala cambió de inmediato. Una de las mujeres, claramente molesta, se levantó de golpe. —¿Eso es todo? ¿No van a decirnos quién fue seleccionada? —exigió. La asistente respondió con calma: —Por supuesto. Señorita Amaya Ramírez, usted ha sido elegida. Amaya sintió cómo el aire se le atascaba en los pulmones. Había sido seleccionada. Contra todas las probabilidades, contra las miradas y burlas de las otras candidatas, ella era la elegida. —¿Ella? ¿Es una broma? —soltó una de las mujeres, fulminándola con la mirada. Amaya no dijo nada. Se quedó inmóvil en su silla, sintiendo el peso de todas las miradas, pero con una sola palabra en su mente: Lucas. La asistente no perdió la compostura. —Señorita Ramírez, venga conmigo. Mi jefe desea verla. El corazón de Amaya latía con fuerza, se puso de pie por inercia, siguiendo a la asistente por el pasillo como un zombi. Sus pasos resonaban en su mente como un tambor. "Es por Lucas. Es por él" Cuando la asistente abrió la puerta del despacho, Amaya sintió que el aire se volvía más denso. El lugar era intimidante: amplio, elegante y con un ventanal que ofrecía una vista imponente de la ciudad. Pero lo que realmente la dejó inmóvil fue la figura tras el enorme escritorio. Amaya lo reconoció al instante, como si el recuerdo hubiera estado esperando el momento perfecto para arrollarla. Era el hombre al que había caído encima en el bar. Ahí estaba él, con su rostro frío e imperturbable, los ojos grises y penetrantes, y esa misma aura autoritaria que ahora la hacía sentir como si estuviera atrapada en un juego del que no entendía las reglas. —Señorita Ramírez, por favor, tome asiento —ordenó Álvaro, su voz baja y controlada. Amaya no se movió. Su corazón latía con fuerza, y su mente intentaba comprender cómo ese hombre ahora estaba frente a ella, evaluándola como si todo esto fuera parte de un plan. —¿Usted? —preguntó, con la voz cargada de incredulidad. Dio un paso hacia atrás, sus ojos entrecerrados con desconfianza—. ¿Qué pretende? ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? Álvaro alzó una ceja, como si sus palabras fueran una curiosidad más que una acusación. Se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazó sus dedos sobre el escritorio. —No sé de qué me habla, señorita Ramírez —respondió con calma, pero sus ojos brillaron con una chispa que Amaya no pudo descifrar. “Claro que lo sabe, se hace el idiota, ya sabía que yo que esto no podía ser real” El pensamiento la llenó de indignación. Su cuerpo entero parecía arder por la mezcla de vergüenza y enojo. —No voy a caer en sus juegos —respondió, con un tono firme que la sorprendió incluso a ella. Dio un paso hacia la puerta, decidida a marcharse—. Si esto es parte de una broma, me niego a ser parte de ella. Tomó la manija con fuerza, lista para salir, cuando la voz de Álvaro resonó en la sala, firme y clara: —¿Está segura de que puede darse el lujo de irse?
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