Álvaro entró en la empresa con pasos firmes, su mandíbula apretada reflejaba la mezcla de indignación y determinación que lo invadía. A su lado, Amaya caminaba en silencio, apretando la carpeta contra su pecho. El peso de las miradas curiosas la hacía encogerse, deseando ser invisible. En cuanto cruzaron el vestíbulo, Álvaro fijó su mirada en el guardia que había humillado a Amaya esa mañana. Lo encontró junto a la entrada, revisando su teléfono con total despreocupación. —¡Tú! —dijo Álvaro, su voz cortante como un cuchillo. El guardia levantó la vista de golpe, enderezándose al ver al dueño de la empresa frente a él. —Señor Santibáñez —respondió con torpeza, dejando caer el teléfono en el mostrador. Álvaro se acercó, sus ojos oscuros brillaron con una furia contenida. —Recoge tus co

