Esa noche soñé con rojo.
No con sangre.
No exactamente.
Era un rojo espeso, denso… como si el aire tuviera peso y color al mismo tiempo. Como si pudiera respirarse y, al hacerlo, se quedara atrapado dentro de los pulmones.
Caminaba.
O creía hacerlo.
Porque el suelo no se sentía firme. Era como avanzar sobre algo que no terminaba de existir.
Las sombras se estiraban a mi alrededor, largas, deformes, como si intentaran tocarme sin llegar a hacerlo.
Y lo más extraño…
no coincidían con nada.
No había objetos.
No había cuerpos que las proyectaran.
Solo estaban ahí.
Vivas.
Observándome.
Intenté girarme.
Ver qué las creaba.
Pero algo lo impedía.
No era una fuerza física.
Era… una resistencia.
Como si el propio sueño no quisiera que mirara.
—Ainara…
La voz llegó desde todas partes.
Cerca.
Lejos.
Dentro.
Desperté de golpe.
Me incorporé en la cama, con el corazón desbocado, como si hubiera estado corriendo.
Mi habitación estaba en silencio.
Demasiado silencio.
La luz del amanecer apenas se filtraba por la ventana, tiñendo las paredes de un tono pálido que me provocó un escalofrío inmediato.
Todo parecía normal.
Y, aun así…
no lo era.
Me llevé una mano al pecho, intentando regular la respiración.
—Solo fue un sueño —murmuré.
Pero la sensación no se fue.
Se quedó.
Pegada a mi piel.
Como si algo del sueño hubiera cruzado conmigo al despertar.
Durante el desayuno apenas probé la comida.
El sonido de los cubiertos contra el plato me resultaba demasiado fuerte. Cada pequeño ruido parecía amplificarse en mi cabeza.
Mamá hablaba de cualquier cosa.
Del supermercado.
Del clima.
De una vecina nueva que, según ella, “miraba demasiado por la ventana”.
Yo asentía.
Automáticamente.
Sin escuchar realmente.
Porque mi mente estaba atrapada en una sola palabra.
Ainara.
—¿Dormiste mal? —preguntó finalmente, observándome por encima de su taza.
Levanté la vista.
Por un segundo…
algo en su expresión me resultó extraño.
Como si la estuviera viendo desde fuera.
Como si no terminara de reconocerla del todo.
—Sí… algo así.
Mentí con la misma facilidad con la que respiraba.
No sabía cómo explicar que sentía que mi propia piel no me pertenecía del todo.
Que había algo…
ligeramente desplazado.
Como si yo fuera yo… pero no completamente.
Salí de casa más temprano de lo habitual.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
O dejar de hacerlo.
La ciudad seguía igual que siempre.
Autos.
Gente.
Ruido.
Normalidad.
Y, aun así…
todo me parecía ligeramente torcido.
Como si alguien hubiera movido el mundo unos centímetros a la izquierda y nadie más lo hubiera notado.
Fue entonces cuando lo vi.
Mi reflejo.
En la vitrina de una tienda.
Me detuve en seco.
El vidrio devolvía mi imagen: cabello castaño, ojos verdes, expresión cansada.
Pero…
no se movió al mismo tiempo que yo.
Fue mínimo.
Una fracción de segundo.
Suficiente.
Mis ojos.
No eran verdes.
Eran más oscuros.
Más profundos.
Más… viejos.
Como si no pertenecieran a alguien de veintiún años.
Parpadeé.
Y todo volvió a la normalidad.
—Genial —susurré—. Ahora también estoy alucinando.
Pero no lo creí.
No del todo.
El resto del día se convirtió en una acumulación de pequeños detalles imposibles de ignorar.
El reloj de la cafetería.
Se detuvo.
Justo cuando lo miré fijamente.
Las agujas vibraron… y luego quedaron inmóviles.
Un cliente golpeó el mostrador.
—¿La hora está mal?
Cuando volví a mirar…
funcionaba otra vez.
Como si nada.
Una lámpara parpadeó.
No una vez.
Tres.
Justo después de que pensara:
Esto no puede empeorar.
El aire se volvió más frío por momentos.
Las sombras parecían moverse cuando no las miraba directamente.
Nada grande.
Nada que pudiera señalar y decir esto es imposible.
Solo…
grietas.
Pequeñas fisuras en algo que siempre había asumido como sólido.
Por la tarde, decidí hacer lo único que tenía sentido.
Buscar respuestas.
Empecé en casa.
Cajones que nunca había abierto.
Cajas olvidadas.
Álbumes de fotos que siempre habían estado ahí, pero que jamás había mirado con atención real.
Había muchas fotos mías.
Demasiadas.
Yo de bebé.
Yo riendo.
Yo creciendo.
Pero…
algo faltaba.
Pasé las páginas más rápido.
Una.
Otra.
Otra.
Nada.
No había ninguna foto de mamá embarazada.
Ni una.
Mi estómago se cerró.
Seguí buscando.
Papeles.
Documentos.
Certificados.
Todo comenzaba cuando yo tenía seis meses.
Antes de eso…
nada.
Ni registros.
Ni fotos.
Ni rastros.
Como si mi existencia hubiera empezado tarde.
Como si alguien hubiera recortado el inicio de mi historia.
Me dejé caer en la cama, con los documentos apretados contra el pecho.
—Esto no es normal…
La voz de la mujer del parque volvió.
No como un grito.
Como un eco.
Debes encontrar a tu hermana.
Cerré los ojos.
Negué con la cabeza.
No.
No iba a creerle.
No iba a construir mi realidad sobre lo que dijo una desconocida en un puesto oscuro.
Y, aun así…
no pude ignorarlo.
Esa noche salí a conducir.
Sin rumbo.
Sin destino.
Solo… avanzando.
Las luces de la ciudad pasaban como líneas borrosas.
Rojas.
Siempre rojas.
No recordaba haber decidido detenerme.
Pero cuando reaccioné…
estaba frente a una clínica privada.
Las manos tensas sobre el volante.
—Solo para estar segura —murmuré.
La frase sonó débil.
Inútil.
Como si ya fuera tarde para “asegurarse” de algo.
Las luces blancas del interior me golpearon apenas entré.
Frías.
Impersonales.
Irreales.
Firmé formularios sin leerlos del todo.
Respondí preguntas automáticas.
Nombre.
Edad.
Historial médico.
Mentí en algunas.
No sabía por qué.
Evité miradas.
Todo fue rápido.
Demasiado rápido.
Cuando salí…
el cielo ya estaba oscuro.
Encendí el auto.
Y entonces ocurrió.
La motocicleta apareció de la nada.
Un destello oscuro cruzando frente a mí.
Frené de golpe.
El cinturón me clavó contra el asiento.
—¡¿Qué diablos?! —grité, bajando la ventanilla.
El motociclista se giró lentamente.
Alto.
Chaqueta oscura.
Casco bajo el brazo.
Pero fueron sus ojos…
los que me detuvieron.
Grises.
Intensos.
Demasiado presentes.
Se clavaron en los míos como si me conociera.
Como si me estuviera… reconociendo.
—Deberías mirar por dónde conduces —dijo, con voz grave—, idiota.
La rabia me atravesó de inmediato.
—¡Tú te cruzaste!
Él sonrió.
De lado.
Peligroso.
Como si la situación no le importara en lo más mínimo.
—Claro que sí.
Pero no apartó la mirada.
Y en ese segundo…
algo dentro de mí reaccionó.
No miedo.
No exactamente.
Fue…
reconocimiento.
Como si una parte de mí lo hubiera visto antes.
Como si algo invisible entre nosotros…
se tensara.
Parpadeé. Y él ya estaba encendiendo la moto.
Se fue sin decir nada más.
Dejándome con la palabra atrapada en la garganta.
Y esa sensación…
recorriéndome la piel.
Respiré hondo.
Una vez.
Otra.
Intentando volver a mí.
Intentando convencerme de que todo eso tenía una explicación.
Fue entonces cuando el teléfono vibró.
Lo miré.
Dudé.
Pero abrí el mensaje.
Exámenes realizados el 7/10
Resultados listos.
El mundo pareció inclinarse.
No sabía qué decían esos resultados.
Aún no.
Pero, en lo más profundo…
ya conocía la respuesta.
La misma sensación que había estado conmigo todo el día.
Esa grieta.
Ese desajuste.
Esa certeza silenciosa.
Algo estaba mal.
No conmigo.
No solamente conmigo.
Con todo.
Y por primera vez desde mi cumpleaños…
tuve miedo de verdad.