Álvaro permaneció inmóvil, con sus ojos fijos en la puerta por donde Amaya acababa de desaparecer. Apretó los puños con fuerza, sintiendo una frustración que no entendía del todo. Su respiración se aceleraba, no por la ira habitual que solía dominarlo, sino por una sensación extraña que se le clavaba en el pecho, como si algo se hubiera desajustado dentro de él. De repente, la voz de César lo sacó de su ensimismamiento. —Señor Santibáñez, lo estaba buscando. —César apareció a unos metros de distancia, sosteniendo un sobre en la mano—. Aquí está el informe que me pidió sobre la señorita Ramírez. Como me indicó que era confidencial, preferí entregárselo personalmente. Álvaro lo miró de reojo, con su expresión aún endurecida. Extendió la mano y tomó el sobre con un movimiento brusco. —No

